Cuba: Ir a la raíz del problema

No queda tiempo para nuevos experimentos con personas como “conejillos de indias”. Todo nos conduce a la raíz del problema, a la causa orgánica de los problemas
No queda tiempo para nuevos experimentos con personas como “conejillos de indias”. Todo nos conduce a la raíz del problema, a la causa orgánica de los problemas
 

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Es necesario ir a la raíz del problema en Cuba para poder buscar su solución. No hay cura sin diagnóstico. Por eso lo mejor para el bien común de nuestra patria es profundizar en las causas de sus males, no para detenernos en ellos sino para proponer soluciones adecuadas, posibles y suficientes.

Es del común conocimiento que para un buen diagnóstico es necesario hacer un análisis de la realidad interna del país y de las circunstancias internacionales en las que se encuentra inmerso. Con frecuencia, este análisis es parcial, sectorizado, incompleto o superficial. Esto da como resultado un diagnóstico errado o periférico, o un cambio fraude. Eso provoca que el llamado “árbol de problemas” que requiere todo proyecto, toda prospección futura, se convierta en un “árbol invertido”. Es decir, en el lugar de la raíz del problema sembramos las ramas. El país se seca.

El 11 de julio de 2021, miles de cubanos han expresado clarísima y repetidas veces su demanda principal: libertad. Libertad en medio de un mar de necesidades. Libertad en medio de una pandemia viral. Libertad como clave para desbloquear el problema de Cuba. Entonces podemos seguir preguntándonos: ¿Por qué la inmensa mayoría de los manifestantes mientras padece hambre pide libertad? ¿Por qué los cubanos pedimos libertad cuando faltan casi todos los medicamentos? ¿Por qué con falta persistente de agua y electricidad, la principal exigencia es la libertad? ¿Por qué con la inflación creciente, los precios estratosféricos y los salarios insuficientes, agravados por la escasez de todo y por la fallida Tarea Ordenamiento, la gente no pidió salarios dignos o mejor seguridad social, sino libertad?

Considero que es un error de análisis equiparar estas manifestaciones a otras aparentemente similares, en su forma exterior, en cualquier país del mundo, pero que son diferentes en cuanto a su causa, contenido y precisión. No conoce la realidad de Cuba quien argumenta que también en Colombia o en Chile, en España o en Francia, salen protestas a las calles y son reprimidas igual o peor que esta manifestación del 11J ocurrida en todas las provincias de Cuba al mismo tiempo y con la misma exigencia: libertad.

No conoce la realidad de Cuba quien ingenua o maliciosamente le atribuye al embargo norteamericano la causa de todos los problemas de Cuba. Cualquier bloqueo, sea externo, pero sobre todo interno, puede afectar esta u otra faceta del problema; pero la apertura de esos bloqueos, de forma parcial, no resolverá el problema de la nación. Se va a las ramas pero no a la raíz. Pensemos que aun si esa rama se podara, el árbol de problemas de Cuba seguiría enfermo, secándose. Precisamente porque el mal está en la raíz, no en el aire que lo rodea. Por otro lado, aquellos que le atribuyen a la pandemia los problemas de Cuba están quedándose en otra rama del problema pero, recordemos, que estos problemas existían en Cuba, reiterados y acumulados, durante décadas antes de la COVID.

Aún peor, quien analice que esas manifestaciones u otras formas de expresar la inconformidad, el hartazgo y el agotamiento del tiempo que cualquier proyecto social pudiera necesitar para demostrar su eficacia, o rectificar sus errores, o reformarse, se queda en las ramas pensando que eso se resolverá con migajas de alimentos, o promesas de reformas gatopardistas, o con decretos-leyes, parches aprobados a toda carrera para abrir respiraderos al bloqueo interno. Se equivocan los que piensen sacar presión a la olla con artificiales “espacios de diálogo”, concedidos selectivamente por aquellos que son servidores públicos y que deberían rendir cuentas sistemáticamente de su gestión a todo el pueblo, no por concesión sino por obligación de su cargo, no por benevolencia o urgencia de la crisis sino por exigencia del soberano que es el ciudadano. El tiempo limitado, único y precioso, de nuestras vidas personales y de la vida de la nación, está llegando a su fin. No queda tiempo para nuevos experimentos con personas como “conejillos de indias”. Todo nos conduce a la raíz del problema, a la causa orgánica de los problemas.

