La educación y la vacuna contra la incivilidad

La “pandemia de la incivilidad” presenta altos picos de contagio y expansión en todo el país y dejará secuelas más perjudiciales, hondas y duraderas que las que pueda dejar el coronavirus
Represión en Cuba durante las protestas del 11 de julio. Foto: EFE
 

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Cuba comenzará progresivamente su curso escolar en todos los niveles de enseñanza. Por segundo año el inicio está lleno de incertidumbre, colmado de necesidades y preguntas. Un agravamiento de la crisis sanitaria debido a la COVID-19 y una economía en banca rota, es el marco general en que los padres y el resto de la familia se enfrentan a la difícil disyuntiva entre, por un lado, satisfacer la necesidad de continuar el proceso de escolarización o el reinicio de la vida universitaria, y por otro lado, garantizar la debida seguridad para poder preservar la salud de sus hijos y sus maestros y hacerlo en un ambiente adecuadamente civilizado y disciplinado, así como suficientemente abastecido para que ese proceso pueda realizarse con normalidad.

Se ha anunciado y comenzado una campaña de vacunación masiva y progresiva de niños y jóvenes por grados y niveles de enseñanza. Es sin duda una prioridad y una necesidad sin la cual no debería comenzar el curso. Todo parece atrasado con relación al anunciado cronograma de vacunación que, hace meses, preveía hasta un 70% de población vacunada a finales del mes de agosto. Según datos oficiales esta cifra no alcanzó superar el 30% y se ha tenido que correr el cronograma, esta vez para el mes de noviembre. Pareciera que, con tanto tiempo desde que en marzo del año 2020 llegara a Cuba esta pandemia, nos volviera a coger tarde para crear, en año y medio, las condiciones hospitalarias, los medicamentos indispensables, el oxígeno requerido, los servicios funerarios, y la misma agilidad en la vacunación. Se argumenta falta de recursos. Resulta difícil creer que ha sido producto del embargo y producto de la crisis económica que ya venía sufriendo Cuba desde hace años… Más bien parece un problema de escoger y decidir prioridades. Una de ellas, por ejemplo, entre continuar la construcción de hoteles o crear estas condiciones enumeradas aquí y otras que conocemos.

 

La vacuna contra la incivilidad

Habiendo solo mencionado esta visión general del inicio del curso y la vacunación contra el coronavirus, deseo hoy compartir otra preocupación que considero igual de grave y con un impacto quizá mayor en el mediano y largo plazo: se trata de la “pandemia de la incivilidad” que presenta altos picos de contagio y expansión en todo el país y dejará, sin dudas, secuelas más perjudiciales, hondas y duraderas que las que pueda dejar este virus.

En efecto, suponiendo que antes de que termine el año comience a ceder el contagio del coronavirus, suponiendo que disminuyan significativamente las muertes por esta causa, resulta todavía más preocupante el impacto que pueda tener sobre los niños y jóvenes cubanos, y también sobre los adultos de la familia, el tiempo perdido de escolarización, el daño psicológico que deje el encierro, la enfermedad y el luto en miles de familias cubanas, pero todavía más lo que puede seguir produciendo el daño antropológico y su impacto en la convivencia civilizada de todos los cubanos.

El estallido social del 11 de julio del 2021 a todo lo largo y ancho del territorio nacional es una señal, una llamada de atención, una erupción espontánea que ha dejado una profunda huella de libertad; por otro lado, hemos vivido una gravísima lesión a la humanidad y convivencia entre los cubanos, cuya raíz profunda no se ha podido ni siquiera paliar. Si las causas de un fenómeno social no se solucionan, ese fenómeno se reiterará de una forma u otra. El problema de los volcanes no es el cráter, ni la erupción, es el magma ardiente que con energía incontrolable busca por dónde salir y puede fracturar la más dura roca con tal de liberar y equilibrar los movimientos y energías internas propias de las entrañas del planeta. Este es un símil de lo que puede suceder en la profundidad de las sociedades oprimidas cuya libertad y ardientes deseos de progreso y felicidad se encuentran con la dureza de un sistema que pone pétreas barreras al alma humana, intenta esposar los naturales movimientos sociales, y parece que cree posible detener la lava ardiente de un pueblo tapando los baches, levantando rejas o intentando apagar, con cubos de agua en los barrios marginales y con cubitos de hielo en la televisión, la llama telúrica de la libertad, la justicia y el derecho. Solo yendo a la raíz del problema se logran soluciones efectivas, suficientes y duraderas. Lo demás es decorado.

Deseo aportar una perspectiva más al estallido social del 11J: pareciera, por las medidas que se están tomando y las imágenes que se están repitiendo, que pudiera haberse diagnosticado, con una mentalidad segregacionista y clasista, que la raíz de las manifestaciones en Cuba fueron ocasionadas por los barrios marginales y por la situación de pobreza material de esos sitios. Opino que puede ser, por lo menos, un enfoque limitado, con una fuerte visión miope (resolver lo que se ve de cerca); una restringida visión a corto plazo (resolver ahora y veremos después) y una visión materialista vulgar.

