La cruz y la resurrección de Cuba

Dagoberto Valdés reflexiona en su columna sobre el inicio de la Semana Santa y el futuro de Cuba
Dagoberto Valdés reflexiona en su columna sobre el inicio de la Semana Santa y el futuro de Cuba
 

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Ha comenzado la Semana Santa en la que los cristianos celebramos la muerte y la resurrección de Cristo. Toda Cuba vive su cruz. Toda Cuba vivirá la resurrección. Una alegría que ya viene por los caminos de la libertad, la justicia, la paz y el amor.

Sabemos que los sufrimientos y las cruces de todos los cubanos terminarán, y la última palabra será de la Vida. La Semana Santa es la celebración del camino de Jesús hasta la cruz y la Resurrección. Camino que se convierte en proceso de redención y salvación para toda persona que sufre la injusticia, la delación, la soledad, la maldad y la opresión de otros hombres.

Tengamos en cuenta que no tiene ningún sentido auténticamente religioso celebrar ritos encerrados en los templos, como nos han reducido ya en dos semana santas, si nuestra mente, nuestra oración y nuestro compromiso no carga con la cruz de todos los cubanos. Por eso, quisiera recordar al inicio de esta semana aquellos que hoy viven situaciones similares a las que vivió Cristo en la primera Semana Santa. Para que nuestra espiritualidad tenga sentido debemos compartir la vida de los que en Cuba viven la pasión del pueblo:

