La guapería con glamour da un mismo resultado: violencia y muerte

Aunque hoy los jóvenes ejerzan la guapería con algo de glamour, buen vestir y en las redes sociales, el resultado seguirá siendo el mismo: violencia y muerte. "Cuba es un país violento por arraigo y tradición", afirma un entrevistado de ADN Cuba
Ricardo Brayams Diego Ruiz
 

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La muerte del joven Ricardo Brayams Diego Ruiz a mano de otros dos jóvenes en una playa ubicada al este de La Habana llevó la tragedia y el dolor a tres familias: víctima y victimarios. Se cumplió así un ciclo de violencia y de muerte que no solo recae en la responsabilidad personal de estos tres jóvenes, en su educación familiar o en su contexto, sino en la de un régimen que poco le ha interesado coartar la evolución de la violencia en los barrios marginados por una política de estado.

Ser guapo, ejercer la guapería como lógica de vida, no es un destino que se elige por decisión personal. Naces en un territorio en desventaja social, marginado, y tienes que lidiar con el entorno: un país donde el trabajo remunerado no representa la fuente principal de ingresos que sustenta condiciones de vida dignas, que permite elevar el bienestar material y espiritual y la realización de los proyectos individuales, colectivos y sociales.

Los adolescentes y jóvenes, fundamentalmente de aquellas familias más necesitadas, crecen en una visión torcida que es familiar, colectiva, social. Donde el respeto es interpretado como un estatus que solo se obtiene a través de la violencia, y que debe ser conservado con la violencia.

Tanto la guapería como la violencia, una de sus consecuencias más inmediatas, no suelen ser abordadas con una regla de proyección única. En los relatos que describen el por qué y el cómo del homicidio del joven Ricardo Brayams se adolece de superficialidad. Una muerte que no se entiende precisamente porque se desconocen, o se niegan, cuáles pautas se conjuraron para el desenlace trágico.

Conversar con Rogelio, recordado aún como uno de los “históricos” en los ambientes más violentos de Cuba quizá deja algunas pistas para intentar esclarecer que, más allá de morir a manos de otros dos jóvenes, Ricardo Brayams fue víctima de un país que durante décadas se ha negado a replantearse su visión de la violencia.

Rogelio tiene 61 años. En su cuerpo se exhiben “condecoraciones de guerra” [heridas por arma de fuego y armas blancas] y todavía conserva una mirada que inquieta, que escudriña, que alerta sobre elegir bien las palabras para referirse a su persona. A pesar de su edad, todavía lo consideran “incómodo”, término que en el ambiente se utiliza para describir a un oponente que es “definitivo”: un hombre temido y sin temor.

Al preguntarle sobre el homicidio del joven Ricardo Brayams se toma varios segundos. Es su actitud natural medir cada palabra, su juicio sobre algo que considera complejo porque “el tacto es la única bala que no falla”. Rogelio lleva a cuestas dos vidas finiquitadas. 

“Lo primero es que esa tragedia, la muerte de ese muchacho, no debe ser tomada como ejemplo. No es el primero que cae, y mucho menos será el último. Es lamentable, pero hay que decirlo. Las personas creen que la guapería es mala, pero no. Malo es el ambiente, el lugar donde naces y creces, donde estás confinado a sobrevivir, donde a veces solo existen dos rutas: vivir o morir según el lado en que estás del arma”, asegura Rogelio.

Sobre los rumores que encausan el homicidio del joven Ricardo Brayams como una disputa entre indísimes [miembros de la hermandad Abakuá], Rogelio acota que ese “es el aspecto menos importante, el argumento más fácil que de paso desacredita a toda la comunidad ñáñiga”. 

“Decir que este muchacho era ñáñigo, así como sus ejecutores, es encerrar el dilema en la mitad de un coco. El honor es la motivación única por la cual un ñáñigo toma esa decisión y previamente debe ser consultada por la jerarquía de tu potencia. No es una decisión que se toma o se ejecuta desde lo personal. Este muchacho cae por erróneas interpretaciones de la guapería mezcladas por la circunstancia que le tocó vivir”, apunta Rogelio, quien asegura conocer a varios parientes del joven Ricardo Brayams.

Cuando suceden estos trágicos eventos, donde el peso de la tragedia también recae en los homicidas “porque una muerte no es una carga fácil de llevar a cuestas”, la primera sentencia de la sociedad es concluir que “la guapería no da nada”.

Lo que no da nada es vivir en la pobreza, en la constante necesidad, en la carencia, de estos barrios: ser obreros calificados, o cuando más un técnico medio. Por eso luché porque mis nietos crecieran en otro país, en una circunstancia donde la guapería no tiene alimento y, por tanto, no germina”, apunta Rogelio con evidente alivio de que sus cuatro hijos y seis nietos vivan actualmente en los Estados Unidos.

“Cuba es un país violento, por arraigo, por tradición, por idiosincrasia. O acaso nos vamos a olvidar de que había que ser guapo para cargar al machete. Que hoy los jóvenes ejerzan la guapería con algo de glamour, buen vestir y en las redes sociales, el resultado seguirá siendo el mismo: violencia y muerte. Porque sigues en el mismo barrio, en el mismo círculo de pobreza, en el mismo país”, concluyó Rogelio.

 

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