Cuba y el poder del pensamiento

Fidel Castro fue muy hábil confinándonos por décadas en un triple aislamiento: geográfico, de comunicación y de información
Mujer cubana sentada en el Malecón de La Habana, mirando al horizonte. Foto: ADN Cuba
 

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La despedida a una amiga me llevó a un ejercicio mental inevitable: un análisis de la evolución de las generaciones rotas por el exilio.

Desplazarse fuera del país de nacimiento es parte del progreso en toda sociedad, pero sabemos que en el contexto de Cuba casi nunca equivale al fluir de ciudadanos que exploran libremente el mundo por curiosidad o placer, sin desgarros.

Muchos abandonan la isla porque han sido acosados, amenazados, y saben que no pueden regresar. Otros evitan volver porque les golpea demasiado la destrucción visible, respirable, y no soportan la idea de enfrentar un país aún más desecho del que dejaron. Pero esta situación de salir y entrar no existió siempre.

Fidel Castro fue muy hábil confinándonos por décadas en un triple aislamiento: geográfico, de comunicación y de información. El resultado era esa percepción distorsionada de la realidad externa influía en nuestra psiquis produciendo una especie de esquizofrenia espacial y temporal.

Porque habiendo sido Cuba un país de vanguardia en el progreso tecnológico, la población post revolución carecía de televisores, equipos electrodomésticos, autos y hasta teléfonos. Dependíamos, y aún dependemos, de un Estado “magnánimo” que dosifica las ofertas y su accesibilidad en la medida de nuestra lealtad política.

En los primeros años de la revolución, los que se iban se esfumaban en una especie de niebla, de la que nos llegaban elementos inconexos que no permitían configurar una realidad. Era así con la familia, los amigos y hasta con los artistas que veíamos desaparecer misteriosamente de los medios, sin que se diera ninguna explicación oficial.

Cuando mi padre se fue en 1968, yo no había cumplido los tres años. Mi madre y él se comunicaban mediante misivas que tardaban un mes, por correo postal. Lo más inmediato eran los telegramas, recurso para casos extremos. No fue hasta mis 9 años que escuché la voz de mi padre en una cabina telefónica del hotel Habana Libre, toda una novedad para quienes enfrentábamos punzantes separaciones.

Al emigrar mi hermana menor, en el 2003, mi madre al menos tuvo el alivio del correo electrónico, con mensajes, fotos, y las llamadas al teléfono fijo. Pero la diferencia radical la pude apreciar cuando emigró mi sobrina en el 2016: mi hermana mayor tenía un smartphone y ambas se comunicaban por videollamada. No había ya esa ruptura interior creada por un abismo. Nada rompe más el concepto de ausencia que compartir el presente en vivo, mirándonos cara a cara.

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Por eso insisto en que el problema más grave que enfrentamos ahora mismo no es esta hemorragia que se lleva a tantas personas brillantes, dignas y útiles. Lo peor es chocar con las fuerzas que alimentan el falso estatismo, la aplastante inercia que logró convencernos de la imposibilidad de un cambio.

No solo el gobierno cubano, su eficaz maquinaria de propaganda, y una intrincada burocracia; no solo la Seguridad del Estado, la policía y todas las extensiones de delatores y represores, sino todos lo que siguen pensando que “aquí no va a pasar nada”, incluso después que ya pasó, y el saldo ha sido una represión atroz y cientos de encarcelados.

Los de “aquí” lo expresan para justificar que no quieren arriesgarse, o que también planean escapar. Los de “allá” lo dicen para reafirmar que se fueron, pues no había ni hay nada por qué luchar.

Este sentimiento morboso no tiene fundamento objetivo, y unido a la convicción de nuestra exclusividad originaria (esa mezcla de chovinismo e ingenuidad nacional), ha producido una fórmula realmente tóxica. Cada pensamiento de inmovilidad fortalece el espejismo que ha durado 62 años, pero sin impedir la degeneración material y moral, o el disenso casi general.

Por lo que significaron las huelgas de hambre de los acuartelados de San Isidro, por la reacción popular al desalojo de estas personas, que condujo a la protesta frente al Ministerio de Cultura, noviembre del 2020 marcó un antes y un después en la historia de Cuba. Pero, más que todo, por la solidaridad espontánea que estos eventos provocaron en el exilio cubano.

La Cuba que deseamos ya existe en el ciberespacio, sustentando una comunidad objetiva que está y permanece imantada por la fuerza del pensamiento. En la práctica, funciona para debates, denuncias y acciones concretas, como envíos de medicamentos. Esto demuestra que existe una sociedad civil que ha logrado articularse por debajo de toda la presión y la censura. Por debajo de la mentira inducida de la imposibilidad.

Hace tiempo leí sobre un derrumbe producido por la vibración de voces humanas. No logro precisar si eran cantos, gritos, o alaridos. No sé si el desplome ocurrió en una iglesia, una cárcel o un manicomio. Qué importa. Lo que me subyuga es la imagen de algo que cae, por la acumulación y la fuerza de la atención concentrada, por la resonancia de las voces, de los deseos amontonados durante meses, años y décadas.

Las voces de cubanos de adentro y de afuera se confunden en un solo clamor. Y esa vibración hace trepidar las columnas de un sistema sustentado en un minucioso hipnotismo que ya empezó a desmoronarse.

Escrito por Verónica Vega

Verónica Vega, nació el 22 de diciembre de 1965, en La Habana.
Escritora autodidacta, comenzó colaborando con el proyecto cultural Esquife y otras revistas de la Isla. También trabajó como guionista en el programa infantil de Radio Metropolitana. Su primera novela, Aquí lo que hay es que irse, fue publicada en 2010 en París, por la editorial Bourgois, como Partir, un point c'est tout y por ella fue invitada al festival Belles Latinas 2011, en la ciudad de Lyon. Aquí lo que hay es que irse se publicó en español en 2019, por la editorial Neo Club. En esta ciudad y en ese año también presentó su segunda novela, El Arte de Respirar, publicada por Ediciones Hypermedia.
Ha colaborado con Diario de Cuba, Cubanet, Identidades, Árbol Invertido y tiene un diario en el sitio digital Havana Times.