Lavarse hoy los dientes —y la honra— en Cuba

González Reinoso opina sobre la escasez de pasta dental en Cuba y los altos costos que está teniendo en el mercado negro
La pasta dental se sumó a los productos escasos en Cuba hace ya meses
 

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¡Por fin ha aparecido un vendedor de pasta dental! Pirata del dentífrico, por supuesto. Y a 15 cucos el tubo (mediano, aclaro).

Preguntarle —con cautela— “si tiene uno mayor” puede terminar en paranoia y perderse la oportunidad del canje. Porque los chivatos, entusiasmados con la mesa televisiva que nos sopapea a diario, andan entregando hasta la familia (por un pan con tomate).

No existe certeza de legitimidad en lo que están proponiendo estos tahúres. Especialistas en el reenvase, ergo timo, y hasta del sellado “original” de cualquier mercancía. 

Esta semana, varios descalabrados se quejan de haber adquirido champú en plena calle, conteniendo un mejunje de mermelada de sábila con azúcar prieta y agua de lluvia que les ha desgraciado el cuero cabelludo. Pero la presentación era impecable, sin lugar a dudas. ¡De cine!

Hemos estado velando a un transgresor cualquiera por espacio de varios meses de continuo desaseo, en que el estado no ha podido asignar más que un módulo misérrimo por núcleo, anunciando que daría dos. El desfile ha incluido todo tipo de artimaña estafadora.

Pero volviendo al tubo de nuestras urgencias, significa que hay que soltar unos 20 dólares americanos (según lo impuesto por el altísimo al billete enemigo, o sea: a nosotros), a cambio de algo —imprescindible según normas higiénicas—, que suele costar, en tiempos no pandémicos, muchísimo menos.

Enroscado en las redes han a la par aparecido anuncios insólitos, desde la “Candonga en Santa Clara” —variante más visitada casi que su homóloga y competidora “Revolico”—, pletóricas ambas de ofertas circunscritas al circuito local, con precios tan delirantes como inaccesibles para la mayoría de los pobres del patio, camuflados tales mercaderes tras seudónimos risibles, con el propósito de despistar a inspectores devenidos sultanes en medio de la súper-crisis nacional, deriva agigantada de la foránea.

Lo bueno de estas tribulaciones dentro del vacío material es que al final casi siempre encuentras, sin importarte demasiado lo caro que te haya resultado hurgar, aquello que buscabas inconsolablemente.

Un mes sin lavarte el orificio masticador más que con carbón vegetal, quitamanchas casero, pastilla derretida o detergente inventado con bicarbonato y sal, te obliga a renunciar a cualquier erogación que no sea el acto de asearte, por el asco y desaliento que hacia tu persona sientes, ya animalizada.

Bastante padeciste en etapas anteriores (y hasta en esta misma) de los horrores de no poder ducharte como dios mandaba. Más ahora, por falta de “Agua y Jabón” (un nombrecito otorgado a una corporación tendera de última hornada, cadena deseslabonada con precios astronómicos, los que deben ser motivación para estos otros).

Porque allí podrías agenciarte químico “de lujo”, como un enjuague bucal, o líquido friegasuelos, por “la bicoca de 5 cucos”. Perdiendo de un mismo palo el pellejo de las manos con parte de la lengua.

La precaria industria ligera (¡prohibido calificar a la pesada!) nacional, en su fábrica de pasta “Perla” (antes “Crusellas”) dejó de producir, como todo un día, “por falta de…” tiempo atrás. 

En los 60 disipamos a las divinas Colgate, Kolinos, Forhan’s, Gravi y otras cremas blanqueadoras. Nadie cuestionó jamás sus precios. No recuerdo haber citado en la prensa republicana ditirambo igual a este.

Por más de dos décadas recibió la familia cubana, subsidiadamente por la libreta invento de la Juceplan, un pequeño y extraño tubo plateado, sin nombre ni datos impresos de sus ingredientes.

Decía un amigo que los componentes eran mezcla de leche de magnesia con hidróxido de cal y gotas de mentol, de ahí su perenne laxitud.
 
Más tarde, en los 80 del escrache internacionalista con el chorro de kremlinianos petrorrublos, apareció “Dentex”, fluorizada, otro nombrecito extranjerizante en la capitalizada “firma” Suchel (… — ¿y Camacho aónde etá?—, preguntaba astutamente la española Juanita Mateo, socia afín).

Mientras hoy día, en que los inventos castrenses navegan viento en popa, surcando tan enrarecidas aguas, AeroVaradero y el Grupo Palco (ambos tentáculos del pulposo gozador Gaesa) han permanecido en stand-by durante la cuarentena con toda la paquetería almacenada y sin expulsar dentro, se anuncia la reapertura tímidamente de sus aherrojadas exclusas, en esta primera fase de la alocada desescalada habanera

Pues por allí habrán desfilado tubitos de importada pasta adversaria, muy “importantes”, por cierto.

Un amigo me pregunta con razón ¿Y para qué quieren pasta si apenas han comido?  ¡Concéntrense en las pastas alimenticias! Su lógica es secuela de la individual —extendida como el humo— miseria del fogón.

Terminados los arreglos y convenios delictivos con el proveedor empírico del limpiador bucal, una voz de traficante empírico ha murmurado —en el encriptado WhatsApp como vía—: “oye, socio, y los tubos extra grandes, ya están en camino, y salen a 25”. 

Nada, que para el mes que viene, además del noticiero, el corto y la película en la alta noche, tendremos ¡matiné! bajo el noble patrocinio de Colgate. (O “Cuélgate”, como nos guste mejor el requerir).

Escrito por Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, 1959) Escritor Independiente. Economista (1977), traductor de lenguas inglesa y francesa (1980-86). Actor y Peluquero empírico. Fundador de ¡El Mejunje!, Santa Clara (1993) donde nació a Roxana Rojo. Trabajos suyos incluyen poesía, artículos, ensayos. Su personaje aparece en varios documentales del patio: "Mascaras" y "Villa Rosa" (Lázaro Jesús González, 2015-16), "Los rusos en Cuba" (Enrique Colina-2009). Fue finalista del Premio Hypermedia de Reportajes en 2015.