De villancicos cubanos

La música religiosa en Cuba fue una "víctima colateral" de las tensiones entre el gobierno y la Iglesia, que llegaron a un punto irreconciliable en 1961: en apenas unos años acabó una tradición de siglos
Portada del disco Villancicos cubanos/CUBA MATERIAL
 

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La investigadora y académica cubana María Antonia Cabrera Arús colgó el otro día en su blog, donde recopila desde hace años un interesante archivo de la cultura material cubana y de los significados asociados con ésta, las señas de un disco curioso. Se llama Villancicos cubanos, tiene en la portada un dibujo del pintor Servando Cabrera Moreno, y fue editado en las Navidades de 1959 por la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación de la República de Cuba.

El long-play, como se les llamaba en Cuba a esos discos de vinilo de 33 revoluciones, recoge grabaciones del Coro de Madrigalistas de La Habana bajo la dirección de Manuel Ochoa, y con la participación de la soprano Carmelina Rosell, la mezzo Marta Pérez y el pianista norteamericano Laurence Davis. El repertorio abarca desde piezas clásicas de Esteban de Salas hasta obras de Edgardo Martín y Harold Gramatges, y por supuesto, el famoso tríptico de villancicos cubanos que compuso, en 1949, César Pérez Sentenat. La grabación también incluye hermosas canciones de Gisela Hernández, Mercedes Pedroso Douglas y la propia Carmelina Rosell, y un poema de Fifina del Castillo musicalizado por Carlo Borbolla.

El disco, que hoy se percibe inevitablemente como una rareza, es en realidad una perfecta ilustración de la poderosa cultura católica que había en Cuba hasta los años 60 del siglo pasado. La medular generación de la revista Orígenes, por ejemplo, resulta inseparable de esa profunda veta católica, hoy reducida a seminarios de escasa repercusión, jesuitismo de salón y cursillos de oratoria santurrona, que tienen en Eusebio Leal su producto más logrado.

La Revolución se propuso como "borrón y cuenta nueva", pero ese proceso de cambio espiritual estaba condenado a ser gradual: debía lidiar con una tradición de siglos. Aún así, se pudo borrar. Poca gente de mi generación --y ni hablemos de la que hoy tiene menos de 30 años-- sabe, por poner un ejemplo, que la obra de Esteban Salas (1725-1803), nacido, por cierto, un 25 de diciembre y considerado uno de los primeros músicos criollos, no sólo abunda en villancicos --¡unos 52!-- sino que ese gran compositor cubano hizo del género un puntal de la experimentación barroca, y el puente entre una liturgia en latín y la música no litúrgica en español.

Esa parte de su obra considerada no litúrgica incluye también cantadas y pastorelas, compuestas, en su mayoría, en Santiago de Cuba, donde, desde 1764 y hasta su muerte en 1803, Salas, "el clásico de la música cubana", como lo llama Carpentier, desplegó una intensa actividad musical que produjo más de 100 partituras.

Quien mire con cuidado la lista de compositores contemporáneos que aparece en el disco de 1959, se asomará también, quizás sin saberlo, a la estricta censura que sufrió la música religiosa en Cuba durante la década del 60. En esa época, el mundo de la música llamada "clásica" padeció las consecuencias del enfrentamiento entre José Ardévol, un catalán asentado en la isla y convertido al más dogmático credo revolucionario, y otra tendencia, más cosmopolita y rupturista representada por Julián Orbón y su discípulo Aurelio de la Vega. Pero lo que resulta obvio es que ni siquiera los músicos adscritos a la facción ultranacionalista de Ardévol, como Pérez Sentenat, se atrevieron a componer después de 1959 nada que tuviera que ver con la liturgia o con temas católicos. En la lista de sus obras se salta directamente del "Aguinaldo del negro cristiano", de 1952, a "Cuatro estampas para un pionero", de 1962.

