Manual para nacer en una dictadura

En todas las consultas de maternidad y cuneros deberían poner, en letras grandes y rojas, esta advertencia total: “En Cuba usted está siendo vigilado desde que lo parieron”
Ilustración de cigüeñas llevando bebés.
 

Reproduce este artículo

Venimos al mundo sin preparación previa. Perdón, venimos a ese mundo de las dictaduras, sin preparación.

No hay expertos que adviertan a los padres que tener un hijo en Cuba no es tener un hijo, sino tenerlo en Cuba, que tiene otros matices. Lo único que le toca en todo ese tiempo será eso. Tener matices. Pero nada avisa. Nada alerta. No hay un cartelito discreto en la posada o albergue INIT que diga: “Allá tú si te arriesgas”. Es que ya, por no haber, no hay posadas. Y tampoco hay artilugios que nos vayan preparando desde que estamos en el útero. No nos adelanta nada la partera o el ginecobstetra. Sales, una nalgada y a llorar. Y entonces es cuando te lo dicen: naciste en Cuba.

En el pasado te lo susurraban antes de la nalgada. Ahora te lo dicen antes y muchas veces el manotazo sobra. Pero, como ya dije, no existe una literatura sobre el hecho de nacer allí. Una literatura científica, más allá de órdenes militares, circulares de la policía u orientaciones del partido que, de manera clara y directa instruya al niño que va a abrir los ojitos (es un decir) bajo una dictadura, en una sociedad totalitaria. Ahora entiendo que nadie considere ese primer llanto del recién nacido como un acto de protesta. Por eso es que muchos niños en la Cuba de hoy se demoran en hablar.

Teniendo en cuenta que la mayoría de los desencantos y un alto de porcentaje de frustraciones están motivadas por la falta de conocimiento, por la ausencia de un folleto o manual que avise todo lo que podrás hacer o lo que no, bajo un régimen cerrado o totalitario, un grupo de profesionales que conformamos yo y otro más, u otro más y yo (por aquello de que “el burro adelante, para que no se espante”, pero si vamos a hablar de burro, que sea el propio presidente Puesto a Dedo, quien escriba el manual) nos hemos dado a la tarea de suplir esa carencia (la del manual, las otras carencias no las suple nadie) para que, de una vez exista información creíble para que los padres se lo piensen mejor a la hora de meter, perdón, de engendrar a una inocente criatura en una dictadura.

Ya ven que criatura y dictadura riman, pero muchas veces son incompatibles.

La primera y totalitaria verdad sobre el tema es que los niños que vivirán en esas condiciones no vienen de París, ni los conduce una cigüeña. A París llegarán con mil trabajos si la suerte los acompaña. Y está comprobado que el ave que los transporta es un aura tiñosa o el ave negra del infortunio. El arribo de cualquier ave a Cuba es arriesgado, porque si dan pollo por pescado, quién quita que no termine en un caldero sea cigüeña, aura o avestruz. Lo más probable sea que, siendo un ave migratoria, tenga que pagar en dólares.

En el mismo ultrasonido se pudiera avisar de la cosa. Una advertencia, una señal de que algo será diferente, una sirena prolongada, una luz cegadora, un disparo de nieve, o algo de Raúl Torres siempre que dure menos de 62 000 milenios. Aunque tampoco estaría de más si el futuro padre se lo susurrara a la madre, algo así como “te amo, pero no puedo evitar hacerte esta charraná”, o que hubiera una advertencia en la misma goma del preservativo, pero no en chino, sino en español. Aunque viendo cómo van esos países, podría estar escrito en chino, en español y en coreano.

Ahora que lo pienso, el Estado cubano debería encargarse de informar durante todo el embarazo lo que va a sufrir (o a gozar, porque también hay masoquistas) esa criatura cuando salga del seguro refugio que representa el útero materno. Va a ser el último lugar donde no correrá peligro de derrumbe, y donde no tendrá que chillar que va a ser como el Che. Más allá de que en el seno de la familia se discuta dónde poner las advertencias para que el niño esté avisado, pudieran elaborarse unas cápsulas para que lleguen al feto.

Mensajes como: “¿Tú estás seguro de que quieres nacer aquí?”, o con más sutileza: “Se avisa que si no trae huesos sanos no espere que le demos el calcio suficiente cuando nazca. Recuerde que le quitarán la leche a los siete años”, o más directo y claro: “Si no trae vaca, ni se asome”.

En todas las consultas de maternidad y cuneros deberían poner, en letras grandes y rojas, esta advertencia total: “Usted está siendo vigilado desde que lo parieron”. Y al lado, algo que si pudieran le tatuarían en la piel a todos los cubanos: “Dentro del Comandante, todo. Fuera del Comandante, nada”. Aunque esa frase ha sido tan mal interpretada que muchos se han ido del Comandante nadando.

Ya nacido irremediablemente el niño, habrá que hacer que entienda ciertas normas sociales como que el socialismo es irreversible (dicen), así que por más que lo machaque con el martillito plástico o le dé patadas no se va a romper, y en cambio, se señalará. También hay que orientarle, sin traumatizarlo, que en Cuba a cada rato hacen una constitución que es peor que la anterior o más disparatada, y que por muchas leyes que le quiten o agreguen, ninguna sirve, porque el Partido está por encima de todo, casi a la altura del precio de la carne de cerdo en la actualidad.

El niño deberá saber desde que comience a gatear, que debería adquirir con celeridad todos los anticuerpos posibles, porque más tarde los va a necesitar. Y que si puede no sea un niño enfermizo, porque es tremendo eso de llevarlo al pediatra que está en Nicaragua o Burkina Faso.

Además, debe cuidar lo que dice y cómo lo dice, y también qué hace cuando come, si es que come. No puede hacer escándalo o mostrar alegría si le dan carne, porque los padres la consiguieron de manera clandestina y llamaría la atención. Un niño bajo una dictadura debe ser un niño con una sonrisa perenne, aunque parezca una parálisis facial, coma lo que coma, y beba lo que beba, porque le tocará enfrentarse al tan temido mundo de las delaciones y los chivatazos, por ejemplo, descubrir que su abuela es una informante, su padre es un agente infiltrado en su familia, y que el perro también es chivato y su hermano menor, el de dos años, ya es un oficial del Ministerio del Interior.

Hay más reglas, pero soltarlas todas no garantiza su cabal comprensión. Solamente ha de meterse en la cabeza que en Cuba lo que no está prohibido es ilegal o no está autorizado.

Y, por último, si el infante no entiende todavía lo que le espera, si de repente hace alguna de esas cosas que suelen hacer los niños dentro y fuera de una dictadura, es decir, llorar o meter una seria perreta, no lo regañe ni lo castigue. Acérquese y dígale suavemente en su oído: “Somos continuidad”. A lo mejor causa efecto.

 

Portada: Ilustración de Armando Tejuca/ ADN Cuba


 

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.