Orlando Gutiérrez Boronat, el "terrorista" preferido de La Habana

Es notable que el régimen castrista siempre acusa a sus enemigos de terroristas, a pesar de que se apoderó de la isla a fuerza de bombazos contra la población civil.
 

Reproduce este artículo

Es notable que el régimen castrista siempre acusa a sus enemigos de terroristas, a pesar de que se apoderó de la isla a fuerza de bombazos contra la población civil, ejecutados por su brazo armado: el Movimiento 26 de julio, un grupo violento que organizó, el 1ro de noviembre de 1958, el secuestro del vuelo 495 de Cubana de Aviación, que viajaba de Miami a Varadero, y que terminó cayendo en la bahía de Nipe, causándole la muerte a 14 personas, dos de los cinco secuestradores entre ellos, en lo que sería el primer secuestro de la aviación internacional en Estados Unidos.

Desde entonces, hasta hoy, el régimen ha seguido practicando el terrorismo en todas sus variantes. Desde atentados a desertores del régimen y asaltos a bancos en países extranjeros, para financiar la subversión, hasta atentados a exjefes de estado extranjeros, pasando por la creación, entrenamiento y financiamiento de grupos violentos en países de todo el mundo; y por el terrorismo de estado que practica diariamente contra sus propios ciudadanos.

También acusa a sus enemigos de mercenarios pagados por el imperialismo norteamericano y la mafia de Miami, a pesar de que, desde sus inicios, el régimen ha sido financiado desde el extranjero. Ha sido el chulo de medio mundo. Con Fidel Castro haciendo colectas públicas en Miami, y con la amplia subvención de la Unión Soviética, primero, y de la Venezuela chavista, después. Una subvención que sirvió para que Fidel Castro usara a los cubanos como carne de cañón, como mercenarios, en sus aventuras en Argelia, Etiopía, El Congo, Angola, Venezuela, Argentina, El Salvador, Guatemala o Nicaragua, por sólo mencionar a algunos países.

Uno de los blancos preferidos de las acusaciones de la dictadura cubana, en los últimos tiempos, ha sido Orlando Gutiérrez Boronat. Sobre la figura del vocero y cofundador de la agrupación de exiliados Directorio Democrático Cubano, una organización pacífica enfrascada en ayudar a que Cuba se convierta en una nación democrática, ha caído toda la furia de la maquinaria difamatoria del castrismo. Pero ¿por qué el régimen de La Habana se ha ensañado con Gutiérrez Boronat? ¿Por qué ha lanzado contra su figura cuanta difamación es posible desde sus medios de propaganda? ¿Por qué les molesta tanto? ¿Qué ven en él que les atemoriza?

Las razones son muchas, aunque quizás la principal es que este hombre inteligente, honesto y con aspecto bonachón siempre está, como él mismo dice “en la primera línea de la lucha por la libertad de mi país”. Y la dictadura siempre les ha temido a los cubanos de esa estirpe, la de los que no se cansan, la de los que siempre dan la cara y están dispuestos al sacrificio por la causa de Cuba.

La dictadura ataca virulentamente a Gutiérrez Boronat, porque se siente desvalida ante la figura de este hombre contra el que no tienen una sola prueba de nada de lo que le acusan, aunque sabemos que eso nunca ha sido un obstáculo para la maquinaria difamatoria castrista, por aquello de difama, no importa, siempre algo queda. Y aunque lo califican de terrorista, ha sido él quien ha sufrido en carne propia las consecuencias del terrorismo de estado, cuando en 2015, en la VII Cubre de las Américas en Panamá, los agentes represores del régimen lo golpearon tan salvajemente que le fracturaron una costilla y una rodilla.

Otra de las cosas por las que la dictadura lo odia, es porque no es fácil la confrontación de ideas con este hombre, que intelectualmente está entrenado para el debate y sabe defender muy bien su discurso político, con argumentos muy difíciles de rebatir, porque, después de todo, los hechos están ahí. Nada de lo que los personeros del régimen defienden es sostenible ante la Cuba real. Esa Cuba que desmiente la entelequia fabricada por el castrismo de una Cuba justa, igualitaria, solidaria y bondadosa. Esa Cuba criminal, delincuencial, oportunista, mendaz, pedigüeña, desvalida, amoral, esclavizada y pobre que ha construido el castrismo. Esa Cuba sin nada digno de ser rescatado, en la que sus mejores hijos son aplastados por la rabia de la represión y la violación de todos sus derechos humanos. Esa es la Cuba que la mayoría de los cubanos no quiere. Es la Cuba que Orlando Gutiérrez quiere cambiar. Por eso la dictadura lo detesta.

Como es propio de este tipo de regímenes totalitarios, vacíos de argumentos, incapaces de atacar el mensaje de su adversario, atacan al mensajero. Por eso, como no tienen forma de contrarrestar que Cuba es una dictadura militar que viola todos los derechos de los cubanos, atacan a Gutiérrez Boronat con descalificativos, una estrategia que ha infectado al sistema desde su génesis: repudiable personaje; se pasó de la raya en el uso de las drogas; cipayo terrorista; miembro de la tenebrosa Asamblea de la Resistencia Cubana; repugnante apátrida; capitán araña, son sólo algunas de las lindezas  que le dedican.

