“Encogimiento” del pescado, lo último en surrealismo cubano

Cien años después de creado el movimiento artístico, el “encogimiento” del pescado ante los ojos estupefactos de los clientes, viene a ser la expresión más alta del surrealismo cubano en este 2020 donde los ciudadanos desesperan por encontrar comida
Funcionarios castristas se reúnen para organizar cola en pescadería. Foto: del autor
 

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Cuba no deja de superarse en surrealismo, con situaciones y escenas propias de ese movimiento creado en 1920 por un grupo de artistas, que adoptaron el automatismo y el subconsciente como sus principios de creación. Porque el automatismo en el pueblo por estos días se ha disparado y quien impera es el subconsciente, manifestado en las aglomeraciones de público en busca del sustento.

Dalí multiplicado en rostros derretidos que no pueden acceder a las ofertas. Miles de Breton, Max Ernest, Man Ray, Joan Miró, Yves Tanguy por toda la isla, volviendo a sus casas con las manos vacías, hombres mecánicos derrotados, sueños perdidos en siluetas volátiles.

Cien años después de creado el movimiento, el “encogimiento” del pescado ante los ojos estupefactos de los clientes, viene a ser la expresión más alta del surrealismo cubano en este 2020.

La fila para comprar inicia a una distancia prudencial para mantener despejada la entrada de una pescadería en Jaimanitas (La Habana). Una joven llamada Leidys, madre del pequeño Brando, no tiene turno, pero dice que se anotó en la “lista de fallos”, controlada por Mayra, la representante de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

“Solo compran 50 turnos por día”, añade Leidys. “Ya todos los turnos están dados hasta dentro de dos días, cuando termina la venta de pescado. Estoy anotada a ver si falla alguien”.

Con Mayra controlan la lista otros “factores” del Consejo Popular: Armando el político, con una gorra de los New York Yankees, Nidia la ideológica, que sale al paso a los inconformes y sus dudas, y un capitán de la Policía Nacional Revolucionaria.

El oficial viste un uniforme desteñido y su semblante luce cansado. A las doce del mediodía le traen una cajita de comida, la devora a la sombra de un tamarindo, luego regresa limpiándose la boca con las manos.

En la cola hay malestar, por el sol y la espera. Algunas personas llevan varios días viniendo sin que les toque el turno. Enrique Fundichely, alias “Tigre”, llega y pide anotarse. La gente se ríe, le dicen que todos los turnos están dados, incluso en la lista de fallos.

Tigre es un artista frustrado. De niño quiso ser Dalí, Picasso, y terminó de ayudante en el taller del pintor Alberto Sosabravo. Con la pandemia Tigre quedó desempleado, y de fiero felino no le queda nada: es un cordero más en el rebaño y sin posibilidad de comprar. Se queda en la cola, protestando:

“¡Increíble! ¡En un pueblo de pescadores! Recuerdo cuando niño que comer pescado repugnaba. ¡Ahora hay que dormir varias noches aquí para comprarlo!”.

La fila se calienta. Se envalentona la gente y comienza a protestar. Picúa, hijo del legendario pescador Pejediente, lleva tres días haciendo fila y sueña con un pargo asado para estos días festivos, ya que no alcanzó a comprar carne de puerco. Dice en voz alta Picúa: “Seguro Canel y Murillo tienen los freezers repletos, no solo de pescado, también langosta, carne de res, queso, yogurt…”

Los “factores” del Consejo miran hacia la cola, buscando quien ha hablado. En ese momento una anciana con la cabeza cubierta por un pañuelo floreado, grita: “¡Hoy yo tengo que comer pescado!”.

La ideológica del Consejo apela al capitán: “El que se ponga malcriado va para la estación de Siboney”. El policía se acerca al grupo, pero la gente no se intimida y siguen protestando por la pésima organización que han tenido las “ofertas” del régimen para el fin de año, al concentrar la venta en un solo punto, en vez de diseminarla en varios establecimientos para que la gente compre rápido.

“Es que los del gobierno tienen la cabeza en las nubes. Yo no sé en qué escuela estudiaron”, manifiesta otra anciana, que también lleva varios días en la cola del pescado.

Picúa, tras el nasobuco, espera que obre un milagro para su pargo asado y el Tigre agrega: “Hemos sobrevividos estos 60 años de milagro en milagro”.

Es entonces que el capitán suelta el monólogo que deja boquiabiertos a todos, en el singular tono de las personas ebrias, o locas, o tal vez un tipo de surrealismo particular de la policía cubana, un asunto por estudiar:

“Lo que ustedes ven aquí, estos productos que el gobierno está ofertando para fin de año, es gracias a nuestro presidente, a nuestro Partido, a nuestra Revolución. En ninguna otra parte del mundo se hace esto: repartirle comida a la gente. Ni en Estados Unidos, ni en Francia, donde tanta gente está muriendo por el virus y aquí en Cuba no te cuesta nada. Si ahora mismo yo, tú o tú, nos caemos aquí, todos corren a salvarnos, gratis. Resistiremos y venceremos, porque así lo ha dicho nuestro Comandante en Jefe. Y si muero ahora mismo de un infarto, cuando nazca volveré a ser policía. Matan a un policía y salen cien. Y lo mejor de todo es que la juventud nos apoya, el futuro está asegurado. ¿Quién va a seguir a ese de San Isidro que salió en cueros en 23 y L?”.

Pero en eso llega el camión del pescado y el capitán detiene el discurso, corre junto a los “factores” a organizar la cola. Picúa y el Tigre se ríen detrás de la mascarilla. Comprenden que con una persona así el diálogo es imposible y se van con el grupo a ver cuántas cajas de pescado bajan y sobre todo de qué clase, porque la anatomía del pescado al pasar de los días se ha ido encogiendo: primero trajeron pargo, luego albacora, después biajaibas… ¿Y ahora?

“¿Mojarras? ¿Eso que mi hijo cogía de carnada?”, dice Basilia, madre de un marinero al que apodan el Ñato, que ahora vive en Miami.

“¡Lo que sea!”, grita la anciana del pañuelo floreado. ¡Sardina… manjúa… alevín! ¡Pero hoy yo tengo que comer pescado!”.