Suite Habana: un documento maestro sobre La Habana profunda


Suite Habana, sin temor a exagerar, es una obra maestra del cine cubano. En esta cinta, que bien vale recordar ahora cuando quieren mostrar una Habana moderna y restaurada  tras cuya imagen se esconde la ciudad profunda, la de las contradicciones, conflictos y necesidades de los sectores más humildes, Fernando Pérez, su director, se adentra en las zonas más crudas e inhóspitas de la ciudad a partir del retrato personal de la vida de cubanos de distintas generaciones que luchan por sobrevivir en la dureza de una sociedad que los envuelve y que llega, por momentos,  a asfixiarlos.

Este filme es un certero ejemplo de la honestidad creativa a la que nos tiene acostumbrados Fernando Pérez, un director que no ha caído en la trampa inerte de  las concesiones y siempre ha sido muy fiel a lo que piensa y al sentido transformador que le otorga al cine, ratificado en una cinematografía de alto vuelo con filmes de gran impacto entre los espectadores como La vida es silbar, Madagascar o Clandestinos. 

Con Suite Habana, estrenada en 2003, Fernando retrata a personas representativas de la ciudad en diversos oficios y profesiones, desde obreros, profesores, y un joven que aspira que a triunfar en el mundo del ballet. Pero ahí, en el transcurso de la trama, destaca una imagen que conmueve y sobrecoge. Una anciana de más de 70 años que se dedica a vender maní en una esquina de La Habana Vieja. En su mirada, agotada, vacía como un valle ensombrecido, se percibe que a su edad solo le queda recurrir a esa opción para sostenerse y ganar un poco de dinero para adquirir productos evidentemente mínimos. 

La imagen de esta anciana, que pudiera ser un familiar cercano, la abuela de cualquier hijo de vecino, una querida vecina con la que compartimos los días aciagos en un barrio humilde de la capital, nos provoca mil preguntas que en nuestra agitada vida cotidiana quizá no nos sentemos a respondernos: ¿Cómo hemos llegado hasta ahí? ¿Por qué esta mujer, después posiblemente de una vida consagrada al trabajo y a la llamada revolución, solo le queda la única carta de salir a la calle, con el peso de la edad sobre los huesos, para ganarse la vida como vendedora ambulante, una labor, que por demás puede ser penada por la ley. 

 

 

Pero concentremos en la imagen. La señora solo se dedica en el filme a representar su vida, sus esfuerzos, y lo hace con la convicción de que ha naturalizado a fuerza de obligación sus necesidades más perentorias,  que a su edad ya deberían estar cubiertas si acudimos a cualquier lógica. Para rematar este esbozo de la tercera edad cubana, que bien pudiera ser el lienzo de esta ciudad envejecida cuyo rostro no es precisamente el que se ve con frecuencia en los mensajes publicitarios y propagandísticos por sus promocionados 500 años, el director declara en un breve mensaje que ya está anciana no tiene sueños. Sobran las palabras.

El director acompaña el decursar imperioso de la vida de sus personajes  con breves líneas en las que explica cómo imaginan su porvenir, cuáles son sus anhelos y que hacen para conseguirlos. Pero el aldabonazo que provoca la anciana es como un tiro de gracia que nos mantiene en vilo a lo largo del filme.  

No obstante, la ciudad que muestra Fernando no tiene mucho tiempo para soñar. Le queda solo la posibilidad de resistir, alzarse sobre las cenizas de los sueños de otros para continuar inmersa en sus contiendas cotidianas.  Los maestros imparten clases como una prueba de voluntad, una abuela cuida a su hijo con problemas de aprendizaje, un trabajador labora bajo un sol incólume para mantener lo mejor posible las líneas de un ferrocarril que quizás, en un breve tiempo,  no vaya hacia ninguna parte. 

En esa remarcada línea narrativa el realizador  acude a la visión humanista que caracteriza su obra, perfilada en otras cintas suyas como la antológica Clandestinos,  y que demuestra como los cubanos han podido edificar los pilares de su vida por encima incluso de un desarraigo capital asaeteado por la falta de esperanza y las acuciantes necesidades que los atacan sobre el espinazo.

Suite Habana es un cinta a medio camino entre la ficción y el documental y nos llama a la reflexión sobre la construcción   de esa identidad cambiante que es la cubanía, un proceso lleno de obstáculos que ha sufrido profundas grietas por factores internos y externos,   y que no se puede contar sin abordar la situación en la que viven miles de cubanos cuyos reclamos más urgentes no encuentran asidero en los discursos oficiales. 

Suite Habana es una obra que tal vez nació de la necesidad de su director para expresar su mirada sobre una  ciudad que siempre ha estado presente en su obra desde un prisma nada complaciente que no se relaciona con los estereotipos  ni las postales turísticas a través de los cuales se promueve en muchas ocasiones la imagen de esta capital. 

Suite Habana es un filme que se debe recordar en los 500 años de una ciudad que requiere ante todo una restauración espiritual,  por encima del oro del Capitolio, las visitas de jefes de estado o las lucecitas de colores que alumbran algunas calles céntricas de una Habana en la que una anciana, que bien podría ser la metáfora más certera de la capital, debería tener la posibilidad de recuperar sus sueños.