Pero recientemente Gutiérrez Boronat ha desatado la histeria de la dictadura, no sólo por su apoyo al Movimiento San Isidro, y por su lucidez para definir el momento que vive la isla con el nacimiento de un gran movimiento cívico, sino porque ha sido capaz, desde su agudeza intelectual, de trazar y definir la estrategia y la táctica para enfrentar a un régimen autocrático como el cubano.

El aparato represivo de la isla está aterrorizado con el llamado a la protesta cívica que llega por todos lados. La espontaneidad con que les explotó en la cara el Movimiento San Isidro los puso en modo pánico. La burla, con alevosía y ventaja en las redes sociales contra el régimen y sus lacayos-y aquí me apropio de la dichosa palabrita, porque también sabemos apropiarnos del lenguaje para desarmar al aparato de propaganda-, los descontrola, porque las dictaduras, que se enriquecen robándole a los pueblos, de lo único que carecen es de sentido del humor. Y lo único que les sobra es lenguaje para asesinar la reputación de sus adversarios. Por eso, para ellos llamar a la desobediencia civil contra un gobierno despótico es terrorismo. Por eso, protestar para reclamar los derechos de un pueblo, es provocación. Por eso, la palabra subversión tiene una connotación negativa, porque no quieren que se les trastorne la realidad en la que se comportan como señores feudales que controlan el destino de sus siervos. Para ellos, el orden establecido, el de unos pocos, es intocable, y quienes se oponen, son terroristas y mercenarios. Para ellos, está bien que un jubilado que trabajó 60 años no pueda comprar la canasta básica con el dinero de su retiro, mientras que un parásito que no ha trabajado en toda su vida, como Sandro Castro, presume sus lujos en las redes sociales. O una jinetera de estado, como Mariela Castro, que primero fingió ser bailarina e hizo desnudos, y luego terminó jineteándose a un italiano y robándole a una alemana (con el contubernio de esa aristócrata rancia que fue su madre, que compraba en Nueva York a costa de la miseria de los cubanos) el monopolio de la sexualidad, presuma de comer langostas ante el rostro hambriento de los cubanos. O que el ortopédico de los Castro, que va de chulo de actrices exiliadas y de proxeneta de empresarios extranjeros, presuma su yate por el mundo helénico.

Los gases lacrimógenos contra los jóvenes que querían sumarse el 27 de noviembre a la protesta frente al Ministerio de Cultura sólo fueron un ensayo de lo que estaban dispuesto a hacer los represores, si aquel movimiento cívico tomaba las calles. Así que, cuando Orlando Gutiérrez dice: “No se puede permitir un derramamiento de sangre del pueblo cubano, en las calles de Cuba (…) Es legítimo y pedimos una intervención internacional liderada por EEUU para derrocar ese régimen y ponerle fin”. Sólo está anticipándose a una confrontación que cada día más parece inevitable. Como inevitable será, por vocación, la reacción violenta de un régimen que tiene el crimen en su ADN.

¿Cómo se lucha contra un régimen terrorista que cierra las puertas al futuro de su pueblo, luego de estafarles el pasado y el presente? La lógica sería asumir la propuesta de la biblia: “ojo por ojo y diente por diente”. El uso de la fuerza para derrocar a un régimen tan siniestro, tan cobarde y tan brutal nunca puede estar descartado. Pero sabemos que, aunque una sublevación popular a gran escala es el único camino para quitarse el yugo, a los cubanos, al nacer, les inyectan en vena el virus del miedo.  También sabemos que los cubanos han ido perdiendo el temor y comprendiendo que estos regímenes no ceden el poder, que hay que arrebatárselos (algo que parece que los distintos gobiernos estadounidenses nunca han terminado de entender). Sin embargo, esa sublevación masiva sólo puede lograrse con el desarrollo de un gran movimiento cívico. Y al mismo tiempo, esa movilización será la que provoque una violenta y sanguinaria represión.

En esas circunstancias, como perfectamente lo analiza Gutiérrez Boronat, una intervención militar extranjera es completamente legítima. Pero también es el escenario que más teme la dictadura, y por eso arremete contra el hombre que está previendo, con muchas luces, ese escenario, que es tan posible como probable, debido a la decadencia y putrefacción del castrismo. Y es que las élites del régimen saben que, como se dice en buen cubano, al pueblo se le está llenando la cachimba.

Parafraseando al gran Cervantes, si los perros del castrismo están ladrando con tanta rabia, es porque Orlando Gutiérrez Boronat, apodado por los cerberos de ese infierno como “el señor de la guerra”, no sólo está cabalgando, sino que lo está haciendo con porte, elegancia y buen paso. El "terrorista" preferido de La Habana tiene a la familia Castro con disentería y sin Pepto-Bismol en las farmacias.