Un cocodrilo llamado Fidel: historia de una amputación en Suecia

Érase una vez un cocodrilo que había nacido en Cuba. En el interior, que también es Cuba. No era distinto a los demás, un cocodrilo normal, ni muy revolucionario ni muy disidente, más bien tirando a apático. Nunca se le vio en concentraciones en la plaza, ni en marchas del pueblo combatiente, y mucho menos en domingos rojos o microbrigadas.

Prefería estar tendido al sol, en la agüita estancada y tibia, con la boca abierta, repleta de filosos dientes, que él juraba que estaban dispuestos a darle un susto al enemigo si alguna vez se lanzaba. Pero ningún otro movimiento, ni acción distinta a estar, a permanecer. Ni siquiera participaba en las semanas de solidaridad con otros países hermanos.

El cocodrilo, que se llamaba Fidel Castro, igual que el dueño de todo lo que le rodeaba, del cielo y el agua de la ciénaga, de los mangles, el fango y del sol que le calentaba. El cocodrilo no sabía la razón de aquel nombre pues no tenía conciencia de nada, y desconocía el significado de dueño, de cielo, de sol y hasta de la palabra cocodrilo. Le bastaba con existir, como alguna gente que yo conozco y que posiblemente el cocodrilo Fidel también haya conocido ya a estas alturas.

 

 

Porque un buen día, cayó del cielo un cosmonauta. Bueno, no cayó precisamente del cielo, sino de la Hermana Unión Soviética, que era, para muchos, el cielo, nuestro cielo. Para todos menos para aquel cocodrilo que se llamaba o se iba a llamar muy pronto, Fidel Castro.

Era 1974 y el soviético, que había viajado al cosmos y luego a Cuba, en clara alusión al cielo y al infierno, se llamaba Vladimir Shatalov. Los rusos le habían regalado años antes un oso al dueño de la Isla y del cocodrilo que se llamaría como él, así que se preguntó qué presente entregar a Shatalov, como una muestra de la desinteresada amistad entre Cuba y la Unión Soviética.

Y a la usanza de los jeques árabes que regalaban camellos, o de los reyezuelos africanos que entregaban elefantes y leones, el dueño de Cuba no lo pensó dos veces y sacó al cocodrilo Fidel Castro de su confortable y cálido hábitat para lanzarlo a la aventura de un pequeño apartamento de Moscú, donde además del frío tendría que soportar el sonido de los muñequitos de Máshenka y el oso, El tío Stiopa y Deja que te coja, liebre, el olor de la salianka y el borsh, y los frecuentes gritos entusiastas del Ejército Rojo, que iban a perturbar su sueño de reptil con el atronador “Hurráaaaa”, que sacudía las viejas piedras de la Plaza Roja.

No tuvo otra opción. Al entusiasmo natural del viaje que siente todo habitante de una isla rodeada de mar, siguió el miedo. Pero no era miedo al cambio de clima o de dieta, pues ya una vez había probado la ensaladilla rusa y le había gustado, sino el miedo a las consecuencias de negarse a ir con aquel Vladimir que acababan de presentarle, y que había hecho también un imperceptible gesto de repugnancia ante tan inesperado regalo.

 

 

Asumió ser obsequiado a un extranjero y la obligación de abandonar su país como si fuera una misión, una Misión Internacionalista que estrecharía los lazos entre los dos países. Lo aceptó, poco convencido, pues tenía miedo a lo que pudiera suceder con su piel y con su propia vida si decía que no, o si se escabullía en los pantanos. Si lograba sobrevivir, no sería cocodrilo nunca más. Lo buscarían día y noche para hacer zapatos y carteras, y cada vez que sacara la cabeza del agua pensaría que era la última, pues se convertiría en un traidor, en un desertor. Corría el riesgo de que su tocayo, el loco, mandara a desecar la ciénaga como ya había intentado antes.

Pero no viajó solo. Le habían asignado, sin consultarle, como  compañera, a una cocodrila bautizada Hillary, que era una verdadera caimana, un saurio repelente con la que se vería obligado a procrear. El viaje fue un desastre. Ni siquiera lo dejaron ver cómo se alejaba la isla verde desde la ventanilla del avión, y ya después, aduana y taxi hacia la vivienda del cosmonauta. Por suerte Hillary y él duraron poco allí. Shatalov dejó de ir a orinar por las noches y eso le salvó de ser engullido por Fidel, que ya a esa altura estaba hasta el moño de ensaladilla rusa y de esturión hervido. Una mañana, el cosmonauta los llevó al zoológico de Moscú y allí fueron recibidos como donación.

De más está decir que Fidel Castro, el cocodrilo, comenzó a acumular una rabia sorda y ciega contra todo el mundo, como el otro Fidel. Y esa rabia se hizo más profunda cuando tenía que nadar entre cubitos de hielo en el estanque del zoológico ruso. Y cuando pensó que su vida no podía ser peor, fue a peor. En 1981 los moscovitas enviaron a los dos cocodrilos al acuario Skansen de Estocolmo, Suecia.

Y allí a Fidel, el cocodrilo, le dio “shangó con conocimiento”. Porque además de portarse como un hombrecito con Hillary, la caimana, que llenó el estanque de hijos que los suecos enviaron rápidamente a Cuba para colaborar con la repoblación de estos animales en la Isla, siguió nadando en un estanque distinto entre cubitos de hielo más grandes.

Y para no hacer este cuento más largo, Fidel Castro está acusado ahora de arrancarle un brazo a un ciudadano sueco de 79 años llamado Lars Liedegren, a quien los médicos se han visto obligados a amputárselo. Fidel no pudo más, saltó y mordió con nocturnidad, alevosía, y toda la roña que se le había acumulado en las mandíbulas el brazo del hombre durante aproximadamente 10 segundos

No hubo juicio al final porque los suecos son gente nórdica y educada, y saben que Fidel Castro es un animal, el cocodrilo, y que mordió lo que pudo para ser fiel a su nombre. El otro cocodrilo, el que lo regaló al cosmonauta Shatalov, arrebató más cosas: brazos, piernas, casas, cabezas, carros, yates, industrias. Y acabó con la quinta y con los mangos, con vacas y malangas, con la caña y el café, y con la vida de mucha más gente que lo que pudiera hacer su tocayo el cocodrilo.


*Este es un artículo de opinión. Los criterios que contiene son responsabilidad exclusiva de su autor, y no representan necesariamente la opinión editorial de ADN CUBA.

Ramón
Fernández-Larrea
Escrito por Ramón Fernández-Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.