¿Un Fidel ambientalista?

¿Fue Fidel Castro un ambientalista? 60 años después, en Cuba no tenemos ni arroz de la Ciénaga, ni limones de la Isla de la Juventud, ni café del Cordón de La Habana, ni agua dulce en los acuíferos costeros
 

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Los epígonos de Fidel Castro, muy oportunamente, han aprovechado los recientes incendios que sufre la Amazonía, para traer una vez más a la palestra pública aquella famosa intervención del líder cubano en la Cumbre de Río en 1992.

Más allá del obvio oportunismo y manipulación de los sostenedores del statu quo en Cuba, quisiera aportar en sentido contrario algunos elementos de contraste, que nos permitan hacer una evaluación un poco más equilibrada y coherente, en torno a los aportes del estadista cubano a la temática medioambiental.

Ciertamente, es indiscutible la postura de Fidel al identificar al capitalismo y el modelo de sociedad de consumo que este impone, como elementos básicos promotores de la depredación ambiental a nivel global. Uno puede estar de acuerdo o no con esa idea (que yo comparto), pero ello no debería conducirnos a otorgarle al extinto presidente cubano la paternidad de la misma, ni de los otros elementos que expuso en su intervención en la cumbre brasileña.

No olvidemos que corría el año 1992, momento en que Fidel reconoce que “Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo”. El egocentrismo de Fidel le impedía aceptar que su momento de toma de conciencia no tenía que corresponderse con el momento de toma de conciencia del resto del mundo.

Lo que Fidel dijo en Río se sabía hace décadas, y eso hace que sea aún más visible la incoherencia entre su preocupación por los problemas ambientales, y las políticas y proyectos de todo tipo (silviculturales, agropecuarios, hidráulicos, etc.) que impulsó durante décadas en la isla, los cuales rebelaban un entusiasmo irresponsable por tecnologías y modos productivos provenientes del mundo globalizado, y desconocían prácticas de menor impacto.

Por solo citar un caso, en 1968 Fidel ordenó que se arrasara con los terrenos alrededor de la capital cubana, en un megaproyecto conocido como El Cordón de La Habana, para sembrar 19 mil hectáreas de café para consumo nacional y para la exportación. La idea fracasó pues las plantas de café no progresaban debido a la plantación paralela de gandul, otra planta de crecimiento extremamente rápido destinada a dar sombra, pero que absorbía todo el oxígeno de la tierra y mataba al cafeto.

Mientras, el líder se dedicaba a estos experimentos desarrollistas, ese mismo año se fundaba el Club de Roma, que encargó al Instituto Tecnológico de Massachusetts una investigación para encontrar soluciones a los problemas del desarrollo, y que en 1972 produjo el informe “Los límites del crecimiento”, que indicaba los peligros ecológicos del crecimiento económico.

No obstante a ello, el modelo de desarrollo cubano siguió el paradigma desarrollista del bloque comunista de Europa del Este y de los mismos EEUU: extendió los monocultivos, impulsó el modelo de desarrollo agropecuario de Revolución Verde, y no buscó modelos realmente alternativos, que existían y existen desperdigados por el mundo.

Desde el mismo inicio, en 1959, Fidel comenzó con la desecación de la Ciénaga de Zapata, el mayor humedal del Caribe insular, con la idea de crear canales artificiales de drenaje para facilitar la evacuación de las tierras anegadas y poder aprovecharlas como tierras de cultivo. Al año siguiente anunció un plan de desecación de 61 mil hectáreas en el lugar, para convertirlas en una reserva de arroz para toda Cuba y el granero regional. Todo el plan fracasó en parte porque los expertos advirtieron los daños ambientales a los ecosistemas del humedal, así como los riesgos de incendios forestales por autocombustión, tras la disminución de los niveles de agua y el aumento de las temperaturas en el suelo. No obstante, las afectaciones al humedal fueron irreversibles.

El impacto ambiental de la industria azucarera cubana está muy bien documentado incluso antes del triunfo revolucionario. No obstante, la tristemente célebre Zafra de los 10 millones de 1970 fue implementada no solo para convertirse en el fiasco más estrepitoso y visible entre todos los planes voluntaristas de Fidel, sino para afianzar aún más el carácter monoproductor de la economía cubana, causante de severos daños al suelo de la isla.

 

 

Pero si alguna política tuvo un impacto profundo en los ecosistemas de todo el país, fue aquella funesta iniciativa conocida como Voluntad Hidráulica, iniciada por Fidel Castro en 1962. Digo funesta, no por las intenciones de proveer a la población, la agricultura y la industria de suficiente agua, sino por la mirada festinada y a corto plazo que tenía el entonces Primer Ministro cubano sobre el tema, con la que aceleró los procesos de desertificación costeros y la salinización del manto freático en buena parte de la línea costera a nivel nacional.

