La radio cubana: cara y cruz de la homofobia

Muchos profesionales de la radio se ven obligados a fingir en torno a su sexualidad para cumplir los requerimientos de dirigentes machistas y poco respetuosos de los derechos humanos
La radio cubana es como una cárcel
 

Reproduce este artículo

Mi entrada al mundo gay habanero se dio a través de la radio. Un hermoso programa titulado “Casa de Cristal”, que se trasmitía cada noche por Radio Metropolitana, descubrió para mí todo un universo de tolerancia, apertura, diversidad, y franca solidaridad, que hasta entonces me era negado en mi cotidianeidad.

Cada comentario de los conductores, cada canción, cada llamada telefónica, me hablaban de un universo paralelo, del cual solo se daban leves pistas para “entendidos”. No podía entender de qué se trataba, pero intuía que era un espacio íntimo y seguro.

Un día me decidí y escribí una larga carta, desesperada, donde salía del closet, y la envié al programa, que me abrió las puertas de par en par. Por primera vez veía qué sucedía detrás del micrófono, y muchos de los códigos me fueron develados. Allí grabé mis poemas para radio por primera vez, hice amistades, conocí amores, aprendí poesía.

Muchas de la gente con que me relacionaba en aquellos tiempos eran hombres gays, mujeres lesbianas, o personas bisexuales, con todo un mundo de anécdotas y vivencias que iban desde las más apasionadas historias de amor, hasta las más insólitas experiencias erótico-sexuales.

Estudiaba yo mi segundo año de la carrera en la Universidad de La Habana, lo cual requirió casi todas mis energías; por lo que eventualmente me alejé un poco de aquel entorno de bohemia habanera, en pleno Período Especial.

Esa distancia, sin embargo, me permitió devolver una mirada un poco más crítica a lo que había vivido. Pude así descubrir cómo ese regusto por el doble sentido, por las palabras en código, por los mundos de la apariencia y hasta el engaño, no estaban del todo bien.

Ese hablar de “mi novia” cuando me refería a mi novio, conducía a expresiones tan absurdas como: “lo que menos me gustaba de ella era su bigote y su barba tan tupidos”. Se hablaba de un hombre, pero se le trataba de ella por si alguien estuviera escuchando.

Ese ocultamiento, mirado desde fuera, ya me resultaba ofensivo, y me prometí a mí mismo que ese no sería el modo en el que me relacionaría yo con la sociedad.

Por otra parte, también descubrí que aquel mundo homoerótico era completamente opaco para los oyentes de la radio que no fueran homosexuales. Si no fuera de manera tangencial, sugerida, oblicua, se podría decir que no había referencias a nuestros modos de vida, a nuestros conflictos, a nuestra sexualidad. Por tanto, seguíamos sin existir para el mundo heteronormativo.

Recuerdo ver en 2010 a Ana María Ramos, la fundadora de Casa de Cristal, en una entrañable entrevista donde habla de su experiencia en aquel maravilloso programa de radio, y vi de nuevo cómo, a pesar de los años, se seguía lanzando un velo cuidadoso sobre el hecho de que el público de Casa de Cristal fue mayoritariamente LGBT.

Entendí entonces que la “apariencia” seguía siendo la esencia de la radio y de la TV cubana, muy a pesar de quienes la hacen vivir.

No obstante, seguí regresando. Mi segunda gran obsesión radial fue CMBF Radio Musical Nacional, a quien debo casi totalmente mi cultura musical, y también buena parte de mi cultura general.

Allí también, por supuesto, fue fácil identificar personas LGBT en funciones tanto creativas como administrativas. Eso era lo que un biólogo gay reprimido que conocí llamaba “deformación profesional”, término que siempre le rebatí. Pero lo cierto es que no era difícil conocer a personas LGBT en ese medio.

Pero si el espacio místico-filosófico de Casa de Cristal, de Metropolitana, aludía al universo homoafectivo de manera oblicua, en CMBF tales alusiones eran totalmente nulas.