  • Los que son injustamente condenados en los procesos manipulados que intentan esconder las causas políticas con delitos comunes en una justicia selectiva. Y los que sirven en los tribunales de justicia para que sean siempre buscadores incansables de la verdad que los hará libres.
  • Jesús carga con toda la injusticia y con las estructuras de pecado de las que somos cómplices silenciosos y aterrorizados. Sin embargo, Cristo no se echa para atrás, no descarga en otros el peso de una cruz injustamente cargada sobre el inocente. He aquí la esencia del cristianismo y del seguimiento de Cristo: vivir para los demás, cargar con los demás, meterle el hombro a la carga de los pueblos, caminar con los que desfallecen y no zafarle el hombro al peso de la historia que debemos protagonizar y adelantar. Solidaricémonos con los que cargan sobre sus hombros con la responsabilidad de transformar para bien la vida de su pueblo. Roguemos también por los que le zafan el hombro y huyen, traicionan, se acomodan, o se esconden detrás de una falsa prudencia o incapacidad.
  • Acompañemos a los hijos de Cuba que se comprometen con la causa del bien, de la justicia, de la verdad, de la redención de las personas y de los pueblos… y a las madres que se encuentran con la respuesta de la injusticia: el castigo del justo y la absolución del criminal. Madres cuyo dolor no tiene ni nombre, ni precio, ni razón. Oremos por todas las madres cubanas. Especialmente por las madres, hijas, hermanas y esposas de los presos de conciencia y de los perseguidos por causa de su compromiso con Cristo y con Cuba.
  • Los que cargan con la cruz de las injusticias y son inocentes como Jesús. Nosotros debemos ser cireneos, o no seremos nada de cristianos. Así lo dice el Papa en el Rincón: “La indiferencia ante el sufrimiento humano, la pasividad ante las causas que provocan las penas de este mundo, los remedios coyunturales que no conducen a sanar en profundidad las heridas de las personas y de los pueblos, son faltas graves de omisión, ante las cuales todo hombre de buena voluntad debe convertirse y escuchar el grito de los que sufren.” Trabajemos para que en Cuba nadie que sufra, en el alma o en el cuerpo, se quede solo, o abandonado a su suerte. Oremos para que una gran ola de solidaridad, perdón, y amor responda a la ola de represión y odios. Nunca más la fuerza. Nunca más la difamación del justo. Nunca más la muerte. ¡El dolor convoca al amor!
  • Seamos como aquella valiente mujer a la que la tradición llamó Verónica. Vivamos nuestro compromiso con todo el que sufre injustamente la difamación y el escarnio, por los que son “ejecutados” moralmente por los medios de comunicación o por las calumnias de otros cubanos, y necesitan que le limpien el rostro, que le quiten la infamia, que le devuelvan la imagen dañada y desprestigiada. He aquí una manera concreta y solidaria de acompañar al que sufre. La Verónica no podía liberar a Jesús pero pudo limpiar su rostro. Nosotros, en la mayoría de las ocasiones, no podemos hacer mucho ante la infamia del inocente condenado y vilipendiado, difamado y registrado como un criminal, confundido con delincuentes comunes. Pero podemos ayudar a limpiar su rostro de la infamia. ¡Qué falta hacen muchas “Verónicas” en Cuba hoy!
  • Sobre el monte Calvario Jesús es expuesto a la vista de todos. Ha llegado la hora suprema. Pero queda un último escarnio. Queda la expropiación y la vergüenza. Jesús es despojado de sus vestiduras. Es lo último de sus pertenencias. A la luz de la media mañana el Hijo de Dios es presentado en toda la desnudez de la verdad y de la virtud. El inocente es despojado de sus vestiduras para que quede claro que no tiene nada que esconder, nada de qué avergonzarse. Es la total transparencia del inocente. Comprometámonos con las personas inocentes que, además de cargar con su cruz hasta la cumbre del sufrimiento, deben aguantar, ellos y sus familias, que los despojen de sus cosas, que le confisquen sus más íntimas y personales pertenencias. Pero sabemos que el despojo, el allanamiento y la confiscación injusta solamente dejan a la luz del día la desnudez de la verdad que lleva el inocente en su alma. Cuantos sufren hoy con Cristo el despojo y el saqueo deben tener la convicción profunda de que la verdad se abre camino, sola y sin ropajes. Ese tipo de despojo envilece a quienes lo perpetran y engrandece hasta el martirio a cuantos lo padecen en sí mismos o en sus familias. La transparencia es la mayor fuerza de los oprimidos. Oremos para que Cuba se haga transparente y multicolor como un vitral.
  • Jesús es clavado cruelmente a la cruz. Es la muerte destinada a los malhechores. La crucifixión es la muerte de los bandidos, de los segregados de la sociedad, de los maldecidos. Pero sólo pierde aparentemente, pierde a los ojos de los que no ven lo esencial de la vida. Fracasa en su obra a los ojos de los que no saben ver la profundidad de los acontecimientos. Al cabo del tiempo, la gente ensalzará su obra, y su cruz será convertida de un signo de escarmiento en timbre de gloria.
  • Solidaricémonos con los cubanos y cubanas que hoy son crucificados por sus propias familias, en sus trabajos, en sus barrios, en las calles y en los medios de comunicación de su país. Roguemos para que esas manos clavadas se extiendan para perdonar, para que esos pies, clavados al cadalso, reemprendan los caminos de la reconciliación y la paz. Que del pecho de los encarcelados y de los perseguidos, de los calumniados y vilipendiados, de las manos y las casa vacías de los que son registrados y confiscados, salga la redención de las víctimas y de los victimarios, el perdón de los crucificados y de sus verdugos.
  • Cuba vive entre el sufrimiento y la vida. Entre la cruz y la resurrección que no ha llegado. Cuba vive con la puerta cerrada y las piedras de nuestras intolerancias y del inmovilismo de los poderosos, cerrando las puertas al cambio necesario. Pero esas piedras, aparentemente inamovibles, serán removidas ante la vista azorada de los mismos guardias que la custodiaban como la puerta de la muerte. Al salir el sol, aquella piedra se convirtió en puerta de la vida. Así será en Cuba, lo creemos y lo esperamos.

Las puertas de la represión y de la muerte que hoy se cierran sobre nuestra Patria, se abrirán al amanecer y saldrán por ella la vida nueva, la vida resucitada de nuestro sufrido pueblo. La última palabra no es la del sufrimiento y la muerte. La última palabra es la de la Vida. Levantemos la vista y veremos que, por encima de los sufrimientos que hoy vivimos, se alza, triunfante y fecunda, la Vida. Cuba vivirá al fin, libre y serena, una vida nueva. Cuba vivirá en la justicia y la verdad. Cuba vivirá, por fin, en paz.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

*Publicado originalmente en Convivencia.

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.