Gloria deportiva de Cuba vende café en la calle y esconde la bola a la policía

Desde Jaimanitas llega la historia de una otrora estrella de Industriales y el team Cuba que para sobrevivir debe vender café y ocultar permanentemente la bola a los policías
Estadio Latinoamericano de La Habana, casa de Industriales
 

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Detenido en la calle el policía le grita:

“¡Yo soy la autoridad y si le digo: ciudadano párese ahí, usted tiene que obedecer!”

El hombre detenido tiene casi 80 años y aun así no parece viejo. Es de raza negra, pero está blanco como un papel, quizás no por miedo al ser sorprendido in fraganti, sino por la vergüenza de que otro hombre le hable con ese tono alto en público y él no pueda ripostar.

Un grupo de curiosos se junta en la esquina a ver qué pasa. El detenido es muy popular en el pueblo porque vende paquetes de café y tiene buena clientela, pero también por ser una admirada gloria deportiva. En los años 60 y 70 fue un atleta de alto rendimiento, en el deporte que más pasiones despierta en la isla: el béisbol. Integró durante muchos años el equipo Industriales y dos veces el equipo Cuba. Puso en infinitas ocasiones las gradas de pie con sus jugadas espectaculares, cuando se robaba segunda base o conectando el hit ganador. Es ¡Guaitabo!

El policía tal vez no sabe que es Guaitabo, o quizás no le importa, a fin de cuentas él le va a Orientales, el eterno rival de Industriales, y para el policía el hombre detenido es solo un vendedor clandestino de café, al que le tiene un seguimiento desde hace días, pero no tiene pruebas para acusarlo, porque cuando el Guaitabo escuchó a media cuadra la potente voz de la autoridad, conminándolo a detener la marcha, como en los viejos tiempos de estrella deportiva, el Guaitabo se escabulló en un zaguán y puso a salvo la jaba con la mercancía.

Luego salió a la calle muy campante, con esa gallardía que a sus 80 años conserva y le preguntó al policía: “¿qué pasa?”. 

Esa jugada de bola escondida que tanto le gustaba hacer a Guaitabo en la grama, junto a su compinche Urbano González, de esconder la bola en el guante y tocar al corredor fuera de base y ponerlo out, molestó en demasía al militar, que se sintió ofendido, burlado y continuó su diatriba contra él.

“¡Porque yo sé que usted vende café y hace rato que lo estoy velando! ¡Y cuando lo llamé se metió en el pasillo y escondió la jaba!”. Pero el Guaitabo continúa imperturbable, blanco como un papel y la mirada perdida. Mireya, una vecina de enfrente, cliente Guaitabo, lo nota y le lleva un vaso de agua. El policía continúa con la injuria: 

“¡Usted vive en extensión de Almendares y no tiene nada que buscar en Jaimanitas! Si lo vuelvo a ver por aquí me lo llevo preso”.

La blancura del rostro Guaitabo se vuelve preocupante y algunas mujeres piensan que se va a desmayar, porque el vendedor camina mucho tiempo por el pueblo bajo el sol, a veces sin desayunar, para vender el café que lo sustenta. Su pensión de Gloria deportiva no alcanza.  

“¡Porque eso que usted hizo al meterse en el pasillo se llama Invasión de domicilio y si alguien lo acusa es una causa y va a juicio!”.

La gente está de parte del Guaitabo, pero nadie interviene. El policía echa una ojeada a las personas que observan la escena, que por dilatada se torna absurda. De repente penetra en el pasillo como un sabueso en busca de la jaba, pero todas las puertas están cerradas, no la encuentra y cuando sale Guaitabo se ha repuesto, su rostro es el de siempre, el de pelotero atento a la jugada.

“¿Puedo continuar?, le pregunta al policía.

Y cuando toma la seña que de mala gana lo libera, como en los viejos tiempos se escabulle por una calle lateral y se roba el home. Sabe que el café está a buen resguardo. Solo debe regresar una vez se haya ido el policía y en lo adelante tomar precaución para no ser cogido fuera de base. Esperar que trasladen a otro sector al agente y él pueda regresar a abastecer a sus clientes de Jaimanitas, con ese café mañanero que tanto esperan. El que dan por la libreta de racionamiento no alcanza.