Historias no contadas del Periodo Especial en Cuba
Aunque se ha escrito mucho sobre el “Periodo Especial”, aún quedan historias no contadas sobre esa etapa absurda de la Historia de Cuba, que puso en su más alto sitio el carácter “recursivo” de los cubanos
Cuchillo de Cocina. /Foto: José Carlos Cortizo Pérez. Flickr

Aunque se ha escrito mucho sobre el “Periodo Especial”, aún quedan historias no contadas sobre esa etapa absurda de la Historia de Cuba, que puso en su más alto sitio el carácter “recursivo” de los cubanos.

Fernando era un joven poeta de Guantánamo, que había ganado varios premios en concursos locales, pero en 1993 tuvo que dejar las letras y embarcarse hacia La Habana junto a una brigada de albañiles, a trabajar en la UNECA (Unión de Empresas Constructoras del Caribe), a levantar hoteles para el turismo internacional en la capital de la Isla bajo el lema: “Hay que salvar la revolución”.

“El campamento estaba situado en Tercera y 70— recuerda Fernando—, a pesar de ser un lugar céntrico, la vida allí era peor que un presidio. Por la tarde, cuando llegaban los camiones de las obras, los hombres se tiraban por la baranda, corrían al comedor y se llevaban la comida para un cubículo, donde la repartían por orden de tamaño. Muchos nos acostábamos sin comer”.

El hambre se había generalizado en Cuba, y para los albañiles de la UNECA fue peor.

“Recuerdo una tarde que llegó un camión al campamento cargado de sacos de papas, el almacenero no estaba; como vivía cerca los camioneros lo buscaron para dejarle la carga y al regresar al campamento quedaron perplejos, el camión estaba vacío”, cuenta Fernando.

Los choferes dieron la mercancía como entregada y se fueron, y el almacenero, que era habanero pero cúmbila de los albañiles, no quiso perderse el espectáculo de la sobrevivencia y aquella noche durmió en el albergue.

“No podía perderse el espectáculo de las fogatas orientales en la noche, hirviendo papas”.

Fernando dejó el campamento en 1994 y se fue a vivir con una joven de Marianao. Allí fue donde recibió el “aplastón” del Periodo Especial, con toda su crudeza.

“Teníamos un truco— recuerda— con acetato pegábamos sobre la casilla marcada del pan otra casilla en blanco, recortada de una libreta de abastecimiento vieja. Así cogíamos el pan doble. Con eso sobrevivimos un tiempo, de pan con aceite”.

“Un día encontré en un closet una pecera, la vendimos en novecientos pesos. El dinero cubano valía poco. Novecientos pesos no era nada”, cuenta.

 

 

“Ya no pensaba en la poesía— continúa Fernando— Todo era la supervivencia. Un día fuimos de visita a casa de su hermana, en el reparto militar de playa Baracoa. Vivía en un segundo piso, era esposa de un Mayor. Desde su balcón se veía la carretera Panamericana y más allá una cerca de púas, donde comenzaba una llanura de un kilómetro con una vaquería al fondo. Estaba también de visita ese día mi suegra. De pronto escuchamos un grito: 

“¡Vacaaaa…!”.

Venía de la llanura. Una mujer agitaba los brazos, y gritó otra vez: 

“¡Vacaaaa!”.

“Fue un llamado de guerra— dice Fernando—. De los apartamentos comenzaron a salir personas y a correr rumbo al grito, con cuchillos y sacos. Mi suegra, que era bastante posesiva, me dijo: ‘¡Dale, rápido, coge el cuchillo y el saco y ve, trae carne!’”.

“Por impulso bajé las escaleras y corrí con la gente. Cruzamos la Panamericana y nos deslizamos por debajo de la cerca de púas sin engancharnos y corrimos en grupo por la llanura. Delante de mí corría una gorda, que era la presidente del CDR y esposa de un Capitán, yo la seguía… aunque no sabía para dónde, ni por qué corría.

“Cuando llegamos donde estaba la mujer, vimos en la hierba una vaca muerta, sin los cuartos traseros. La carne roja brillaba en el sol. Por inercia me lancé con la gente sobre el animal, mi cuchillo tenía filo, corté un pedazo, lo metí en el saco, fui a cortar de nuevo pero otro vecino se adueñó del sitio y regresé corriendo al apartamento, asustado por el delito. ¡Yo, un poeta! Vuelto un chacal”.

Según relata “todo ocurrió en cuestión de minutos”:

“Los vecinos se encerraron en sus casas, a cocinar sus trofeos, y mi suegra me felicitó por mi rápida actuación y el pedazo que luché. Era buena cocinera, hizo ropa vieja. Un grato olor a carne de res inundó esa noche el reparto militar”.

Veinticinco años después, Fernando escucha con temor la noticia de que “aquellos tiempos” regresan y sonríe. “Nunca será igual, porque ‘aquello’ fue una escuela y nos enseñó a lidiar con lo que fuera. Quiero regresar a la poesía. También escribir cuentos. Tengo un relato que me da vuelta en la cabeza. Una historia sobre un desatino colectivo de autodefensa, en un reparto militar, titulado: ‘Sigue a la vaca’. Pero no precisamente a la presidente del CDR…”.