Sacerdotes católicos retoman histórica denuncia por crisis en Cuba
Sacerdotes en Cuba han retomado la histórica pastoral “El amor todo lo espera” (1993), la declaración más contundente de la Iglesia Católica sobre males en que el castrismo ha sumido al país
Rayo de luz sobre ruinas en La Habana. Foto: ADN Cuba
 

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Sacerdotes de la Iglesia Católica en Cuba han retomado la histórica Carta pastoral “El amor todo lo espera”, documento con el que los obispos cubanos se refirieron en 1993 a la difícil situación cubana bajo el régimen, y que es hasta el momento la declaración más contundente de esa institución sobre los males en que el castrismo ha sumido al país.

El sacerdote cubano Juan Lázaro Vélez González, escribió unas palabras introductorias a la pastoral, que volvió a salir a la luz publicada por el Centro de Estudios Convivencia.

Vélez González, párroco de Mantua, explicó que retomó la Pastoral a instancias de Mons. José Siro González Bacallao, Obispo Emérito de la Diócesis de Pinar del Río, “ante los acontecimientos de incertidumbres y desasosiegos que viven nuestros queridos hijos espirituales y hermanos de camino”.

“Esta Carta Pastoral es, a mi modo de ver, el documento preciso para aquellos tiempos tan convulsos y también para ahora en estos años tan parecidos, aunque en otras condiciones por el agravamiento de los años”, expresó Vélez González.

Para el pastor, el mensaje de “El amor todo lo espera” constituye un camino real y posible de reconciliación personal, familiar, política, económica y social.

“Es un documento que puede incidir también hoy significativamente en el proceso de liberar todo vestigio de culpas pasadas (…) y abrir el camino a las transformaciones necesarias en Cuba”.

El párroco de la localidad pinareña de Mantua, afirmó que “hoy se requiere de mucho coraje y humildad para reconocer las verdaderas deficiencias que por más de seis décadas han sido nefastas para toda una nación”.

“No podemos permitirnos gastar la vida en ensayos fallidos y en fórmulas mágicas que resultan estériles para la dignidad plena de los hijos de una nación que tropieza una y otra vez y quiere, de una vez y por todas, levantarse y contemplar la belleza de la vida”, escribió Vélez González.

El párroco también expresó que aunque “El amor todo lo espera”, la nación “se merece promover ese amor con más premura, porque la vida se nos va en un suspiro”.

ADN Cuba reproduce íntegra la declaración, tomada del Centro de Estudios Convivencia.

 

CARTA PASTORAL «EL AMOR TODO LO ESPERA» (I Cor. 13, 7)

Mensaje de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, dado a conocer el 8 de septiembre de 1993.

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, laicos católicos y cubanos todos:

Comenzamos nuestro mensaje invocando a la Patrona de Cuba. No por casualidad lo dirigimos a ustedes en el día en que todo el pueblo cubano se alegra, lleno de amor y de esperanza, celebrando la fiesta de que con tanto afecto filial llamamos: Virgen del Cobre, Madre de los cubanos, Virgen de la Caridad.

En esta fecha hacemos llegar este mensaje a todos nuestros hermanos cubanos, pues a lo largo de casi cuatro siglos los cubanos nos hemos encontrado siempre juntos, sin distinción de razas, clases u opiniones, en un mismo camino: el camino que lleva a El Cobre, donde la amada Virgencita, siempre la misma aunque nosotros hayamos dejado ser los mismos, nos espera para acoger, bendecir y unir a todos los hijos de Cuba bajo su manto de madre. A sus pies llegamos sabiendo que nadie sale de su lado igual a como llegó. Allí se olvidan los agravios, se derrumban las divisiones artificiales que levantamos con nuestras propias manos, se perdonan las culpas, se estrechan los corazones.

 

JESUCRISTO Y LA VIRGEN MARÍA EN LA CULTURA DEL PUEBLO CUBANO

Al empezar queremos recordar aquellas palabras que San José escuchó del ángel: «No temas recibir a María en tu casa» (Mt. 1, 20), y en aquellas otras palabras claves que pronunció la misma María refiriéndose a su Hijo: «Hagan lo que Él les diga» (Jn. 2, 5). Si sabemos acoger a María, ella nos llevará hasta Jesús.

A los Obispos Cubanos nos parece providencial que los dos signos religiosos más populares de nuestro pueblo sean la devoción a la Virgen de la Caridad y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, es decir, Jesucristo definido para los cubanos por el corazón, símbolo del amor, y María definida por su título de la Virgen de la Caridad que es lo mismo que decir Virgen del Amor. En efecto, ¿quién no recuerda en Cuba aquel tradicional y popular cuadro del Sagrado Corazón o aquella estampa de la Virgen de la Caridad presidiendo en la sala la vida de la familia cubana? Esto es un signo de nuestra cultura, una cultura marcada por el corazón hecho para el amor, la amistad, la caridad, que ha generado un cubano proverbialmente conocido en todo el mundo por su carácter amistoso, afable, poco rencoroso o vengativo, que antes se saludaba muy sinceramente con la nota simpática de este vocativo: ¡mi familia! La familia: el lugar de la fiesta, de la confianza, de la reconciliación, del amor, donde todo el mundo se siente bien, se desarma y baja sin miedo la guardia, porque el hogar es el puerto seguro donde se calman todas las tempestades. Así, como una gran familia, ha sido siempre nuestro pueblo.

