Cumpleaños... ¿Feliz?
Roberto San Martín se adentra en los pensamientos y sentires de varios de los involucrados en el fatídico derrumbe que hace poco más de un año se llevó la vida de tres niñas
hace 1 día ADN Cuba Homenaje el día que cumpliría 12 años a una de las niñas víctimas del derrumbe
 

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Hace un año y tres días Lisnavy Valdés Rodríguez soplaba con fuerza la que sería su última vela de cumpleaños. Hace un año y tres días pedía que su mamá le pudiera comprar esa Barbie que vendían en la TRD de la esquina de su casa, y que Yunieski la invitara al cine.

Esos eran los deseos de una niña que cada día despertaba la alegría en una casa en la que no había muchas razones para sonreír. Cinco meses después de esa fiesta a Alipio (obrero del Micons) le faltaban tres metros de cinta amarilla para cerrar totalmente el acceso al edificio que estaba a punto de derrumbarse.

… 

Eran las cinco de la tarde y Alipio no había ni desayunado, ni almorzado y ni siquiera sabía si iba a comer ese día. Le faltaban tres metros de cinta amarilla, le quedaban 20 minutos de jornada laboral y 10 pesos en el bolsillo derecho de su pantalón de trabajo. Sabía que con esa suma podía comerse una pizza de queso -y satisfacer a su estómago que gruñía de solo imaginar la posibilidad de recibir algo caliente que no fuera café- o pagar un carro hasta la esquina de su casa y darle descanso a sus piernas, que también temblaban por falta de alimento.

Ese mismo día, Daniel, el jefe de Alipio, había recibido una llamada de su mujer. Su suegra estaba muy mal y si no le ponían su medicamento igual no pasaba de esa noche. Daniel sabía que el medicamento estaba en falta, pero su socio de la primaria, Pupi, se lo conseguía por 20 CUC. A Pupi se lo conseguía una jevita que tenía, que trabajaba en la farmacia internacional y lo “luchaba” con su jefa. Pero a Pupi había que verlo antes de las cinco porque ya después se complicaba “la distribución” del “producto” y ya eran casi las tres. 

Sólo en conseguir llegar desde Centro Habana a Playa se podía meter fácil una hora. ¡Tenía que salir ya! Cogió su maletín y le gritó a Rosa (su secretaria): - Si me llama alguien estoy en una reunión en el Partido Provincial- y se dirigió hacia el ascensor. De pronto se acordó que hacía dos meses que no funcionaba y se dispuso a bajar los cinco pisos por la escalera.

Rosa, una cuarentona que todavía estaba de muy buen ver, le hizo un gesto de asentimiento sin levantar la vista de la lima de uñas (o lo que quedaba de ella) con la que se enfrascaba en salvar la única uña que le quedaba larga y con pintura desde que el domingo pasado tuviese que lavar toda la ropa a mano porque el apagón duró como ocho horas y su hijo no tenía ni un uniforme limpio que llevarse a la beca. Su hijo tenía 13 años y estaba becado en la vocacional. Rosa vivía orgullosa de él. Le había salido muy bueno el muchacho.

Alipio, el obrero, había ido a su camión a buscar más cinta amarilla mientras Daniel, su jefe, corría escaleras abajo a la caza de Pupi para conseguir la medicina que le podría alargar a su suegra la vida unos días. Ya Pupi le había dicho que lo esperaba en el parque de siempre, pero que no se demorara que la cosa estaba mala. Mientras tanto Lisnavy, la niña que unos meses atrás celebraba sus 12 años sin saber que sería su última fiesta, ensayaba el desfile por la celebración del aniversario del natalicio o la muerte de José Martí. A Lisnavy todos esos actos le parecían iguales: largos, aburridos y con mucho sol. Lo único que le gustaba era que en la esquina del parque vendían helados y su mamá le había dado dinero para comprar dos helados después del ensayo.

Alipio llamó a Daniel porque para cerrar el área necesitaba abrir un rollo de cinta nueva y esos rollos estaban súper controlados. Se compraban en dólares fuera del país y para abrir cada uno necesitaba la autorización de su superior. Rosa contestó el teléfono y con desgana le dijo que Daniel había salido a no sé dónde (palabras textuales), que lo llamara al celular.

Alipio, que ya se había gastado más megas de lo que podía en esa llamada, se preguntó que pasaría si abriera un rollo de cinta amarilla sin permiso y él mismo se respondió que se iba a meter en un lío grande con reunión incluida. Total, ya solo faltaban cinco minutos para acabar su jornada laboral y ese edificio no se iba a caer ese día precisamente. Mientras se debatía entre el cansancio y la conciencia, un grito lo sacó de su diatriba: “Pizzaaa calienteeeee”.

En el parque la maestra daba por concluido el ensayo y Lisnavy corría hacia la casa donde vendían helado mientras gritaba: -Mami, voy a comprar helado. En ese momento su madre sintió que algo se rompía, en ese momento Daniel lograba agarrar una máquina que lo iba a llevar al encuentro con Pupito, en ese instante Alipio mordía la pizza de queso y pensaba que se le había olvidado cómo sabía una pizza de queso de verdad, de las de antes.

Al mismo tiempo, Rosa daba por perdida su uña sobreviviente y el balcón que quedaba justo sobre la casa donde vendían los helados dejaba caer una línea de polvo casi imperceptible, un pequeño gemido como el que emite un enfermo que lo ha sido por demasiado tiempo y está a punto de decir adiós. 

Lisnavy saboreaba su helado de fresa y se reía porque a su amiguita le había dado la punzada del guajiro en el instante en que el balcón decidió rendirse en su esfuerzo por mantener la forma. El estruendo detuvo el tiempo. Alipio lo supo enseguida. La madre de Lisnavy no lo quiso saber. Daniel llegó a la cita justo para ver como apresaban a Pupi. En casa de Rosa volvieron a quitar la luz.

Hoy hace un año y tres días de que Lisnavy celebrase su último cumpleaños y todavía nadie ha pagado por su muerte. El balcón ya no existe, los escombros fueron retirados, ya ni siquiera venden helados en esa casa.

Pero en la acera, una pequeña mancha oscura recuerda a los transeúntes que allí murieron tres niñas y que una de ellas hace un año y tres días soplaba por última vez su vela de cumpleaños.

Gusanito Pérez o el artista antes conocido como Roberto San Martín

Escrito por Roberto San Martín

Roberto San Martín (La Habana, Cuba, 1976) es un exitoso actor cubano, ha conquistado el cine, la televisión y las redes sociales. Nació en el seno de una familia de artistas: su madre es la actriz Susana Pérez y su padre el escritor y director de cine y televisión Roberto A. San Martín. A través de las redes ha ganado un importante espacio como comunicador y activista político, con programa y voz propia, para luchar por la libertad y la democratización de la tierra que le vio nacer (Cuba).