Socialismo o muerte, valga la redundancia
En la pretendida nueva Cuba que fundó Fidel Castro con violencia a partir del 1 de enero de 1959, nacieron primero los excesos, y como segundo plato los disparates.
Fidel Castro
 

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En la pretendida nueva Cuba que fundó Fidel Castro con violencia a partir del 1 de enero de 1959, nacieron primero los excesos, y como segundo plato los disparates. Una historia casi olvidada es la de aquel ministro de Comercio Interior, Máximo Berman, que, deslumbrado por la limpieza de las ciudades europeas que recorrió, compró para Cuba máquinas barredoras de nieve.

Pero tan disparatado como comprar barredoras de nieve para la calurosa Isla fue el intento de desecar la Ciénaga de Zapata, idea del cerebro más desquiciado que parieron en la finca del gallego Ángel Castro, en Birán. Los mangles rojos y los cocodrilos aún rezan agradecidos que fracasara aquella aberración del comandante.

Y luego más. No sólo compraron barredoras de nieve y más tarde tractores enanos que parecían hechos para jugar los niños. Otro idiota confiable salió de viaje y se escachó por comprar “chinerías” en el país de Mao Tsé Tung: muebles de lujo, biombos con incrustaciones en nácar, baúles tallados y jarrones de jade en lugar de traer cantimploras, que era lo que pedía un país al garete.

La historia de los disparates no sólo le pertenece a Fidel. Hasta lo reconocen en la actualidad diciendo que tienen el ADN del jefe Caballo Loco. Aunque su impronta en el absurdo y el delirio será difícil de superar: cortinas rompevientos con casuarinas que echaron a perder las playas, aquel “cordón de La Habana” donde comenzaron a esfumarse viandas y vegetales, vacas encerradas cuyas cabezas recibían aire acondicionado porque así darían más leche y aquel café Caturla que el pueblo fue obligado a sembrar en balcones y bañaderas.

Era como un niño -un niño malcriado y bitongo al que todos le reían las gracias- jugando con juguetes regalados por la URSS. Derrochando un dinero que habría servido para consolidar otras cosas, no aquellos experimentos en la ganadería cuando se le metió un veterinario adentro y empezó a cruzar a lo loco Holstein con Cebúes, toros que valían una fortuna con vacas traídas de no sé dónde, y que dejaron a la isla sin una vaca que diera algo mejor que lástima.

 

 

La llamada revolución cubana es un amplio catálogo de metidas de pata que intentaban resolver con otras metidas de pata más grandes, errores descomunales que ignoraban la pura lógica, aferrados a una idea insana de guerras e inmolaciones. En lugar de convertir al país en algo próspero que viajaba sereno hacia la paz, nos enrolaron en cuanto conflicto aparecía, sumergidos en la otra guerra sorda, una guerra contra el imperialismo yanqui. Y esa vocación de Goliat que latía en el cerebro hinchado del comandante se iba a hacer viral, y se pretendió hacer a lo grande: la textilera más grande de América, los cultivos más grandes del Caribe, la Central Nuclear más grande del hemisferio, que hubiera reventado en un Chernobyl tropical al hemisferio, a toda América y al universo entero.

Un viejo lema soviético rezaba: “Donde nace un comunista mueren las dificultades”, que en Cuba debía llevar una coletilla diferente: “pero provoca otras más grandes”. Porque los que llevan más de 60 años disponiendo de la infelicidad ajena siguen obcecados en el afán idiota de que “son continuidad”, es decir, que amenazan con seguir metiendo la delicada. En Cuba, en lugar de “para cada problema, una solución”, los dirigentes cubanos merecen algo más nuevo, por ejemplo: “Para cada solución, un nuevo problema”.

El soberbio rosarino Ernesto Guevara, durante el brevísimo  tiempo en que aportó disparates a la publicitaria revolucionaria dijo: “Crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna”. Se refería al caos, y a no dejar piedra sobre piedra. Ojalá alguien en la Isla le hubiera hecho caso, porque Vietnam es hoy un país impresionante, una vida que resurgió de la muerte y la destrucción y creció renacido como el Fénix.

Tuviéramos hoy una, dos, tres Cubas dignas y limpias, prósperas y deseosas de vivir, y no esa isla que han afeado tanto. A la que lograron quitarle la vida y sumergirla en destrucción y muerte.

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.