En cuanto a Borbolla, prefirió concentrarse en el estudio de la tradición afrocubana. Tuvo, además, la mala suerte de ser incluido por Carpentier en el mismo capítulo (el doce) de La música en Cuba donde se elogiaba a Orbón. Luego que este último se exiliara, ese capítulo del libro fue eliminado de las reediciones cubanas de 1979 y 1989.

Que conste que no estamos hablando de músicos de segunda fila, sino de compositores centrales en la tradición contemporánea cubana. Sentenat fue uno de los fundadores, junto a Gonzalo Roig y Ernesto Lecuona, de la Orquesta Sinfónica de La Habana. En 1942 se unió a Amadeo Roldán para crear la Filarmónica de La Habana. En 1965 dirigió la parte musical del Consejo Nacional de Cultura y presidió la comisión que debía reformar la enseñanza de la música en la isla. Borbolla, por su parte, fue un investigador y pedagogo fundamental, sin el cual sería imposible entender, por ejemplo, a Leo Brouwer. Sus cinco Cuadernos de Rítmicas Cubanas, dedicados al análisis del sincopado, son un monumento musicológico, a la altura de los trabajos de Fernando Ortiz y Natalio Galán. Murió en 1990, a los 88 años, resentido y olvidado, como muestran algunas de sus cartas a Aurelio de la Vega. En una de ellas, fechada en 1972, le decía: "Desde luego, todos los seres que conocemos continúan viviendo a la sombra del árbol revolucionario: una frasecita aquí, otra allá; un tema guataca que dé fe de ser un adicto y, pare de contar".

De ese Borbolla, marginado después de la Revolución, Carpentier había llegado a decir: "Constituye el caso más extraordinario de la música cubana contemporánea. Todo es singular y digno de atención en este compositor, su formación, su trayectoria al margen de los itinerarios propuestos al artista criollo, su vida, sus actividades, su obra". Y sin embargo, nada suyo se grabó en Cuba hasta que -¡en el 2002!- el pianista Ulises Hernández produjo para el sello Bis Music, la primera grabación mundial de algunas de sus obras más notables.

La música religiosa fue, como hemos visto, una "víctima colateral" de las tensiones entre el gobierno cubano y la Iglesia, que llegaron a un punto irreconciliable en 1961. El año anterior había sido el de la intervención de las escuelas católicas por el estado, las tres cartas pastorales de advertencia y el último Congreso Eucarístico, al que acudieron casi un millón de personas. El incipiente gobierno de los barbudos no veía a la Iglesia con buenos ojos, pero tampoco se atrevía a vetar un culto tan popular. La solución fue ahogarlo en nacionalismo revolucionario.

En el 60 se celebraron las "segundas Navidades Libres", muy distintas a las anteriores. Con el título "Jesús del Bohío" se representó el Nacimiento en la marquesina de la estación de radio CMQ, en La Habana. El gigantesco mural mostraba un belén revolucionario al que llegan los tres primeros comandantes (Fidel, el Che y Almeida en el obligatorio rol de Baltazar) con sus respectivos dones: la Industrialización, la Reforma Agraria y la Alfabetización.

Al fondo, las montañas, y sobre el Nacimiento la figura de un Martí gigante y beatífico. El mural, cuyo estilo naif recuerda las primeras obras monumentales de Siqueiros, puede verse en el documental de Chris Marker, Cuba sí! (1961), cuyos primeros minutos son una antología del mito de la Revolución como consagración navideña.

Cuba sí! comienza con escenas tomadas en una famosa tienda de juguetes, entrevistas a un grupo de niños que van desgranando deseos ante la cámara. Se nota el placer de los rebeldes convertidos en representantes de los tres nuevos Reyes. Fidel Castro había anunciado que se regalarían juguetes a todos los niños cubanos, y en varios grandes almacenes se formaron colas gigantescas. Y premonitorias. Los juguetes, por supuesto, no alcanzaron, pero esa frustración sólo puede verse en otras fotos, bastante menos conocidas.

