“De la política cultural de un país totalitario no se puede esperar nada”

“Es una perenne máquina de censura (y tortura), una máquina demagógica, como demuestran sus funcionarios, sus instituciones y sus leyes”, expresó el escritor cubano Carlos A. Aguilera
Escritor cubano Carlos A. Aguilera. Foto cortesía del autor.
 

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El hostigamiento del régimen a los artistas y medios independientes que pretenden cubrir un espacio de la cultura censurado por el poder, es respondido con el pacifismo, frente a la violencia que ejercen las instituciones.

Desde el exilio, otros cubanos apoyan y difunden la resistencia cívica, ante las difíciles circunstancias de conectividad de la isla. Mediante programas de radio y televisión, periódicos impresos digitales, espacios virtuales y publicaciones en redes sociales, los emigrados ayudan a visibilizar y sustentar la lucha que realizan los de dentro.

Sobre los movimientos de la disidencia actual y de la cultura, ADN Cuba conversa con Carlos A. Aguilera, prestigioso escritor y promotor de la creación independiente de la isla.

Como escritor en el exilio, has publicado en editoriales cubanas independientes, recientemente consideradas ilegales por el régimen. ¿Cómo considera el trabajo de estas editoriales?

En cuanto a trabajo editorial, la labor de las editoriales cubanas fuera de la isla es impecable, ya que le dan visibilidad a una serie de proyectos que muchas veces por su tema o área de estudio o lenguaje no tienen cabida en otros lugares. Lugares que ante todo, privilegian su ego nacional ―el famoso autobombo del que hablaba Arenas con respecto a las editoriales españolas― o, en la mayoría de los casos, una noción de escritura que, o bien está recortada por lo comercial, o bien está secuestrada por la romantiquería filocastrista de las personas que toman decisiones en esas editoriales, cosa que deja en una suerte de limbo a los escritores que no se ajustan a estos parámetros.

El problema de estas editoriales independientes está en su labor de publicidad, promoción, marketing; labor que apenas existe en ninguna de ellas. Cosa que se multiplica con la ausencia de lugar físico para vender y promocionar sus libros, deficiencia que al final termina invisibilizando al libro y al autor al unísono.

Como promotor y estudioso de la cultura cubana: ¿Cómo considera la fractura entre lo independiente y lo oficial? ¿Qué retos atraviesan los creadores independientes ante el hostigamiento, la violencia y la censura que ejerce la  institución estatal sobre ellos?

Lo mejor que tiene Cuba ahora mismo es esa fractura. El hecho de que lo oficial y lo independiente hablen lenguas diferentes solo es ganancia. Ningún arte debería ser oficial nunca, representativo de un estado o institución, “comprometido”. El arte y la literatura cubana deberían romper siempre con esa conexión, incluso cuando en el futuro existan condiciones menos hostiles para un acople entre cierta literatura-nación (con todos sus artefactos de identidad y policías de la tradición) y la propia escritura, descentrada de todo y en contra de cualquier todo, bizca.

Pero por esto mismo, el reto será mantener “viva” esa fractura, esa falla, y desde ahí construir aquello que el gran Spinoza llamaba el potens, es decir, las leyes que te construyen a ti mismo como escritor, como límite, como sobreviviente. La violencia, la censura, la asfixia ―más allá de la jaula cotidiana donde te introducen y que habría que pensar ya en términos jurídicos e ideológicos― son conceptos a despiezar en todo lo que uno hace.

La censura en Cuba se está volviendo cada vez más perversa. Artistas que antes habían sido reconocidos por las instituciones ahora son difamados públicamente como parte de una campaña de descrédito que realiza el régimen contra las voces disidentes en Cuba, entre ellos Luis Manuel Otero Alcántara y Tania Bruguera, catalogados por el gobierno como "líderes" del Movimiento San Isidro (MSI) y Movimiento 27N, respectivamente. ¿Cómo considera la labor de ambos artistas? ¿Cómo valora el impacto, en el panorama social actual, de ambos movimientos? ¿Considera que son movimientos sociales horizontales o, como afirma el régimen, son liderados por una persona?

Liderazgo y autoritarismo son cosas diferentes, y en todo movimiento, aunque sea horizontal, resulta necesario alguien que diseñe estrategias, que vea cuáles son los espacios por donde estas deben y pueden canalizarse, las alianzas y los consensos a seguir... Dicho esto, no creo que el 27N o San Isidro sean movimientos en sí, en su sentido clásico. Son más bien Gestalten, formas en construcción, intensidades donde determinadas premisas civiles, culturales y políticas confluyen. Y donde los conceptos “vida libre” y “libertad individual” tiene una complexión especial, ya que definen el camino tanto de manera creativa como ciudadana.

