De alto oficial a manejar un bicitaxi: el final del camino para un militar cubano

El bicitaxi se desplazaba con una lentitud desesperante, como si arrastrara todo el cansancio y la bancarrota de Cuba
El exmilitar conduciendo un bicitaxi. Foto: Cortesía del autor
 

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Subimos a un bicitaxi en el barrio Santa Fe, de La Habana, en la calle del banco. Pedimos al conductor que nos llevara hasta el reparto El Roble, donde vive una mujer que hace cake de cumpleaños. Notamos algo extraño: el bicitaxi se desplazaba con una lentitud desesperante, como si arrastrara todo el cansancio y la bancarrota del país.

El conductor era un anciano que a esta altura de la vida debía estar sentado en su casa, descansando de su larga existencia. En cambio, pedaleaba el carricoche mientras gastaba de su reloj biológico las últimas energías.

Para olvidar la lentitud de la marcha le saqué conversación. Tenía 75 años, dijo, y acababa de comprar dos chuletas de cerdo que le costaron 400 pesos.

“Es lo que costaba antes diez puercos enteros, y por dos ajíes pimientos para los frijoles… ¡90 pesos! Tuve que pagar, para darle algún sabor a la comida”.

Le dije en broma que seguro Díaz-Canel no sabía del abuso de los precios y entonces se enojó: “Lo sabe. Muy bien. Lo sabe todo, hasta del lado de la cama que uno duerme”.

Aunque el anciano parecía esforzarse con los pedales el bicitaxi continuaba igual de lento. Tuvimos pena de él. Mi esposa quiso bajarse y caminar para evitar tanto esfuerzo al hombre. Podía ser su abuelo. Tal vez padecía alguna enfermedad que terminaría matándolo, o necesitaba el dinero para sus medicinas… No podíamos suprimirle la ganancia de su honrada labor, yo sentí enormes deseos de tomar el timón y llevarlo para que descansara.

En el entronque de Cangrejeras hay una loma y caminé ese tramo junto al bicitaxi, para ahorrarle peso. Le pregunté si tenía hijos y me dijo que tres, pero vivían en los Estados Unidos. Apenas se acordaban de él.

“Mi jubilación es de 1500 pesos, que se me van como agua, en los frijoles negros y dos ajíes, por eso tengo que pedalear el día entero, aunque no puedo competir con los muchachones por lo menos me da para un poco de comida”, contó.

“Lo he dado todo por este país”, dijo de pronto, “y al final no he recibido nada. Yo que fui un alto oficial de una base de cohetes, ahora la mecha apenas me alcanza para pedalear”.

No lo quise creer, pero lo juró tres veces. Alberto Francis Rodríguez, teniente coronel retirado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, no atesoraba nada de sus antiguos privilegios, solo la autorización de manejar el bicitaxi sin licencia.

“El otro día una inspectora me puso una multa de 2000 pesos, porque no tenía documentos de mi permiso para manejar un bicitaxi. Aunque le dije que el Estado hacia cinco años no entregaba licencias para la actividad me puso una multa, y hasta quería decomisarme el equipo. La desaparecieron de la faz de la tierra. Esa más nunca en su vida es inspectora de nada”.

¿Y un auto? ¿Por qué nunca le dieron un auto?, le pregunté al veterano exmilitar cubano.

“Nunca me preocupé por tener uno, contaba de la unidad militar con un jeep y dos Ladas a mi disposición, pero al retirarme tuve que entregarlos. Cuando pedí que me asignaran un carro era tarde. Ahora la gente nueva es la que corta el pastel. A mí me corresponde este viejo carricoche… nada más”.

Llegamos al final del camino y le pagamos. Le deseamos suerte, con su bicitaxi y sus frijoles negros. Luego lo vimos alejarse por la calle buscando más clientes. Con la misma angustiosa lentitud del país y su carga de tanto esfuerzo inútil. De una vida perdida para no llegar finalmente a ningún sitio.