La cubanía que nos une

Somos una única e indivisible nación con una cultura y un sentido de pertenencia y nacionalidad que debe rebasar los criterios políticos, ideológicos, económicos o históricos
Foto tomada de: cubaniatravel.com
 

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Cuba respira con dos pulmones: la Isla y la Diáspora. Creo firmemente que somos una única e indivisible nación con una cultura y un sentido de pertenencia y nacionalidad que debe rebasar los criterios políticos, ideológicos, económicos o históricos. En los últimos días, otro evento ha movido el tema de la cultura, los muros y los artistas de la Isla y de la Diáspora: un artista joven y talentoso se retrata en Miami con un artista consagrado durante años, símbolo del exilio e igual de talentoso. La foto ha provocado un largo e interesante debate en las redes.

Se enarbola oficialmente, con frecuencia, el tema del intercambio cultural, de las relaciones con la “comunidad cubana en el exterior”, de que somos un solo pueblo, pero al mismo tiempo y sin coherencia alguna, un pretendido intercambio en una sola dirección y selectividad. El intercambio cultural es de aquí para allá y también de allá para acá, o no es intercambio.

Con frecuencia se tildan de traidores, de asalariados, de desertores, a cubanos que viven en la Isla y se relacionan con artistas que viven en la Diáspora.

Como sabemos, el concepto de Diáspora abarca con igual derecho e inclusión, a los cubanos del exilio histórico, a los que llegaron en los diferentes éxodos masivos como Camarioca, Mariel, los balseros, la ruta de Centroamérica… incluye también a los que se fueron por reunificación familiar, los que se han marchado a cualquier lugar del mundo en busca de trabajo, de una vida mejor, de un futuro para sus hijos.

El concepto Diáspora, de origen bíblico, como éxodo, no pretende excluir a ningún cubano y, mucho menos, negar u olvidar los innombrables sufrimientos, separaciones y muertes que ha sufrido una buena parte de los que viven fuera de su Patria. Diáspora son todos los cubanos que, viviendo fuera de la Isla, nunca se fueron de su cultura, de su verdadera historia, de su memoria y del alma de la nación, de la que formamos un solo pueblo con un indivisible corazón.

Dicho esto, quiero reflexionar sobre lo inhumano y sorprendente que resulta que un Estado, sus órganos de propaganda o un grupo cualquiera de nuestra sociedad, pretendan satanizar, excluir y silenciar, el deseo irrefrenable y natural de buscarse, encontrarse y relacionarse los hijos de Cuba, superando diferencias geográficas, filosóficas, religiosas y políticas. Teniendo en cuenta las precisiones que Don Fernando Ortiz nos ofrece para distinguir cubanidad y cubanía: cubanidad es una cualidad, una «condición del alma, complejo de sentimientos, ideas y actitudes», mientras que cubanía es una decisión una «cubanidad plena, sentida, consciente y deseada; cubanidad responsable». En este sentido es bueno destacar que tanto los que vivimos en la Isla como los que peregrinan dispersos por el mundo tratamos de mantener y cultivar, en mayor o menor grado, tanto nuestra cubanidad como nuestra cubanía. Estas son las que nos unen.

Ahora bien, me pregunto qué pensarán de Cuba, de nosotros los cubanos, o del Gobierno y funcionarios de la cultura en la Isla, otras naciones al leer que un artista se considera poco confiable, contrario a su Patria, o incluso traidor, cuando se encuentra con otro compatriota y comparten música, literatura, religión, política, proyectos económicos, sociales o culturales, todos de integridad y honestidad comprobables. Resulta incomprensible que algunos cubanos se constituyen en jueces para decidir a dónde uno puede viajar, con quién se puede reunir, con quién no se debe fotografiar, o con quiénes no debe colaborar en proyectos culturales o de cualquier otra índole siempre que sean honrados y pacíficos. E incluso te “alerten para que no seas manipulado” por ellos, como suponiendo una debilidad mental, ética y cívica, crónica.

Al llegar a este punto de la reflexión nos damos cuenta que puede resultar extraño, injusto o inhumano para otras personas y naciones. Sin embargo, para nosotros los cubanos estas actitudes excluyentes, discriminatorias, descalificadoras y maniqueas, no son otra cosa que la extensión, fuera de las fronteras de la Isla, de las mismas actitudes y políticas que dividen, excluyen, reprimen y discriminan a unos cubanos o grupos de la sociedad civil de otros compatriotas, incluso que compartimos la misma tierra, el mismo barrio y hasta la misma familia.