Tania Bruguera o Luis Manuel Otero Alcántara son artistas ya hechos, con propuestas muy diferentes entre ellos, pero donde algunos dispositivos infrapolíticos como el de la relación arte-preocupación social o arte-cotidianidad o arte-arché-memoria tienen un peso único; que el poder cubano ―con toda su maquinaria criminal― los acuse, los señale y persiga solo puede entenderse como un reconocimiento (reconocimiento déspota pero reconocimiento al fin y al cabo). Significa por una parte que están construyendo un gran trabajo, un trabajo de reflexión y praxis cívica. Y por otro, que están abriendo el campo chiquitico y envidioso del arte cubano hacia otra zona, donde ya no funcionan los dogmas académicos y decimonónicos tan usuales a la hora de entender el arte de la isla. Ojo: no quiero decir que sea un camino iniciado por ellos o nunca visto antes. No. Es un fenómeno glocal y desde ahí hay que valorar sus propuestas. Aunque sí pienso que la singularidad Tania y de LMOA, sobresale en todo lo que hacen.

¿Qué cree de las campañas de descrédito que realiza el régimen cubano a través de sus medios de difusión masiva? ¿Cómo reacciona ante estas absurdas lógicas gubernamentales?

El asesinato de la reputación, las manipulaciones y las campañas de descrédito tienen data vieja con la revolución. Tan viejas como su misma existencia. ¿Acaso no publicó Bohemia en su Edición de la libertad (tres números de enero a marzo de 1959) que Batista había dejado 20000 muertos y que su gobierno había sido lo más parecido a un campo de concentración (llegando a compararlo con Lídice y Dachau); acaso Fidel Castro no intentó desprestigiar en el año 1987, en la televisión cubana, al general Rafael del Pino acusándolo además de traidor de homosexual, convirtiendo una vez más el machismo de estado en “figura moral” patriótica y pública; acaso el Diccionario de Literatura Cubana no desapareció a todos los escritores que hubieran abandonado el país hasta ese momento y las páginas de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) y Casa de las Américas no borraron a todos los que alguna vez ganaron uno de sus premios? Es decir, lo que sucede ahora viene pasando desde hace más de sesenta años y forma parte del dasein revolución, de la ilegitimidad representativa del gobierno cubano.

Mi reacción es de estudio. De estudio y risa. Si toda esa energía que ponen en reprimir, golpear y acusar a todo el mundo, la pusieran en crear estrategias ciudadanas, no hubieran destrozado el país tal y como han hecho durante los últimos seis decenios.

¿Qué podemos esperar de la política cultural cubana para esta década que recién inicia? Asimismo, ¿qué podemos esperar del arte y la literatura producida en la isla?

Nada. De la política cultural de un país totalitario no se puede esperar nada. Es una perenne máquina de censura (y tortura), una máquina demagógica, como demuestran sus funcionarios, sus instituciones y sus leyes. Una máquina de construir muerte, como muy bien estudia ―dentro de otro contexto pero que en el fondo es el mismo― el pensador camerunés Achille Mbembe. Una máquina donde la necrosis jurídica y estamental es el único músculo que impulsa al sistema. Y funciona como una logia además: son los únicos poseedores de la verdad, la luz y el camino.

De la literatura y el arte producido ahora mismo mejor no esperar mucho tampoco. Primero, porque macroconceptos como literatura y arte son maquinitas de decir mentiras, como grandes colegios donde todo el mundo camina igual y se viste igual, y que dejan fuera muchas cosas, sobre todo aquello que a priori pone en cuestión ambos conceptos. Segundo, porque son articulaciones demasiado recicladas por la lógica estatal, por el canon, por las instituciones, por todo aquel que sueña tautológicamente con una nación “con todos y para el bien de todos”, aunque después esa totalidad solo pertenezca a algunos o termine deformando a unos cuantos. Y tercero, porque esperar algo de un concepto-masa es perderle la pista a lo que de verdad importa en el mundo pseudocivil y pseudogremial donde se mueven los escritores y artistas, esto es, sus líneas de fuerza, sus guerras, sus vicios, la manera en que abren o cierran sus canales de intensidad, su fictus. Lo demás es hacerle el jueguito a los cheos de la bandurria patriotera y cultural cubana. Y ante estos siempre es mejor cantar como Piñera: no, no y no. Y después bailar.

 


Carlos A. Aguilera, (La Habana, 1970). Narrador, poeta y ensayista. En 2007 ganó la Beca ICORN de la Feria del libro de Frankfurt y en 2015 la Beca Cintas en Miami. Ha publicado la pieza teatral Discurso de la madre muerta (2012), el volumen de poesía Asia Menor (2016) y los textos narrativos de Clausewitz y yo (2020), Matadero seis (2016) y Teoría del alma china (2006). Su novela El imperio Oblómov (2014), publicada por Renacimiento, fue considerada por el reconocido crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, en Letras Libres, como “una de las grandes novelas latinoamericanas” de los últimos años. Fue fundador del importante proyecto Diáspora(s), en Cuba, y entre 1997 y 2002 codirigió la revista homónima. En los últimos años ha publicado las monografías Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos (2020) y Luis Cruz Azaceta. No exit (2016), además del libro de ensayos Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y arte (2019) y la antología Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI (2020). Sus libros han sido traducidos al alemán, checo, francés, holandés y croata… Es codirector de la plataforma Incubadora y dirige la colección FluXus de la editorial Rialta.