El regreso de la fiebre del dólar
Con las nuevas tiendas en divisas para alimentos y artículos de aseo Correa cree que regresará la fiebre del dólar al Cuba, como esas fiebres monetarias que han provocado leyendas en la isla del tipo de la del tesoro del francés de Palma Soriano
Dólares
 

Con la apertura de las nuevas tiendas en dólares, los billetes verdes colman otra vez los sueños de los cubanos. Sobre todo de aquellos que no tienen familiares en el extranjero, una de las pocas formas de alcanzarlos.

En Palma Soriano, en la empinada calle Paquito Borrero, hay una vieja casona construida por un francés en el siglo XVIII. Su actual propietario, Fernando Guerra, ha vuelto por estos días a la locura de escarbar los cimientos, buscando un tesoro que según la leyenda enterró su antiguo dueño. 

“En varias ocasiones he intentado encontrarlo”, cuenta Guerra haciendo un descanso con la pala y secándose el sudor con un pañuelo, “pero nunca he acertado. En una ocasión traje a un amigo con un detector de metales. Se encendió el bombillo en varios puntos de la casa, pero solo encontramos bisutería, dos cucharas y muchos cacharros del tiempo de la colonia, pero del oro nada”.

La leyenda del tesoro escondido sobrevivió por generaciones, gracias a la tradición oral. Un francés muy rico levantó la casona en la colina y en sus últimos días de vida perdió la razón y enterró su fortuna en alguna parte. Un cofre lleno de monedas de oro, de joyas y piedras preciosas

La mansión, elevada en el promontorio que es hoy la calle Borrero, sufrió modificaciones con el paso del tiempo y jamás sus moradores se preocuparon por buscar la fortuna, hasta que una noche en el periodo especial el francés se le apareció en un sueño a Guerra para confirmarle la veracidad del enterramiento.“Me dijo que lo buscara, que me pertenecía. Estuve removiendo la tierra durante meses, pero no encontré nada. Me quedé con esa obsesión y cada cierto tiempo, cuando la soga me aprieta, abro un hueco por aquí, otro por allá, a ver si con un golpe de suerte acierto y me salvo, pero siempre es en vano. Sin embargo, tengo la corazonada de que un día voy a encontrarlo”, dice Guerra.

En una ocasión Guerra regresó de La Habana con dos “buscadores de tesoros”. Uno de ellos especializado en encontrar botijas y cofres enterrados por antiguos hacendados en las zonas cafetaleras de la antigua provincia de Oriente y el otro un médium, que se comunicaba con los muertos. Otra tentativa fallida.

La esposa de Guerra se queja de su marido. Señala que han acabado con el piso y la última vez, como no encontraron losas nuevas para repararlo, quedó hecho un desastre.

“Toda la casa conservaba el piso original, que era de mármol blanco”, comenta la esposa, “pero en los años 90, cuando el periodo especial se nos vino encima, el loco de mi esposo lo destruyó por completo, buscando el famoso oro del francés que yo creo que es solo un viejo cuento. Pero el pobre, la situación actual lo tiene tan desesperado que se agarra hasta de un clavo caliente para buscar el dinero que hace falta, que ahora si no son dólares no sirve”. 

“Tuvimos que convivir dos meses con aquellos dos hombres extraños, que no se bañaban y parecían salidos de una película. Había uno que parecía tostado de la cabeza, porque hablaba con el suelo como si alguien allá abajo lo escuchara. Cuando por fin se fueron nos quedamos con los huecos abiertos y como siempre, sin un centavo”.

Fernando Guerra no desiste en su empeño. Jura que esta vez sí encontrará el cofre que lo sacará de la miseria. 

“Voy a escarbar más profundo, voy llegar a los dos metros, porque tengo una fe ciega en las palabras del francés”, arremete con el pico, luego saca la tierra con la pala y la deposita en el montículo que va creciendo lentamente. Cuando toca algo duro sus ojos brillan y la expectación se apropia de su semblante, luego se ensombrece al descubrir que es solo una piedra, o tramos de una antigua cañería de desagüe.

A lo largo de la isla mucha gente hoy sueña con un golpe de suerte. En el caso de Guerra es el tesoro escondido por el francés, en el de otros el juego al azar, y los de más baja catadura miran a actos de barbarie con el fin de conseguir esos dólares que les abran las puertas de las nuevas tiendas.