Maykel Brown, el rey de la calle Amargura

Francisco Correa nos habla de Maykel Brown y los recuerdos que quedan de él en la calle Amargura, de la que se hizo rey y líder apreciado pese a delinquir
Calle Amargura. Foto: Ecured
 

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Así lo llamaban en La Habana Vieja. Desde los niños hasta los viejos lo reverenciaban. Su primo Charly por estos días honra su recuerdo, junto a vecinos del solar donde vivió el mecenas.

Charly cuenta:

“Decidí emigrar a La Habana en el 93, huyendo del periodo especial que cayó peor sobre Guantánamo. Pensaba en meterme en un contingente, de los que hacían hoteles de turismo, pero cuando llegué a la gerencia para el contrato no me aceptaron por no tener el cambio de dirección de La Habana”.

“Sin dinero para volver a Guantánamo me fui a la calle Amargura, en La Habana Vieja, donde vivía mi primo Maykel, que me dejó dormir en la sala aquella noche y al otro día me dio un trabajo: cuidar cajas de tabacos.
 
“Las guardaba bajo la escalera del solar, enmascaradas entre los escombros. Cuando Maykel aparecía con un turista la sacaba del escondrijo. Por cada caja que cuidara tenía 1 CUC.

“Esa noche mi primo me enseñó la paladar de Picota, donde cocinaban bien y podía comer. También me consiguió un alquiler, en otro solar. Me instruyó sobre la complejidad de La Habana y la policía, con su asedio. Recuerdo que pregunté: ¿qué cosa era el cambio de dirección? Y me dijo: Un trabalenguas, que solo se descifra con dinero”.

Maykel enseñó a Charly cómo armar una caja de tabacos, que era el negocio grande. Cohíba, Montecristo, Prominentes, los tabacos más buscados. 

“Primero hay que comprar las cajas y después los tabacos, a los trabajadores en la fábrica del estado. Después comprar los anillos, los sellos y los timbres de calidad. Luego se arma la caja, se sella y se lacra, queda igual que las del estado, pero con mejor precio”.

“Llegué a La Habana con la fiebre del turismo”, continuó relatando Maykel. “Mis primeros 20 dólares lo invertí en una bicicleta, que después me reportó miles. Mi primer trabajo fue transportista, que es llevar los pedidos de cajas. Una labor realizada comúnmente a pie, que yo aventajé en bicicleta y me adueñé del mercado. Después comencé a armar cajas. Supe guardar dinero. Me hice el cambio de dirección. Compré un apartamento en el solar. Lo amueblé. Don tabaco me dio eso”. 

“El alquiler que me consiguió Maykel era en un tercer piso, de solar en ruinas de la calle Cuba, a punto de irse abajo”. Charly siguió allí por unos meses más, cuidando cajas bajo la escalera y dice que llegaba a hacer 20 dólares al día, que se le iba en el alquiler y comida. 

“No tenía ni siquiera una sábana, tenía que comprar de todo. Me fui a trabajar a una pizzería particular, me casé con la hija de la dueña, ahí me salvé. Maykel dejó el tabaco y después supe que se había metido en la caliente, donde como siempre sucedía, triunfó y se hizo dueño del negocio. Acondicionó el apartamento del solar como un castillo. Tenía en la calle casi siempre un auto alquilado”.

“Lo visité un año antes que explotara. Comparé el gran contraste de la pobreza y ruinas del solar con el palacio de Maykel y sus camas de agua, el piso de granito azul y cortinas por todos lados. Me llevó a una nevera, me invitó a una cerveza. Casi ni pudimos hablar de la familia, porque a cada minuto llegaba algún famoso reguetonero o salsero en oleadas apurados para sus conciertos a buscar lo de Maykel, que los atendía en su cuarto”.

“No me habló de su negocio, solo me dijo: esta gente no puede parar, ni yo tampoco con su dinero. Luego supe la noticia del operativo, donde fue detenido, encarcelado, decomisados todos sus bienes y condenado a 30 años en una prisión de Pinar del Rio”.

“Su esposa la china, y todos en el solar lo recuerdan con cariño”, rememora Charly: “Un rey en los negocios, al que el dinero le fluía en las manos como un manantial. Ayudó a muchas familias pobres del barrio. Celebró fiestas de 15 a muchachas que llegaban a la adultez de padres sin recursos. Pagó una instalación eléctrica nueva para el solar, cambió todas las conexiones del agua en el edificio y apuntaló la escalera, que era un peligro. Todo el que cayó enfermo durante su reinado, tuvo siempre en Maykel un amigo”. 

Caterina, su vecina de los altos, dice que hombres como ese se ven pocas veces en la vida. 

“Respeto y hombría”, exalta Caterina entusiasmada. “Ese era Maykel”.

Su esposa la china recuerda que Maykel era tan bueno, que no pudieron probarle nada en el registro.

“Por eso le sembraron la evidencia. Y nada menos que encima de la mesa de la sala”, ironiza la china. “Un procedimiento burdo de inculpación. Lo condenaron sin hallar nunca una prueba del delito”.

Maykel Brown murió en la prisión de Pinar del Rio, de tuberculosis. Su hermano Pi contó que, en el juicio, cuando el fiscal pidió los 30 años, Maykel se levantó y le pidió al tribunal la pena de muerte, pero no le fue concedida.

“Un negro de seis pies, todo músculos, como era Maykel, cuando lo fuimos a enterrar no pesaba 40 libras”.