Según el Diccionario filosófico marxista (1946, p. 208): “El materialismo vulgar es una corriente filosófica surgida en Alemania durante las décadas del 50 y 60 del siglo XIX entre los médicos y naturalistas. Aun reconociendo la materia como la única realidad y defendiendo el ateísmo… esta concepción significaba un retroceso, no ya con respecto al materialismo dialéctico, sino hasta con el materialismo francés del siglo XVIII. En el materialismo vulgar son característicos el desconocimiento absoluto de la dialéctica, la defensa de la entonces ya anticuada concepción mecanicista de las leyes del movimiento de la Naturaleza, y el idealismo en la interpretación de la sociedad”.

Dicho en otras palabras: creer que un estallido social se resuelve negando la realidad y ocultando el cambio dialéctico y dialógico de todo ente social; creer que se describen esas manifestaciones con una calificación de “disturbios vandálicos” usando para ello un idealismo arcaico: lo que sucedió no es lo que uno idea sino la realidad; creer que se resuelven las protestas movilizando remedios emergentes y paliativos para barrios identificados como marginales, oficialmente en número de 62 en la capital de la República, y que están ahí hace más de 60 años; atribuir la protesta solo a la falta de alimentos o medicinas, como si el ser humano se redujera solo a procesos de digestión o a enfermedades fisiológicas… y para colmo reafirmar, sin rectificación, la convocatoria al combate entre compatriotas… Todo esto es, por lo menos, reductivo e irresponsable.

Con igual o mayor urgencia que la vacunación contra la COVID-19, es necesario en Cuba vacunar contra la incivilidad, contra la incultura de la confrontación. Es necesario vacunar con civismo y convivencia lo que ahora se azuza entre los hijos de un mismo pueblo. Debemos vacunarnos contra esa práctica incivilizada de dividir en dos bandos a los cubanos: los buenos y los malos. Ese maniqueísmo insano puede causar la muerte civil. Tampoco es la unidad uniforme y monocromática. Tampoco es buscando enemigos fuera para no reconocer la discrepancia dentro. Es, en resumen, reconocer que Cuba es plural, legalizar la discrepancia y abrir el país.

No es solo una metáfora lo de vacuna contra la incivilidad. Son peligros subterráneos, lava ardiente que se desborda en violencia fratricida. Y tiene varios rostros la incivilidad y hay que mirarle a la cara para enfrentarla con la vacuna de la educación ética y cívica. La falta de una cultura del respeto a lo diferente, la falta de tolerancia ante la crítica constructiva, el salvajismo de repartir palos a unos cubanos para golpear a otros cubanos. Dios nos libre del efecto bumerán y que un día esos palos cambien de dirección, el que siembra vientos recoge tempestades. Pongamos todos a cambiar los palos por abrazos y la furia por la amistad cívica. La incivilidad tiene rostro de grosería cotidiana en las colas, de descortesías entre vecinos, de incorrección en las formas en que unos cubanos y la propia televisión descalifica y difama a los cubanos: un solo botón de muestra es el fusilamiento mediático que se infligió al Rey del Queso expuesto a mansalva en el Noticiero de la Televisión Cubana y ahora, meses después, es reaparecido sin mediar disculpas, explicaciones y mucho menos indemnizaciones. Esa práctica incivil debe cesar como los actos de repudio y como tildar a todo el que se opone como financiado o mercenario de una potencia extranjera.

Elaborar la vacuna contra la bajeza incivil es urgente y está a nuestro alcance. Primero que todo bastaría una orden para que cesaran todas esas formas de confrontación social. Al mismo tiempo, comenzar a legislar para liberar, no para reprimir. Legislar para la justicia social no para dar limosnas a los barrios marginales. Cambiar el modelo económico, las estructuras políticas y abrir el país a la democracia. Que el sistema de educación tan afectado por todos estos males cambie hacia un modelo educativo que sustituya: el lema por la convicción, las máscaras por la honestidad, la ideología por la virtud, la incitación al odio por el amor.

Pero, sobre todo, por la hondura del daño, por la temperatura de la lava en las entrañas de Cuba, es de urgencia prioritaria un programa desideologizado y plural de educación ética y cívica, desde la familia y a todos los niveles de enseñanza y todos los grupos de la sociedad civil y de las iglesias. Es urgente regresar a los fundamentos antropológicos-filosóficos de los padres fundadores de la nación cubana, especialmente de Varela y Martí. Y poner la convivencia, la libertad, la virtud y el amor como cimientos seguros y duraderos de una República que sea un verdadero Hogar Nacional.

A vacunarnos cívicamente todos, antes de que sea demasiado tarde.

 


Publicado originalmente por el Centro de Estudios Convivencia

Foto de portada: EFE

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.