El triste fin de la naranja agria

A Beny en su cumpleaños le faltaban muchas cosas, pero él solo quería una naranja agria, más difícil de conseguir en La Habana que la carne
Carretillero de productos agrícolas en Jaimanitas. Foto: Cortesía del autor
 

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A Beny en su cumpleaños le faltaban muchas cosas. No mencionaremos las inmateriales, como la libertad, un entorno en democracia y firmes perspectivas de futuro. Le faltaban cosas prácticas: un pedazo de cerdo, frijoles y yuca, para que su esposa hiciera una comida criolla, como todos los años.

Un premio en la bolita permitió comprar un lomo chiquito, que le costó mil pesos, y un arranque de ira al ver marcharse las dos terceras partes del dinero. Luego encontró frijoles negros en la carretilla de Tito, a setenta pesos, dos cabezas de ajo y tres libras de tomates que terminaron de esfumar su presupuesto.

Bien, dijo Beny, y armó el horno en el jardín con unas piedras y una parrilla inventada con pedazos de acero. Cuando su esposa fue a sazonar la carne vieron que faltaba la naranja agria, el principal aderezo.

“Y hay que buscarla, porque sin naranja agria el asado no queda en su punto”. La esposa presumía ser experta en culinaria y dijo que era totalmente insustituible.

Beny regresó a la carretilla de Tito, por naranja agria. El carretillero se echó a reír:

“¿Naranja agria? Eso no lo hay ni en los centros espirituales. Hubo un tiempo que a mí me llamaban el Rey del ácido en Jaimanitas, por un contacto que tenía en Alquízar que siempre me suministraba, pero con la pandemia y ahora con el ordenamiento, han borrado la naranja agria hasta de los recuerdos”, dijo el carretillero, que solo ofertaba tomates en su armatoste con ruedas. “No hay un limón, ni una lima, ni una toronja, ni vinagre… nada”.

Beny no se dio por vencido. Recorrió el pueblo, buscando algún vecino que tuviera una mata y le regalara una naranja, pero no encontró ninguna. Todas habían desaparecido, como por arte de magia.

Luisón, que vende productos del agro a escondidas en la sala de su casa, le dijo que antes del ordenamiento les compraba el ácido a los camioneros de Artemisa.

“Y creo que hasta por allá se ha perdido. Ahora solo me traen plátanos burros y colorante para comida, que parece más aserrín”.

Cuando Beny le preguntó si tenía aunque fuera una sola naranja agria, Luisón soltó una exclamación de asombro: “Eso es una palabra. Camina por ahí a ver si hallas alguna de verdad”.

Beny fue preguntando casa por casa si tenían al menos una y la gente lo miraba como a un aparecido, negaban con la cabeza y lo compadecían en su empeño.

Regresaba a su casa derrotado cuando vio cerca de la carretilla de Tito a Joaquín Bustamante, disertando a un pequeño auditorio de varios ciudadanos, sobre el coronavirus y su rebrote de los últimos días, que ha terminado con la “nueva normalidad”.

Joaquín explicaba el por qué, a su juicio, en Cuba la gente no moría de coronavirus en masa, como en otros países.

“Aquí es en micro dosis… ¿Saben por qué? Por la alimentación que hemos tenido en los últimos años que es casi como un antídoto: el pan con aceite y ajo, el picadillo de soya, el pollo después de meterse una cola tremenda, que te inmuniza, te hace un hombre de hierro, pero sobre todo por la naranja agria, el aderezo fundamental de la comida criolla tradicional, que parece que su ácido contrarresta el nivel alcalino del virus”.

Beny prestó atención al discurso del Bustamante. Y aunque el estilo de Joaquín es cargar de sarcasmos sus alocuciones surrealistas, salpica sus “análisis” con alguna opinión acertada sobre la realidad.

“El país está rompiendo todos los días su récord de contagios. La pandemia al gobierno se le fue de las manos. Lo duro es que la naranja agria vino a perderse en el momento exacto en que más Cuba la necesita, no hay, la única mata que queda en el pueblo es esa”, señaló un patio enfrente, donde una hermosa mata de naranja se alzaba florecida. Dos frutos asomaban entre el ramaje.

Joaquín expresó con solemnidad: “Ese es el museo de la naranja agria. Por el día la cuida un perro. Por la noche activan una tecnología de punta, con alarmas de censores de calor y movimiento, para preservarla”.

“Miren a ese infeliz”, se volvió Joaquín, señalando hacia el Beny.

“Desde el mediodía anda loco buscando una naranja agria para completar su proyecto de cumpleaños feliz y no la consigue. Aunque estoy seguro que al final se comerá la carne como sea”.