13 consejos para los Reyes de España para su viaje a La Habana

Sus Majestades:

Supongo que puedo llamarles así. Y me alegra, porque ante todo se impone el respeto. Y aunque verán que por mi apellido soy Grande de España— es donde único he podido ser grande— y no me levantaba de mi asiento cuando el antiguo Rey Juan Carlos aparecía en el televisor, me gusta observar las normas y el protocolo.

Les aviso, además, que nací en Bayamo, el pueblo donde se declaró la guerra contra su país cuando éramos colonia (Éramos colonia, y cuando estábamos llegando a perfume, llegó la peste…). Eso me obligó un siglo y medio más tarde a ir a vivir entre ustedes para hacer las paces.

Es por eso que, con todo respeto, como ya dije, me atrevo a ofrecerles con IVA incluido, algunos consejos y sugerencias para que en su visita a mi país natal no tengan sobresaltos ni contratiempos:

1-    Van a visitar una ciudad que fuera, otrora, una joya del Nuevo Mundo. Pero no pregunten qué sucedió con su brillo. Se darán cuenta cuando comiencen los discursos.

2-    En el obligatorio paseo que les darán por zonas de La Habana, aléjense de los edificios y de los balcones, que suelen desprenderse a cualquier hora como las hojas en otoño. En Centro Habana siempre es otoño.

3-    Posiblemente no vean las toneladas de basura en muchísimas esquinas de la ciudad. No se preocupen, dentro del palacio de la revolución y en las sedes de las organizaciones políticas y de masas, hay más.

 

 

4-    Es posible que cuando digan que ustedes son los Reyes, los cubanos no se asombren. Es un problema de idiosincrasia. Los cubanos tenemos lo aristocrático metido en la sangre. Nada más llegamos a Miami y bautizamos los negocios por todo lo alto: Rey Pizza, El Rey de las Fritas, El Rey del Ponche, El Versailles, El Rey del Brillo, etc.

5-    Lleven un traductor para que puedan entender al presidente Miguel Díaz-Canel, que uno no sabe si cuando habla está borracho, solo es ignorante o si es un ignorante que bebe mucho.

6-    Tengan presente dos cosas: en Cuba, lo único que cambia es la hora. Y la única verdad que dicen los periódicos es el día, el mes y el año.

7-    Si necesitan un ayuda de cámara en el Palacio de la Zarzuela, contraten al canciller Bruno Rodríguez, que es un cero a la izquierda, pero pudiera ser un magnífico lleva y trae, y es muy efectivo limpiando alfombras porque suele ser muy arrastrado.

8-    En caso de que quieran recuperarse del jet lag, pidan ser recibidos por el vicepresidente Salvador Valdés Mesa, que se duerme en cualquier parte y los pudiera acompañar en sus siestas.

9-    Procuren por todos los medios no sentirse mal. Si alguien sugiere llevarlos a algún hospital, niéguense con todas las fuerzas, porque no saldrán vivos de allí.

10-  Va a ser inevitable que los lleven a contemplar la tumba de Fidel Castro, llamada por el pueblo “el cambolo”, “el pedrusco”, “el seboruco”. No se les ocurra pedir que resucite.

 

 

11-  Es una lástima que no les permitan reunirse con ningún opositor o disidente, pero si pueden, así como al descuido, vayan a la estatua de José Martí. Al pobre, lo han usado para todos los tejemanejes, pero si lo leen a fondo, Martí es el mayor opositor y el más grande disidente de esa dictadura que quiere vestirse de fiesta con la visita de ustedes.

12-  Busquen los dibujos animados de Elpidio Valdés, el Coronel mambí, y vean lo que dice sobre mi país un español que lo conoció muy bien y que yo considero, a esta altura, uno de los grandes filósofos modernos. Con dos palabras describió la locura, la inconstancia, la improvisación y la falta de seriedad que hay en esa Isla. Se llama General Agapito Resóplez, y su frase más honda fue: “¡Qué país!”.

13-  Ya que están allí, aprovechen para hacerse el Iyabó. Si no saben qué es, pregúntenle a cualquiera en la calle. Los cubanos de lo único que sabemos con profundidad es de pelota y de santería. Lo demás es pretensión.

Y no digo más, Sus Majestades. Me parece un error esa visita ahora como están las cosas, pero si se demoran más no van a encontrar en pie ni La Habana ni su memoria. Tal vez El Morro, La Cabaña y La Chorrera, porque La Fuerza, lo que se dice “La Fuerza”, la usa cada día la policía sin mucha inteligencia.

Vayan por la sombrita y diviértanse.

Queda a sus órdenes quien fuera su súbdito de súbito, pero que perdió el hábito,

Ramón Fernández-Larrea