Tanto era así que, en un programa que escribí por un tiempo alrededor del año 2005, llamado “Mujeres en el Arte”, que dirigía el excelente realizador Jorge Pérez Jaime, me sucedió la más inusitada experiencia de censura.

CMBF es lo que en el argot popular llamamos una emisora “culturosa”. Puse entonces todo mi empeño en escribir un bello programa sobre la poetisa griega Safo de Lesbos, a quien la historia ha convertido en símbolo del amor entre mujeres.

A Safo se le considera una de las poetas más sobresalientes de la poesía lírica griega arcaica. Estamos hablando casi de la cuna de la civilización occidental. Sin embargo, el programa nunca salió al aire.

Resulta que la locutora que debía leer los poemas de Safo se negó a hacerlo, porque estaban dirigidos a una mujer. El caso llegó a la máxima autoridad de la emisora, el ya fallecido Luis López López-Quintana, a quien no le tembló el puño para censurar mi libreto y desechar la parte del programa que ya estaba grabada.

El exmilitar me llamó a su oficina para explicarme las razones de la censura. Para ello hizo no sé qué referencias al importante papel de la FMC en los derechos alcanzados por la mujer cubana. Comprendí que aquel periodista de la Revista Verde Olivo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, director de una emisora de radio donde lo detestaban, era completamente incapaz de distinguir la Pequeña Serenata Nocturna (Mozart) de la Pequeña Serenata Diurna (Silvio Rodríguez).

Pero más doloroso que eso, fue imaginarme a esa conductora radial ofenderse por leer unos hermosos versos de Safo. Quizás hasta fuera lesbiana ella misma (quién sabe), pero la apariencia es lo más importante para la radio cubana.

Es por eso que entiendo a la diputada Yusimy González Herrera cuando en el audio recientemente revelado orientaba a sus subordinados de la radio cubana hacia una comprensión esquemática y polarizada de la sexualidad, de la expresión de género, de los roles de género.

Ella decía que no le importaba la orientación sexual del locutor o el periodista o el colaborador. Lo que le importaba es que se escuchen profesionales, que suenen creíbles.

Una idea retumba desde entonces en mi cabeza: un principio fundamental para que algo suene creíble, es que no se esté mintiendo. Ello, sin embargo, no parece ser prioridad para la burocracia cubana. Necesitan que su gran mentira, esa que entregan a la radio y televisión a diario para sus ejercicios de adoctrinamiento, engaño y burla; sea presentada de modo creíble.

El grandísimo talento de nuestros artistas de la radio y la TV están a disposición de un afán propagandístico tan descomunal, que al sistema no le importa arrasar con la dignidad de los que allí mismo trabajan, que entregan su creatividad y su sensibilidad para hacer lo que les gusta y aman.

Es tan eficiente, que a veces algunos y algunas ni siquiera se percatan que sirven a ese plan macabro. No hay ninguna diferencia entre ello, y los agudos mensajes subliminales presentes en cualquier comercial de cerveza en la TV estadounidense.

El día que nuestra cubanidad, traspasada por toda su gama de sexualidades, expresiones, maneras, y colores (incluido el platinado) logre integrar todo ello de manera diáfana, quizás no sigamos sufriendo esta suerte de bipolaridad o esquizofrenia social, en la que una funcionaria de alto nivel puede contradecir impunemente los más elementales Derechos Humanos.

Escrito por Isbel Díaz Torres

Isbel Díaz Torres (Pinar del Río, Cuba - 1976). Graduado de Biología en la Universidad de La Habana. Escritor y poeta. Analista, activista social y defensor de Derechos Humanos en áreas como Medioambiente y comunidad LGBTIQ. Fundador de organizaciones y colectivos autónomos en Cuba como Guardabosques, Proyecto Arcoíris, Observatorio Crítico, y Taller Libertario Alfredo López. Coordinador del Centro Social ABRA.

 

Relacionados