Las colas del pollo y lo que fue un barrio residencial
Las colas interminables en Cuba han sido el talón de Aquiles del gobierno cubano, que ni en los peores días de la pandemia las pudo evitar
Las colas del pollo y lo que fue un barrio residencial

Ya nada será como antes. De eso estoy más que segura. Cuando todo pase, si es que algún día pasa, ya no existirán barrios tranquilos, despejados, sin tumultos, sin colas. En los últimos tres meses, barrios residenciales se dejaron invadir por la chusma enardecida detrás de un paquete de pollo. Y todo por la maldita crisis que ha significado la actual pandemia, esa que le ha cobrado la vida a miles de personas en todo el mundo. 

Las colas interminables en Cuba han sido el talón de Aquiles del gobierno cubano, que ni en los peores días de la pandemia las pudo evitar. El distanciamiento social y las medidas extremas que se exigían nunca marcaron en la cola, se quedaron en casa, mientras los malos hábitos y las indisciplinas sociales hacían filas de cuadras y cuadras para entrar a una tienda y comprar, al menos, un paquete de pollo. 

- ¿Quién es el último?

Martes 12 de junio. Hora 11:34 de la noche. Reparto Residencial Flores. 

- ¡Último! ¿No hay último? –grita una mujer y otra vez interrumpe lo que debió ser el silencio de la noche.  

Nadie responde a ese primer llamado, pero no es la primera vez que lo escucho en lo que va de noche, hace apenas una hora un hombre decía las mismas palabras, pero este sí recibió respuesta casi inmediata. Eso fue justo antes de que llegara la patrulla, de la que se bajaron dos policías y le dijeron a la gente que no se podía hacer cola a esa hora, que no estaba permitido.

 

 

Estuvieron en la esquina por unos 20 minutos hasta que sonó la planta del carro. 

“Carro 506 presentarse en 5ta y 186. Repito, carro 506 presentarse lo antes posible en avenida 5ta intercepción con 186”.

Después de eso la patrulla se fue, como mismo se habían ido minutos antes la gente que estaba haciendo la cola para el mercado de Flores. 

La señora que ahora gritaba pidiendo el último asumió que no había nadie más y pasó a ser la “primera en la cola”. Después siguieron llegando personas, más de 40 en el parque próximo a la tienda. Reían, hablaban en voz alta, prácticamente gritaban. Miro el reloj y son las 3:46 de la mañana, pero por el ambiente afuera parece que ya amaneció, que no hay pandemia, que no hay amenaza de virus, y que este, el barrio de Flores, no es una barrio residencial, donde antes, antes de la pandemia me refiero, en las noches no se escuchaba absolutamente nada, en realidad se escuchaba bien poco hasta de día.  

Jueves 21 de junio. Hora 2:06 de la madrugada. Reparto Residencial Flores.

Hace apenas 15 minutos que apagué la luz de mi habitación. Ya tenía sueño y no quería seguir viendo series, tengo que ahorrar capítulos, no sé hasta cuándo dure este encierro. He tratado de mantener mi ritmo de vida, solo algunos días me he acostado bien tarde, casi que a las cinco de la mañana, el resto oscila entre la una y las dos de la mañana, como hoy. 

Hoy mi migraña ha estado activa, llevo dos días con dolor de cabeza porque ya no tengo café, el de la bodega se ha acabado y en las tiendas recaudadoras de divisas tampoco hay. Trato de dormir, tengo que descansar. Son demasiados días en casa, exponiéndome de más a la pantalla de una laptop, violando horarios de sueño, cambiando los ritmos de trabajo, mal comiendo o comiendo a deshoras. Mi migraña me ha pasado la cuenta. 

No hay nada peor que despertar sobresaltada, eso me activa el dolor de cabeza como nunca. Pero bueno, hoy ya me dolía la cabeza antes de dormir, solo que ahora se agudizó. Me asomo a la ventana, el ruido me despertó. Hay cuatro patrullas, más de 15 personas entre policías y vecinos. Una voz da la orden, es el tipo de la boina negra, algunos hombres uniformados entran a los carros y aceleran, otros corren en direcciones opuestas, los vecinos que se quedaron en la esquina indican que por la calle de la derecha se han escapado los que estaban haciendo la cola.

Esas personas no eran del barrio, nadie sabe de dónde han salido tantas personas en los últimos tiempos. El transporte público está suspendido, sin embargo por Flores, ese reparto que antes parecía muy lejos para los que viven en La Habana, pasan diariamente más de 400 personas. Un día escuché a una mujer en la cola decir que venía desde el parque Lenin a buscar comida: había caminado más de 12 kilómetros con dos hijos pequeños. 

Recuerdo que esa noche, la del 21 de junio, dormí poco. A cada rato escuchaba voces, otra vez las voces. Las patrullas se habían ido, solo quedaban dos viejos en el parque que avisaban a los próximos que llegaban pidiendo “último”, que se fueran, que no podían hacer cola, que sino iban a llamar otra vez a la policía.

