Cuba: una guagua que no llega

 

En lo que uno espera en la parada se le va la vida, los sueños, las calorías, todo. Dos horas esperando una guagua es cosa triste, y que la guagua se lleve la parada y le pase a uno por al lado, es más triste todavía.

Uno siente impotencia, rabia, ganas de tomarla con cualquiera. Le ataca una desolación que es como una enfermedad terminal. Uno se siente muy solo mientras ve como la guagua se detiene dos cuadras más adelante, y la gente corre, porque hay quien tiene fuerzas, pero a uno esa fuerza se le acaba, porque son muchos años ya corriendo atrás de una guagua.

La falta de transporte en Cuba ha sido uno de los grandes problemas que ha tenido el gobierno cubano, porque este es un pueblo aguerrido, pero pobre, y el cubano promedio, se mueve en guagua desde siempre. No tiene otra alternativa, o sí la tiene: viajar en taxi y ver como el salario se le escurre, y con él, los zapaticos de la niña para la escuela.

Entonces uno sigue en la parada, y ve un carro estatal pasar vacío, y piensa en denunciarlo, porque no es concebible que con tantos problemas también se machaquen entre los mismos cubanos. Pero ese pensamiento se borra al minuto siguiente, y vuelve uno a estar sereno, porque bien sabe que la culpa no es del que manejaba el carro estatal, sino de la falta de combustible y de la mala gestión del Ministerio del Transporte.

La mala gestión es visible, cuando notas que algunas rutas tienen más guaguas asignadas que otras, cuando vez que muchos lugares lejos del centro, tienen transporte directo, y otros, como en el caso de Jaimanitas y Santa Fe, no lo tienen, a pesar de ser distancias más cortas desde el centro de la Habana, que el Cotorro, o Santiago de las Vegas.

 

 

Todo es culpa de la mala gestión, porque en Santa Fe hay un paradero de guaguas desperdiciándose (como también hay otro paradero en Miramar) y bien que pudiera tener una guagua que viaje directo hasta la Habana, y así aliviar el Paradero de Playa, que es un hervidero donde a la gente se le va la vida esperando, y eso duele, porque uno tiene cosas que hacer en la casa, cocinar, lavar, ver un partido de futbol, pero se le escapa el tiempo esperando una guagua en la que se monta porque no tiene otra alternativa.

Viajar en guagua es una experiencia que no se le borra a uno de la cabeza. Una mezcla de olores y sudor que es terrible. Y los hombres descarados que se pegan a las muchachitas a tocarles sus partes íntimas. Otros cazándole la billetera a cualquiera. Otros que se encargan de hablar de sus problemas, a viva voz, y de paso les faltan el respeto a todos, y uno sale a defenderse y así se forma la bronca enseguida, sin saber, que muchas veces esos individuos que se creen guapos y parecen borrachos, en realidad pueden estar cumpliendo órdenes expresas del gobierno cubano, para medir los niveles de tolerancia del cubano.

Y ni hablar de los ruteros, o de los boteros. Ese asunto es más triste todavía. Porque estos se aprovechan de la situación, y sus precios rondan cifras que el cubano de a pie no puede pagar, y así, lentamente, uno va muriendo mentalmente.

Con una resignación de espanto, los cubanos seguimos sumidos en el subdesarrollo, ya no de ser un país exótico detenido en el tiempo, sino de ir unos pasos más atrás. Tropezamos con la misma piedra, y creemos que nos levantamos, pero es que en realidad nos acostumbramos a arrastrarnos, como una promesa de un 17 de Diciembre, que no llega.


* Este es un artículo de opinión. Los criterios que contiene son responsabilidad de su autor, y no representan necesariamente la opinión editorial de ADN CUBA.

 

Ariel
Maceo Téllez
Escrito por Ariel Maceo Téllez