Más de 150 intelectuales en Estados Unidos defienden derecho a disentir
Más de 150 intelectuales estadounidenses defendieron esta semana el derecho a disentir ante una creciente “intolerancia” por parte del activismo progresista hacia ideas discrepantes
Protestas en Estados Unidos. Foto: EFE
 

Reproduce este artículo

Más de 150 intelectuales estadounidenses defendieron esta semana el derecho a disentir, en un contexto, según observan, de creciente “intolerancia” por parte del activismo progresista en su país hacia ideas discrepantes.

Mediante una carta abierta, escritores, académicos y analistas entre los que destacan Noam Chomsky, Salman Rushdie, Gloria Steinem, Margaret Atwood y Martin Amis, entre otros, denunciaron que dicho clima de intolerancia hace mella en ambientes académicos y culturales, donde ha habido señalamiento y boicoteo, “castigos desproporcionados” y una consiguiente “aversión al riesgo” o autocensura por temor a discrepancias con las corrientes mayoritarias.

Ello empobrece el debate público. “Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, señalan los suscriptores del documento, publicado el martes 7 de julio en la revista Harper´s.

Intitulada Una carta sobre la justicia y el debate abierto, la misiva respalda las protestas por la justicia racial y social que se han desatado tras el asesinato el 25 de mayo en Minneapolis, a manos de un policía, del afroamericano George Floyd.

Asimismo, apoya los reclamos por una mayor igualdad e inclusión, pero advierte de que este “necesario ajuste de cuentas” ha conllevado a “un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y de tolerancia de las diferencias en favor de una conformidad ideológica”.

“Las fuerzas del iliberalismo están ganando terreno en el mundo…, pero no se puede permitir que la resistencia imponga su propio estilo de dogma y coerción”, subrayan los firmantes, entre los que se encuentra Coleman Hughes, quien publica columnas de opinión en ADN Cuba, donde ha alertado sobre el fenómeno que cuestiona la carta.

Para Hughes, las protestas por la justicia racial y el movimiento Black Lives Matter, en sus versiones más radicales de intolerancia y hasta violencia, parecen ignorar cuánto progreso ha logrado la comunidad negra estadounidense en los últimos años, lo cual lleva a que muchos crean erróneamente que las instituciones estadounidenses son tan racistas que bastaría con una reforma completa para repararlas. 

De igual forma, si bien considera que sigue existiendo racismo en Estados Unidos, afirma que ya no cree que los policías maten desproporcionadamente a estadounidenses negros desarmados. “Dos cosas cambiaron mi opinión: los hechos y las estadísticas”, sostuvo Hughes en una de sus columnas publicadas en ADN Cuba.

Opiniones como esas, justificadas y amparadas en argumentos y datos duros, pudieran acarrearle al joven intelectual consecuencias negativas por el contexto de intolerancia denunciado en la carta, que pone a debate si el nuevo umbral de tolerancia cero hacia inequidades históricas como el racismo, el sexismo o la homofobia alimenta también algunos excesos que buscan silenciar cualquier disidencia, tal y como destaca el diario El País en su artículo sobre el documento.

“El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura”, afirman los suscriptores de la carta.

En ésta no se mencionan ejemplos concretos o detallados, pero se describen situaciones. De acuerdo con lo expuesto, se han dado casos en los que “los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, aplican castigos raudos y desproporcionados en lugar de aplicar reformas pensadas”.

“Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos”, alega el texto.

Ello, probablemente en referencia a casos como la dimisión a principios de este mes de James Bennet como jefe de opinión de The New York Times, la de dos dirigentes de la Poetry Foundation, la de la presidenta del Círculo Nacional de Críticos de Libros y el despido del analista electoral, David Shor, de la plataforma Civis Analytics.

Todos, de una forma u otra, vieron alterado el normal desarrollo de sus carreras y desempeños por no parecerle bien sus puntos de vista a la opinión mayoritaria del activismo progresista, que ante comentarios que no le agradan o le parecen “tibios” optan por polemizar de una manera tal que los despidos o dimisiones, al estilo cacería de brujas, son la única solución.

Al respecto, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, comentó en un reciente discurso que se trata de una “guerra cultural”, en la que uno de los bandos es fruto de “un nuevo fascismo de extrema izquierda”, presente en escuelas, redacciones y consejos de administración.

Trump ha utilizado a esta guerra cultural como uno de los argumentos de su campaña de reelección. Considera, y así lo expuso en su discurso, que la nueva corriente exige que “hables su idioma, practiques sus rituales, recites sus mantras y sigas sus mandamientos”. De lo contrario, “serás censurado, perseguido y castigado”, dijo el mandatario.

En la carta de los intelectuales estadounidenses, Trump es calificado de “amenaza para la democracia”. Sin embargo, “la restricción del debate” la pueden llevar a cabo tanto “un Gobierno represivo” como “una sociedad intolerante”.

En ambos casos, se “perjudica a aquellos sin poder” y se merma “la capacidad para la participación democrática de todos”. “La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, concluyen los intelectuales.