La causa raigal

Entonces vayamos al origen de todos esos problemas. Es verdad que confluyen muchos factores que han producido una “tormenta perfecta”, existe una policausalidad confluyente, pero es indispensable buscar la causa raigal y originaria de todos esos síntomas. Yo opino, porque estoy convencido, por la experiencia vivida aquí dentro de Cuba, a lo largo de toda mi vida, que la raíz del problema de Cuba es estructural no coyuntural, es sistémica no delimitada, es secuencial no puntual. La causa es el modelo, es el sistema político, económico y social impuesto durante más de 60 años en Cuba. Desconocer la causa raigal provoca que toda solución sea parcial, pasajera, fraudulenta o inútil. Decirlo y reconocerlo es ya sanador, es el primer paso en firme. Crea consenso edificante.

Reconocer esta causa pudiera parecer una verdad de Perogrullo, una obviedad patente. Pues, a veces, parece que no. Que aún quedan personas, grupos y organizaciones, también iglesias, dentro y fuera de Cuba, que invariablemente se van por las ramas; colocan fuera lo que es problema interno; identifican problemas puntuales como si fueran las causas originarias. Confunden el arroyo con la fuente, el atajo con el punto de origen, la circunstancia con el fenómeno.

Esta confusión reiterada, y a veces propagandística, es una ofensa a la inteligencia del pueblo cubano que ya sabe dónde está el ojo del ciclón, dónde está la raíz de todas nuestras crisis cíclicas. La sabe por experiencia propia y no necesita de analistas, foráneos o propios que, como magos, conviertan la realidad en humo. Los cubanos no necesitamos a expertos del ilusionismo que saquen cada vez con más torpeza del sombrero mágico el huidizo conejo de la comparación con otros países. Infantil comparación que justifica todo lo que está mal dentro de la Isla atiborrándonos de estadísticas, verdaderas o manipuladas, para demostrarnos que si en Cuba se violan los Derechos Humanos en otros países se violan más. Que si en Cuba hay represión en otros países hay más. Que si en Cuba hay hambre en otros países hay más. Que si en Cuba faltan medicamentos a otros países les faltan más. Si alguna personalidad extranjera u organismo internacional muestra su preocupación por la realidad de Cuba inmediatamente se le echa en cara que en su propio país hay más. Esto puede ser verdad en algunos casos pero nosotros vivimos aquí y Cuba es nuestro hogar. Nuestros problemas debemos resolvernos entre cubanos.

Esas comparaciones no resuelven el problema que es nuestro. Eso no convence a nadie en Cuba porque recordemos aquel refrán de nuestros abuelos: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Además, aquí se defiende denodadamente la soberanía nacional, pues según ese razonamiento, cada nación, cada familia, cada persona, debe resolver sus problemas sin consolarse o resignarse a no cambiar porque otros países también tienen esas crisis, aunque las causas y las circunstancias sean otras. El soberano, que es el pueblo, no puede dejar de tapar el agujero de su casa argumentando que hay otras casas con grietas. Aún más, no es éticamente aceptable que se envíen cubanos a tapar los huecos de otros países mientras el nuestro parece un colador. Peor aúnes negar que hay grietas estructurales en nuestra casa porque no han servido los cimientos, justificando con que solo es falta de repello y que esos desconchados son producto de los golpes duros o blandos del vecino. No hay que ser arquitecto ni ingeniero civil para diagnosticar cuándo una grieta que está a la vista de todos y se abre cada vez más, se alarga, y crece hacia las columnas, se debe a que los cimientos han cedido o fueron mal puestos, y no a que el vecino ha golpeado para colgar un cuadro en su pared.

Ser parte de la solución

Una vez más, quiero compartir mi convicción de que no es sano quedarnos solo en la constatación de la verdad del problema. No es constructivo meter el dedo en la llaga solo para demostrar que duele. Querer a Cuba es hacer un buen análisis de las causas y de la raíz de las causas, para diagnosticar el problema, pero sobre todo para proponer, entre todos, soluciones y sanación. En este caso, es urgente, de vida o muerte, escuchar, que es más que oír un video, la voz de nuestro pueblo. Escuchar es respetar al que se expresa. Escuchar es poner atención a las demandas del que se manifiesta. Escuchar no es gritar más que el que ha lanzado su grito de desesperación. Escuchar es disponerse a tomar en cuenta la pluralidad demostrada, la exigencia repetida de libertad, la identificación de la causa raigal de nuestro problema y cambiar. Cambiar de verdad. Cambiar de la mentira a la vida en la verdad. Y si para cambiar hay que ceder, se cede. Y si para atender las necesidades de nuestro pueblo hay que devolverle el poder soberano pues hay que ponerlo en sus manos rápida y pacíficamente.

El que tenga oídos para oír que escuche. El que quiera ponerle corazón a Cuba debe conectar su corazón a los latidos de nuestro pueblo. Esos latidos de nuestro pueblo no son de violencia y muerte, son de paz y libertad. Un corazón artificial jamás podrá dar patria y vida.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

*Publicado originalmente en Convivencia.

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.