Proteína en tiempos de pandemia

Francisco Correa rememora una anécdota del período especial, cuando un amigo suyo del barrio "cazaba" perros para alimentarse, una práctica que pronto puede volver a producirse, si es que no lo está haciendo ya
Perros callejeros en Cuba
 

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Algo que nunca olvido del periodo especial y que en estos días regresó como un deja vu, fue la tarde que llegué a casa de Prematuro y lo encontré frente al fogón, deleitado con la carne que cocía en una olla.
 
Era 1993 y como ahora no había carne en La Habana. El pollo había desparecido. También el cerdo. Aquel olor seguramente resultaba penado, si se escarbaba un poco en su procedencia. Prematuro tapó la olla, se volvió y me dijo: 

-Pasa, no te preocupes. Es solo un perro.

Su testimonio, casi surrealista, detalló la forma de la caza. Fue de noche, ayudado por su amigo Consorte, aquel hombre enjuto que sentado en un taburete picaba cebollas. 

Sobre la mesa había un envoltorio para botar: vísceras, cuatro patas, el pelaje, y la cabeza de un pastor alemán donde unos ojos vidriosos miraban absortos a sus asesinos.
 
“Era un magnífico animal”, confesó Prematuro. “Lo cogimos amparados en la noche, con inteligencia. Teníamos su posición controlada, ¿verdad Consorte? Le hice una escaramuza al otro lado y cuando fue a ver, encestaste el pedazo de carne envenenada en su plato. Tenía que caer dentro, o no la comía. Un verdadero pura raza”.
 
“Cuando vio la carne en el plato se detuvo extrañado, dudando. ¿Te acuerdas Consorte? ¿Estaría pensando el condenado? 

“Esos tipos no piensan”, dijo Consorte y echó las cebollas en un sartén con grasa. Luego se alejó hasta un camastro, se quitó la camisa y se secó el sudor del cuello. La hizo un bulto y se acostó usándola de almohada. La mala noche lo durmió rápido. 

Prematuro y Consorte ya tenían marcado un dálmata, de un mayimbe del gobierno, en el barrio Siboney. Su estrategia consistía en estudiar la casa, los dueños, la retirada. Su amigo Consorte era ágil para saltar la cerca en cuanto el veneno lo aletargara, y después lo pasaba al otro lado y Prematuro lo amarraba a la parrilla y se alejaba pedaleando. Consorte luego regresaba por otra calle. 

A los callejeros no los tocamos, al contrario, les guardamos las sobras. Pero a los otros, la burguesía, no les daremos tregua. No hay carne en ningún lado, bien, pero no me voy a morir de hambre”.

Se quejó que a Consorte no le gustaba el perro, prefería bucear en los latones de basura y traer al cuarto toda clase de desperdicios.
 
“Una vez me dijo que era fan a los gatos. Y también la posibilidad de comer ratones, aseguró eran sumamente nutritivos y proteicos, una historia rara de ahogarlos en un cubo con agua, donde expulsan las toxinas con un chillido antes de morir”.
 
Lo estudió un momento, dormido en el camastro. Bromeó con su amigo:

“Míralo, una digna pieza. Observa esos muslos… y ese pecho. Si la soga sigue apretando y la policía se pone para coger al que se está robando los perros, Consorte es mi amigo, mi yunta, lo voy a sentir en el alma, tal vez no tenga perdón de Dios, pero no dudaré un segundo. Quizás resulte delicioso, en buen punto de ajo”, soltó una carcajada y continuó removiendo la carne.

Hace poco, 18 años después de aquella anécdota, lo visité nuevamente en su cuarto de la calle Primera y estaba cocinando igual que aquella vez, frente al fogón, deleitado en el olor que despedía, pero cuando me vio tapó la olla y me sacó a la acera. 

“Estoy esperando visita. No puedo atenderte ahora”.

Le pregunté cómo le iban las cosas y me dijo que de mal en peor. Indagué sobre su yunta Consorte, y me dijo que no estaba, no lo veía hace rato. “Desapareció sin avisarme”.  

Nos despedimos. Todavía en la esquina percibí a través del nasobuco, el olor del condumio que preparaba. Alejé los malos pensamientos. Preferí creer que Consorte se casó en otro barrio y Prematuro se espantó una cola de horas para comprar pollo, o en el mejor de los casos le sonrió la suerte y se empató con algún pedazo de cerdo que alguien vendió de manera secreta, para preparar una cena de amor con alguna de las solteronas de la calle Primera.

 

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