Eso nos lleva a pensar que no se trata de una excepción, ni de un accidente, ni de una simple opinión fanática, ni del exceso de un determinado funcionario… se trata de la esencia, los métodos y la misión de un sistema que excluye al diferente, divide a los que piensan distinto, clasifica a los ciudadanos en buenos y malos, determina con quién te puedes reunir, a qué casa puedes visitar, con qué proyecto debes o puedes colaborar, en fin, qué vida debes vivir y qué parte de tu alma debes reprimir, esconder, disimular. Si esto pasa aquí dentro, por ser la esencia y no solo la circunstancia, entonces estas “parametraciones”, de más de diez quinquenios, no tienen solo un carácter intrínseco al modelo sino que tienen un alcance extraterritorial como el que se le critica a otros embargos.

Al constatar la enorme cantidad de cubanos que viven dentro o se han marchado de la Isla, y no digamos que “se han ido de Cuba” porque se llevaron una parte de ella o toda ella en su corazón, han expresado claramente su rechazo y disgusto a esas actitudes sectarias y excluyentes, vengan de la orilla que vengan, que intentan la enemistad y la separación entre los hijos de Cuba por vivir en otro lugar, o por pensar de otra forma, o por disentir o exigir sus derechos; al ver la claridad y audacia de esos pronunciamientos, yo recobro la esperanza y me reafirmo en la serena convicción de que la cultura está y debe estar sobre la política, que las artes están y deben estar por sobre las ideologías, que la cubanía y la cubanidad crean lazos indestructibles que superan la geografía y la vesania.

Que estos gestos de solidaridad con el injuriado, con el excluido, con el silenciado, nos animen a todos los cubanos a superar esa espuria manía de dividir en bandos, de seleccionar amistades, de etiquetar personas y de levantar muros y bloqueos entre los cubanos.

Venga ya la despenalización de las amistades diferentes, la reconstrucción de los puentes, la deconstrucción de los prejuicios, la superación de políticas totalitarias y maniqueas que se inventan un mundo en buenos y malos, con la peculiaridad de que siempre el malo es para el que es diferente al pensamiento oficial. Se trata de una inquisición cultural, de un apartheid entre la Isla y la Diáspora, una compartimentación del alma de la nación cubana: única y plural.

Estos decadentes esfuerzos por separar a los cubanos por nuestras ideas, o por las legítimas opciones de marcharnos o permanecer, están completamente finiquitados. Son solo estertores de un mundo, y de una concepción de la historia, encallados en el pasado. Tengo plena confianza en que estos muros también caerán, o mejor dicho, seguirán cayendo, porque a los largo de más de 60 años:

Nos lo han demostrado los indisolubles lazos de familia que han logrado sobrevivir y sobreponerse a aquellas terribles prohibiciones de “relacionarse con familiares en el extranjero”. Y ahí están las familias más unidas que nunca y sosteniendo a las que más lo necesitan aquí con el trabajo y sacrificio de los de allá. La familia sigue siendo lo primero y principal.

Nos lo han demostrado los indestructibles lazos de amistad que han logrado sobrevivir y sobreponerse a aquel inútil esfuerzo de enemistar o desconectar las relaciones entre amigos de toda la vida. Y ahí están más amigos que nunca. La amistad sigue siendo un amor sin departamentos.

Nos lo ha demostrado la creciente comunión entre las Iglesias que creen y aman manteniendo la esperanza dentro de la Isla y sus Iglesias hermanas de la Diáspora que creen y aman siendo solidarias con sus hermanos que peregrinan, sufren y trabajan en la Patria. Y ahí están más unidas y solidarias que nunca. La religión sigue siendo un factor de unidad, virtud y amor de todo el pueblo cubano.

Nos lo han demostrado intelectuales y artistas que, a pesar de las descalificaciones y prejuicios impuestos artificialmente, han sabido dónde está la verdad, el talento, la belleza, y han aprendido que el verdadero intercambio cultural es con todos y biunívocamente. Las hemiplejias ideológicas son bloqueos al intercambio entre los hijos de un mismo pueblo. Y ahí están, los artistas e intelectuales, buscándose, encontrándose, creando juntos, sirviendo a Cuba con su arte, su espiritualidad y su amistad respetuosa de la pluralidad. Esa cultura sigue siendo el alma de la Nación.

Esa es la Cuba que queremos, que soñamos, que construimos todos, entre los de aquí y los de allá. Esa es la Cuba en que quepamos todos, en la que no haya “bloqueos” entre la trompeta de Sandoval y los teclados de Chucho Valdés, entre el humor de Alexis Valdés y el de Doimeadiós, entre la música de Willy Chirino y la de Leoni Torres…

Hagamos realidad ese hogar nacional sin fronteras, porque todos somos cubanos y Cuba se lo merece.

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.