“Construir obras hidráulicas – decía en 1963 – hasta el día en que aquí no se escape al mar una gota. ¡El Mar no podrá contar con una sola gota de agua dulce que caiga aquí en la tierra del país! ¡Tenemos que llegar al día en el que no perdamos una gota!”. Y en 1964 seguía:

“Y que ojalá que para esa fecha haya por lo menos un río cortado, un río menos para inundar nuestras tierras y arrancar vidas de nuestros compatriotas, y que cada año sean más y más los que ustedes represen, hasta que no quede ni un arroyito sin represar, hasta que no se cumpla el propósito de que ni una sola gota de agua se vaya al mar, que esa es la gran meta de esta organización, ese es el objetivo final”.

Y un poco más delante decía: “porque aquí hablamos de que cuando hayamos terminado de represar todos los ríos y utilizar todo nuestro manto freático, habremos llegado a un 20% de las tierras; entonces después nos pondremos a inventar cómo regar también el 80% de las tierras restantes”.

¿Hace falta agregar algún comentario?

Era alucinante aquella mentalidad desarrollista, que trajo como consecuencia la construcción de innumerables represas que impedían la llegada de los ríos al mar, con los subsecuentes efectos sobre la vegetación y fauna presa abajo, sobre los acuíferos costeros y su salinización, y también sobre la vegetación y fauna marina en nuestra plataforma. Hoy existen casi 1000 embalses y micropresas en el país.

Uno de los casos más funestos fue lo sucedido con la cuenca del río Cauto, el más caudaloso del país. Decía Fidel en 1964: “Creo que no debemos parar hasta que no hagamos una represita en el último arroyito de toda aquella región”, refiriéndose a la cuenca del Cauto.

Tiempo después lo que se logró allí fueron “aguas fuertemente contaminadas y salinizadas, riberas deforestadas, suelos erosionados y extensos páramos salinos”, según palabras de Eudel Cepero. La deforestación condujo a un aumento del índice de evaporación y la aceleración de erosión de las riveras. Las aguas llegaron a salinizarse a 62 Km antes de llegar a la desembocadura, y “para colmo, en su curso final, el río corre al revés, pues el gasto natural debe ser de cinco metros cúbicos por segundo, y dado el represamiento es solo de dos”, nos cuenta Cepero.

Podemos seguir enunciando ejemplos: el plan citrícola de la Isla de la Juventud a finales de los 70 (que después pasó a Matanzas y hace décadas son un desastre ejemplo de los efectos devastadores de los monocultivos); la introducción de los búfalos de agua en los 80; el plan de desarrollo de la Cuenca Lechera; la introducción de la claria en los ecosistemas cubanos; los ruidosos Grupos Electrógenos esparciendo contaminación sonora al interior de las comunidades; el desarrollo de la industria turística con pedraplenes incluidos; etc.

Con la crisis de los 90, hubo una “rectificación superficial” del modelo, con la promoción circunstancial de la agricultura sobre bases ecológicas en áreas urbanas y suburbanas, pero ello ya ha sido “superado” para retornar a la lógica intensivista.

Frases de Fidel como “revolución contra las fuerzas de la naturaleza” son parte de esa estructura de pensamiento que concibe a la naturaleza como algo externo, y fuente de riqueza inagotable, algo que muchos ya sabemos que no es cierto, pero que ha sido heredada por quienes hoy siguen su ideario.

Para colmos, después de seis décadas, en Cuba no tenemos ni arroz de la Ciénaga, ni leche de búfalo, ni azúcar de 10 millones, ni limones de la Isla de la Juventud, ni lechuga de la agricultura urbana, ni café del Cordón de La Habana, ni agua dulce en nuestros acuíferos costeros. De manera que resulta cuando menos hipócrita que, ante los horrorosos incendios amazónicos, algunos vengan a vendernos a aquel que institucionalizó y sistematizó la depredación ambiental en Cuba.


​​​​​​​*Este es un artículo de opinión. Los criterios que contiene son responsabilidad exclusiva de su autor, y no representan necesariamente la opinión editorial de ADN CUBA.

Escrito por Isbel Díaz Torres

Isbel Díaz Torres (Pinar del Río, Cuba - 1976). Graduado de Biología en la Universidad de La Habana. Escritor y poeta. Analista, activista social y defensor de Derechos Humanos en áreas como Medioambiente y comunidad LGBTIQ. Fundador de organizaciones y colectivos autónomos en Cuba como Guardabosques, Proyecto Arcoíris, Observatorio Crítico, y Taller Libertario Alfredo López. Coordinador del Centro Social ABRA.

 

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