Expulsada de su casa por sus ideas políticas

 

Olaida del Castillo lleva más de seis años durmiendo donde puede. Ahora lo hace en un cubículo de un círculo infantil convertido en albergue.

El albergue está ubicado en 21 y 80, municipio Playa, y es habitado mayormente por damnificados del tornado que azotó varios municipios de la capital a finales de enero.

Pero Olaida no está allí debido a las inclemencias del tiempo, sino a las inclemencias de un sistema político que ha dividido a miles de familias cubanas a lo largo de los últimos 60 años.

Tras la muerte de su madre, Olaida fue expulsada de su casa por uno de sus hermanos. Ella asegura que el hermano “es del DTI (una cuerpo policial adscrito al Ministerio del Interior) y no toleraba mis ideas sobre este gobierno”.

A Olaida le asignaron un local en el albergue antes mencionado, y el único mobiliario del pequeño cubículo que habita consiste en una litera doble, sin colchón, y una pequeña meseta en una esquina.

Para una persona como ella, sin vínculo laboral –en Cuba las instituciones estatales no dan trabajo a los miembros de la oposición—, no ha sido posible en seis años adquirir el mobiliario mínimo para hacer de su cubículo un espacio habitable. Y a pesar de que ha pedido ayuda en diferentes instancias del gobierno, solo ha recibido el silencio como respuesta.

 

El edificio del antiguo círculo infantil no cumple con las normas higiénicas: una fosa despide un intenso mal olor que invade todo el espacio y penetra por las ventanillas de aluminio torcidas del inmueble.

Un busto de Martí manchado y una tubería de agua con salidero reciben a los visitantes a la entrada del albergue.

Los demás inquilinos, tal vez temerosos de perder el único techo que tienen tras el paso del tornado, miran la cámara de ADN CUBA con recelo y hacen llamadas telefónicas disimuladas.

A casi seis meses del paso del tornado— que derrumbó 804 casas en La habana y dejó unas 10 mil personas desplazadas —, la situación de los albergados sigue a la espera de una solución permanente.

Loa albergados reciben una cajita con comida tres veces al día, pero Olaida cuestiona la calidad: es una comida cocinada solo con sal, y llega fría pues la busca el administrador en una pequeña moto.

Al notar la presencia de prensa, el administrador nos mira con cara de pocos amigos. “Que no te vean filmando —dice Olaida temerosa—. Podrían quitarme este local”.

Todo el mundo en Cuba teme perder lo poco que le queda.