Según régimen el coronavirus ataca en fiestas... ¿pero no en colas y guaguas llenas?
Lo curioso de este lamentable retroceso en la epidemia es que, al parecer ni las multitudinarias colas para adquirir alimentos y otros suministros básicos, ni en las guaguas o autobuses atestados de personas, los cubanos se contagian con el virus de la COVID-19
Collage de ómnibus y colas para comprar en Cuba, llenas de personas. Fotomontaje: ADN Cuba
 

El régimen y sus voceros de los medios estatales están muy preocupados porque esta semana han explotado los casos del coronavirus, al menos los que informan desde el Ministerio de Salud Pública, entorpeciendo el avance hacia la etapa post pandemia y la apertura de La Habana, centro económico del país. Se debe, según la narrativa oficial, a dos eventos de transmisión detectados en el municipio La Lisa (La Habana) y en Bauta, pueblo de la vecina provincia de Artemisa, que se habrían producido por la celebración de dos fiestas.

Lo curioso de este lamentable retroceso en la epidemia es que, si tragamos acríticamente la versión oficialista, al parecer ni en las multitudinarias colas para adquirir alimentos y otros suministros básicos, ni en las guaguas o autobuses atestados de personas, los cubanos se contagian con el virus de la COVID-19.

En una reunión de las autoridades del régimen en la capital, comentaron que entre las negativas “incidencias se incluye la realización de dos fiestas, denunciadas por los vecinos”, según el periódico estatal Tribuna de La Habana, cuya nota fue difundida para toda Cuba por el Noticiero Nacional de la Televisión.

El jefe del Partido Comunista en la principal urbe del país, y presidente del Consejo de Defensa Provincial, Luis Antonio Torres Iríbar, ordenó “actuar con todo el rigor de la Ley” contra quienes muestren tal relajamiento festivo.

En el diario más importante del Partido Comunista, Granma, el escritor Víctor Fowler publicó un artículo en el que también señala a estas reuniones como las culpables: “Es claro que una celebración festiva no es el momento ni tipo de ambiente donde estas normas se toman en cuenta, pues la fiesta es ocasión de contacto corporal: abrazos, palmadas, estrechón de manos, besos en la mejilla y, tal vez… transmisión”.

Más contacto corporal que este descrito por Fowler se ve a diario en Cuba, y no precisamente en fiestas de hogares. Multitudes de cubanos que buscan cualquier cosa que comprar y guardar, en medio de la escasez, han terminado incluso con golpes, entre ciudadanos o de la policía. El ineficiente servicio de transporte público es para muchos un infierno, entre guaguas repletas y personas fumando o bailando ante la complacencia o tolerancia de los choferes estatales. ¿Hay en estos casos, cuya responsabilidad es sobre todo del gobierno, la debida distancia o se cumplen medidas de higiene? ¿Si una fiesta privada provoca estos brotes de coronavirus, no es lícito dudar de las cifras oficiales cuando escenas peores que las mencionadas fiestas suceden a diario? La respuesta está en el aire.

Pero el régimen sigue con su opacidad informativa, y solo revela (a medias) presionado por el escándalo entre la ciudadanía o el periodismo de medios independientes.

 

 

En el diario Granma reconocen que la pandemia es “una enfermedad que progresa, exactamente por la alta capacidad de contagio que pone de manifiesto”. Pero esa capacidad, de seguir el relato de las instituciones del régimen, a veces parece diluirse en agua y solo vuelve cuando claramente puede achacarse la responsabilidad a la población.

Prosigue Fowler en el Granma: “Si la manera en la que se había conseguido reducir, en las provincias de Artemisa y La Habana, el número diario de nuevas infecciones, era un indicador que permitía avizorar el paso a una nueva etapa en el relajamiento de medidas de protección/contención y hacia la vuelta a lo que ha sido denominado una nueva normalidad, el brote en Bauta y uno más en La Lisa (este último informado ayer), nos abren los ojos a lo que ocurre cuando la búsqueda de alegría supera a la percepción de riesgo y es más fuerte que la responsabilidad personal y ciudadana”.

Pareciera que la COVID-19 tiene "compromiso revolucionario". No infecta en colas y guaguas al pueblo trabajador, pero sí castiga a los que están bailando en momentos tan graves como este.