Holguín y el silencio de los corderos
El título de la novela de Thomas Harris se apega muy bien para describir la indefensión que sienten los holguineros ante las huestes castristas que inundan la ciudad
El pueblo holguinero guarda silencio, pero vive indignado
 

Nada tiene que ver Holguín con la novela del escritor estadounidense Thomas Harris, aunque por salir de la rutina nos vendría bien un Hannibal Lecter emprendiéndola a mordidas contra los prepotentes militares que custodian las colas. 

Excepto que el título de la novela se apega muy bien para describir la indefensión que sienten los holguineros ante las huestes castristas que inundan la ciudad.

No es suficiente el despliegue desmedido de fuerzas militares y policiales, sino que, además, hay que hacer las colas abacoradas por largas vallas de contención que recuerdan mucho aquellos entramados que los ganaderos usan para arrear las reses al matadero.

Aprovechan los tiranos para amedrentar al pueblo hostigado por el hambre, privaciones y toda clase de afrentas.

Ahora, cuando el miedo es aliado de una enfermedad acechante y terrible, la dictadura ve la ocasión perfecta para pavonear sus músculos ante los ciudadanos.

Las personas se reúnen en cualquier parte para tratar de alcanzar los productos que sacan a cuenta gotas, lo hacen como se ha establecido y nadie se atreve a salirse del patrón.

Pero lo que más sobrecoge no son las caras largas de los castrenses, ni sus uniformes de campaña ni los cuchillos de comando que portan como una advertencia.

Lo que mete miedo en verdad es el silencio.

La algarabía habitual en una cola, las conversaciones entre mujeres, las broncas verbales que casi nunca pasan de  perretas, nada de eso hay y no es natural.

El cubano es parlanchín por cultura, hablar “como los locos”, hacer chistes. “Y cómo te digo una cosa te digo la otra”, pero ahora estamos muy callados, como para no despertar a la fiera uniformada que nos acosa y que tiene carta blanca para descargar un bofetón o peor aún imponer una multa por nada, porque no le calló bien el chiste que le contaste a ese que es tu compadre hasta que  te toque comprar.

Pero hay un silencio peor reinando en la ciudad, ese que se hace hasta dentro de las casas porque hay temor de que el vecino te chivatee.

La gente sale a aplaudir cada noche y hay quienes vociferan vivas a aquellos que nos matan, cuando en realidad deberían gritar en protesta ante tanta infamia.

No, aquí no hay cacerolazos, no hay “nos quieren matar de hambre” gritados a voz en cuello, solo susurran por los rincones como temerosos roedores escondidos.

En Holguín hay silencio en todas partes, un silencio que crece como un cáncer y es por miedo. Un temor duro y palpable a la represión también real y cotidiana.

 

Escrito por Emilio García