Durante esos primeros años no faltaron pruebas de la “voluntad navideña” de la Revolución. Hasta se intentó sustituir a Santa Claus por la figura autóctona de un “guajiro” barbudo, Don Feliciano, vestido con guayabera y sombrero de yarey. La idea no fue bien acogida, a diferencia de los camiones militares, que el 24 de diciembre de 1960 recorrieron los barrios pobres entregando carne de puerco, frijoles negros, arroz, turrones y golosinas.

El mito de la Revolución navideña, sin embargo, entrañaba un peligro: al convertir a los barbudos en los nuevos Reyes Magos, el pueblo cubano asumía también una condición infantil. Dejaba de ser un ente político adulto para convertirse en el niño que pide deseos, confiado en que, de alguna u otra manera, los regalos llegarán. Los principales dones (Industrialización, Reforma Agraria, Alfabetización) se anunciaban como derechos postergados, pero se entregaban como dádivas, como juguetes. Ayudada por el mito, la política se desligaba de las instituciones y de la sociedad civil para convertirse en ritual de complacencia que consagraba al Nuevo Poder en la esfera de lo inapelable.

En abril de 1961 se produjo la invasión de Bahía de Cochinos. Con la derrota de los mercenarios, quedaron al pairo también las esperanzas de muchos católicos cubanos. En septiembre, después de una manifestación frente a la Iglesia de la Caridad, en la que se coreó el explícito lema "Cuba sí, Rusia no", Fidel Castro decidió expulsar de Cuba a 136 sacerdotes. Quedaron alrededor de 50 para atender a los atemorizados fieles.

Ese fue, también, el comienzo del fin de las Navidades cubanas, en el país que había sido uno de los primeros bastiones del catolicismo en América. En 1962 los alimentos navideños se vieron restringidos por la imposición de la libreta de racionamiento. Ya no se vendían arbolitos de Navidad en las tiendas, aunque se podían comprar a vendedores ambulantes. Todavía, por Reyes, quedaban algunos juguetes para quienes hacían largas colas. El racionamiento se agudizó en 1964, y entonces desaparecieron del mercado artículos que antes se podían permitir hasta los más pobres.

En 1968 se produjo la "Ofensiva Revolucionaria" con la eliminación de los pequeños comercios y los vendedores ambulantes, lo cual redujo aún más todas las celebraciones religiosas, que habían quedado confinadas a las iglesias. A partir de 1969, las Navidades estuvieron prohibidas durante casi tres décadas.

En 1997, regresaron como mismo se había marchado: por decreto (mudo) de Fidel. Poco antes de la visita del Papa Juan Pablo II a La Habana, sin explicación alguna, el gobierno volvió a declarar como día feriado el 25 de diciembre. La Navidad estaba de vuelta.

Pero muchas otras cosas, que la censura revolucionaria y su cruzada contra el catolicismo también se habían llevado, nunca regresaron. Cuba ya era otro país, otra cultura.

Uno de los temas del disco Villancicos cubanos es un poema de Gerardo Diego, "Canción al Niño Jesús", musicalizado por el católico Harold Gramatges. Sus estrofas finales dicen:

Si la palmera supiera
que sus palmas algún día…
Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira… Si ella tuviera…

Si la palmera pudiera…
… la palmera…

Cualquier católico puede entender esa angustia de la Virgen del poema, convertida en reticencia retórica del poeta: la palmera dará las palmas con que Jesús será recibido triunfalmente en Jerusalén, pero eso será poco antes de su Pasión y su Muerte en la Cruz. Y así como María, al mirar una palmera, presentía el dolor futuro de su Hijo, los católicos cubanos deben haber intuido en esas Navidades de 1959, rodeados de palmas, la destrucción que se avecinaba.

 

Escrito por Ernesto Hernandez Busto

 

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