La fabiana, un molusco que perdió su inmunidad

Los pescadores de Jaimanitas acaban de añadir una nueva especie a la alimentación: la fabiana, un molusco muy parecido al pulpo que hasta hace poco  era considerado no comestible y que en lo adelante pujará con los precios de la fauna marina.

Pedro Pérez Otaño, alias ´Chichi´, vecino de Jaimanitas y respetado entre los marinos como una institución, cuenta que la fabiana jamás se pescó, por la leyenda que existía alrededor de su origen y ahora los pescadores la incorporaron al negocio. 

´Chichi´ establece las diferencias de la fabiana con el pulpo.

"El pulpo cuando se siente amenazado se enrosca y toma la forma y el color de una piedra, en cambio la fabiana ante el peligro se estira como una liga, tanto que casi desparece enmascarada con el fondo. Su color es tornasolado, tirando a rojizo. Tiene un tentáculo más que el pulpo. Su piel es más suave y no es grumosa. Quien desconoce el mar no ve la diferencia, los pescadores sí". 

"Históricamente cuando buceábamos y las veíamos en el fondo las ignorábamos, porque la leyenda decía que si las mirabas fijo quedabas hechizado y te ahogabas. Sabíamos que estaban allí, pero ni locos las cogíamos. Ahora con esta arremetida dudo mucho que alguna se salve. Es una nueva fase que ha tomado la pesca en Cuba producto de la crisis, donde no se perdona nada".

 

Otro pescador consultado sobre esta especie marina es Mingo, quien reconoce que la fabiana fue siempre un tabú entre pescadores, hasta hace poco que se rompió su estigma.

"Se especulaba que eran venenosas, que traían la desgracia en  la familia de quien la pescaba, hoy todo eso es cosa del pasado, simple superstición". 

Mingo señala que primero comenzaron a vender la fabianas ligada con los pulpos y luego sola. Nadie que la ha comido ha muerto, incluso algunos aseguran que saben mejor.

"La libra de pulpo se disparó en los últimos tiempos hasta los 4 CUC, por la demanda de los paladares, que los compran todo. Hay dueños de restaurantes que incluso pagan el pupo por adelantado, antes que lleguen a la orilla. Con la fabiana sucederá lo mismo, porque no se nota su diferencia. Ningún pescador cuando vende una ensarta, alertará: Esto es fabiana. Dirán: pulpo, y se las arrebatan de las manos".  

"Nunca he comido fabiana", confiesa Mingo, "por el misterio que siempre la acompañó. Soy hijo de pescadores, mis padres y mis abuelos siempre vivieron del mar. En mi casa nunca se mencionó ese nombre. De niño, cuando mi padre me enseñó a pulpear, señalaba aquello estirado en el fondo y me decía con el dedo: ´No. Peligro´. Ahora los pescadores entran al mar a buscarlas donde estén. A las pobres fabianas se les acabó la inmunidad".