Jaimanitas, un pueblo de rostros escondidos

Francisco Correa nos presenta a otros dos personajes de Jaimanitas, ese pueblo "surrealista", como él lo define, a quienes el uso del nasobuco ha hecho felices
Cubano con nasobuco
 

Reproduce este artículo

Continuando su historia de pueblo surrealista, Jaimanitas por estos días muestra personajes felices con el nasobuco.

Fidelito y Elisa, tras esta prenda que disminuye el riesgo de contagio del coronavirus, esconden las evidencias de sus deliriums tremens. Fidelito es alcohólico, trabajador y respetuoso, siempre dispuesto a ayudar a los vecinos. Sobrevive limpiando patios, botando basura y pintando casas. A media tarde, cuando termina su labor, se da un baño y va hasta casa de Crispín a comprar una botella de alcohol.

En el camino de regreso a su casa, con el segundo trago, se convierte en el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Y va repitiendo a viva voz por la calle sus discursos, andar bamboleante, con la botella alzada como un fusil, modulando la voz en do de pecho: “¡Estamos en el momento decisivo…! ¡Somos hoy más fuertes que nunca…!”.

Luego que murió Fidel, el borrachito hizo mutis. Dijo que no le gustaban las frases de Raúl. Lo del vasito de leche… la lucha contra el marabú….

“¡Estoy enfrentando a un imperio…!”, contestaba airado, cuando le pedían en la calle que tirara un discurso.

Siguió limpiando patios, botando basura y emborrachándose, en silencio. Hasta que llegó el coronavirus y tuvo que ponerse el nasobuco.

“Que es una bendición”, reconoce Fidelito. “Porque con el nasobuco nadie ve que estoy tirando discursos, que por cierto, ya no pueden ser en alta voz porque eso de que Revolución es cambiar todo lo que tiene que ser cambiado, no resulta una frase muy conveniente ahora. Y muchas otras frases que dije, a mí me parecen ahora inoportunas y no sea que me carguen, con todo lo Comandante en jefe que soy”.

Elisa se pasea por el pueblo oronda con el nasobuco. Padece de esquizofrenia compulsiva, pero esta medicada y según el doctor Ramírez, su siquiatra, se comporta dentro de los parámetros exigidos en la enfermedad.

Elisa fue una mujer muy hermosa, codiciada en el pueblo, sociable, divertida.

Siendo todavía joven sufrió un trauma degenerativo y enloqueció. Fue tratada por varios siquiatras y en dos ocasiones ingresada en el hospital de Mazorra. En la última apreciación sobre su caso, el equipo médico convino que era la falta de la dentadura el móvil de sus recaídas. Ahora con el nasobuco, Elisa habla y ríe sin parar.

“Soy la Elisa de antes. A este virus hay que verle la cara buena”, dice.

En octubre de 2019, Elisa fue detenida por un auto patrullero, y trasladada a la estación de policía, al ser sorprendida de madrugada buceando en los latones de basura. En aquella ocasión no la multaron, porque su hermana presentó un certificado médico constatando su desequilibrio, pero fue severamente advertida por el capitán de que no reincidiera en el hecho.

“Están haciendo contrarrevolución con los latones de basura. Es mejor que te aparte de ellos. Los tenemos vigilados”. “¿Contrarrevolución yo?”, dice Elisa, que dio un brinco en la silla. “¡Le juro que no me acerco nunca más en mi vida a un latón de basura! ¡Se lo juro! ¡Por Fidel Castro!”.

De madrugada y dueña de las calles, Elisa va volteando a su paso los latones de basura y esparciendo la inmundicia. Para ella todo sirve. Es un tesoro cualquier artilugio.

“Con el nasobuco nadie me reconoce”, sonríe. “No saben que soy Elisa”.

Tags
 

Relacionados