Viernes 29 de junio. Hora 4:10 de la tarde. Reparto Residencial Flores.

A esta hora no intento dormir, solo leo un libro en la azotea de mi casa. Me escondo del sol y leo. Tomo un café y leo. Escucho una gritería, y paro de leer. Antes no se escuchaban griterías en Flores, pero ya lo he dicho, fue antes, antes de que llegaran tantos mirones a Flores, tanta gente que no había visto antes, tanta gente que nunca antes había venido a Flores. No puedo seguir leyendo, me asomo a ver qué pasa.

“Yo estoy aquí desde por la mañana y no me voy a ir sin comprar. Si no me dejan entrar, ¡vamos a ver a cómo tocamos!”.

Gritaba una mujer a dos policías. En estos tiempos se ha vuelto común eso de gritarle a los policías. 

Resulta que desde muy temprano, casi de noche para algunos, ha comenzado la cola para entrar al Centro Comercial Flores. Diariamente reparten un aproximado entre 250 y 300 tickets, pero algunos que no alcanzaron ese cartón mágico se adicionan al final de la cola para intentar “clasificar”.

La mujer que gritaba decía que estaba desde por la mañana, y yo, que me acuesto, me levanto, desayuno, almuerzo y me tomo el café de la tarde viendo el mar de gente en la cola, le creo. No dudo que esa mujer llevara más de seis horas en la cola, al sol, sin tener dónde sentarse, sin respetar el tan nombrado aislamiento social, sin poder levantarse el nasobuco para poder respirar con tranquilidad, calculando cuántas personas con ticket había delante de ella, mirando en su reloj que la hora de cerrar la tienda se acercaba.  

Cuando los guardias y policías que organizan la cola en Flores se dirigieron a las casi 80 personas que aún quedaban para decirles que no iban a poder entrar todos porque la tienda ya casi iba a cerrar, otra vez comenzó la gritería. La gente reclamaba que no se iban a ir antes de comprar, que no era justo. Entonces apareció uno de los tres Tenientes Coroneles que custodian el supermercado y dio la orden de que todos podían pasar y esperar a ser atendidos en el parqueo de la tienda. Solo después de eso se volvió a escuchar un silencio en el barrio.

 

 

Domingo 1 de julio. Hora 8:00 de la mañana. Reparto Residencial Flores.

Recién me despierto. Me asomo a la ventana y aún llueve. Se ha pasado toda la noche lloviendo. Hay poca gente en la cola, casi nadie. Me cambio de ropa, me pongo el nasobuco y saco el paraguas. Pido el último, y justo en ese momento me doy cuenta que he olvidado cepillarme los dientes, pero no importa, nadie lo notará, eso es lo mejor de llevar nasobuco, no tienes que preocuparte por la escasez de pasta dental, al final, nadie sabrá si hueles mal. 

Hoy la cola de Flores es diferente, hoy sí reconozco a algunos vecinos. Hoy no ha venido la señora con sus dos hijos desde el Parque Lenin, tampoco está la mujer gritona que no le teme a la policía. 

La tienda no abre hasta las 9:30 de la mañana. Hace exactamente 26 días que no entro a la tienda, la última vez que lo hice juré que compraría lo suficiente para no tener que hacer más la cola, pero no puede mantener mi palabra. Ya me he quedado sin provisiones. Tuve que volver. 

En la cola está María, nunca he hablado con ella pero escucho su nombre todos los días, cada mañana me despierto con su nombre. María es mi vecina, vive justo al lado de mi casa pero no somos amigas. Justo a las 10:00 de la mañana la doctora de la posta le grita a María, le pregunta cómo está, le dice que se cuide y luego continúa la pesquisa.  

María ahora está hablando con otro señor, él es jardinero, lo he visto muchas veces por mi cuadra. No se cómo se llama. Mi instinto de periodista no me deja despegarme de la conversación. Yo estoy sola en la cola, mi paraguas está roto y casi que me estoy mojando, ya me aburre estar ahí, así que escucho lo que todos hablan. Mis preferidos son María y el jardinero. 

“Es una lástima todo lo que ha pasado. Flores antes no era así. Ahora tengo miedo de tanta gente. No me gustan sus caras” –escuché decir a María.

El jardinero le respondió pero no alcancé a escuchar bien, es un señor mayor y con el nasobuco puesto no se le entiende casi nada. Pero si yo le hubiera tenido que responder a María le diría que también me siento así, que tampoco me gusta  la idea de tener a tantas personas merodeando todo el día mi casa, mis ventanas, viendo por donde entra el perro, cómo cierro la puerta cuando tengo que salir… 

Cuando todo pase, si es que algún día pasa, Flores no volverá a ser ese barrio residencial que ensordecía con su silencio, demasiadas voces han violado su mudez.