Al amor de Jesús y al amor de María debe la gran familia cubana muchas cosas bellas y buenas. Pensar en el Corazón de Jesús, creer en El, es rendir culto al amor. Confiar, esperar en la Virgen de la Caridad es confiar y esperar en el amor.

Por tanto, con San Pablo «pedimos de rodillas ante el Padre, de quien toda familia toma su nombre… que nos conceda, según la riqueza de su gloria, ser poderosamente fortalecidos en nuestro interior por la fuerza del Espíritu Santo para que Cristo habite mediante la fe en nuestro corazón, a fin de que el amor sea la raíz y el fundamento de la vida y seamos capaces de comprender, con todo el pueblo de Dios, cuál es la anchura y la largura, cuál es la altura y la profundidad del amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento humano» (Ef. 3, 14-20).

 

«AMARÁS A DIOS CON TODO TU CORAZÓN» (Mt. 22,37)

Amar es la única manera que tiene Dios de ser. Y ese gran amor que Dios nos tiene a todos reclama, como respuesta, nuestro amor a Él. El amor a Dios en el cristiano se entiende así como la respuesta de un corazón agradecido que no cesa de alabar a Dios con una gratitud sin límites. Amamos a Dios porque «Él nos amó primero» (1 Jn. 4, 19), porque «sólo Él es bueno» (Lc. 18, 19), y este amor a Dios debe fundar las exigencias del amor en muchas direcciones, desde el amor al amigo, que es el amor más fácil, hasta el amor al enemigo, que es el amor más difícil.

«Ámense unos a otros» (Jn. 13, 34). Dios nos manda amar y éste es un mandamiento muy exigente porque, casi siempre, lo contrario nos resulta más accesible. Sin embargo, sólo en el amor podemos encontrar a Dios y encontramos, a la vez, a nosotros mismos y a los demás hombres.

 

«AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO» (Mt. 22,39)

La razón de la relación estrecha que aparece en todo el Evangelio entre el amor a Dios y el amor al prójimo, está plasmada en dos mandamientos distintos, que Jesús declara iguales: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, éste es el mandamiento más importante y el primero de todos; pero hay un segundo mandamiento igual que éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

En estos dos mandamientos se resume toda la ley y los profetas» (Mt. 22, 37-40). «Este mandamiento de El tenemos: que quien ama a Dios ame también a su prójimo» (1 Jn. 4, 21). «Si alguno dice que ama a Dios pero odia a su prójimo es mentiroso» (1 Jn 4, 20). Es decir, el amor a Dios se verifica en nosotros por el amor al prójimo. Este amor cristiano no se reduce sólo a actos, sino que implica una actitud fundamental ante la vida.

Es muy significativo que el querer de Dios en el primer día de la creación haya sido éste: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gén. 2, 18), y que la pregunta de Dios al hombre recién creado haya sido ésta: « ¿Dónde está tu hermano?» (Gén. 4, 9), con lo cual el Señor funda la sociedad doméstica y toda la sociedad humana sobre una relación de amor y establece que dicha relación es anterior a toda otra, sea económica, política o ideológica. Por eso San Pablo nos dice que si trasladamos montañas, si lo sabemos todo, si lo damos todo a los pobres, pero no tenemos amor, de nada nos sirve (1 Cor. 13).

La columna, pues, que sostiene firme el desarrollo de la familia y de la sociedad es el amor Una sociedad más justa, más humana, más próspera, no se construye solamente trasladando montañas o repartiendo equitativamente los bienes materiales, porque entonces aquellas personas que reciben una misma cuota de alimentos serían los más fraternos y la experiencia nos confirma, lamentablemente, que a veces no es así.

Los problemas del hambre, la guerra, el desempleo, son grandes en el mundo, pero la falta de amor fraterno, y más aún el egoísmo y el odio, son más graves y, en el fondo, la causa de los demás problemas. Porque el hombre necesita del pan para vivir, pero «no sólo de pan vive el hombre» (Lc. 4, 4).

Cuando pensamos en el amor nos viene casi siempre a la mente el amor de una persona a otra, pero la palabra que usa mucho la Sagrada Escritura para expresar el amor es «ágape», que significa fraternidad, comunión, solidaridad con una multitud de hermanos. La fraternidad entendida sólo dentro de un grupo selecto es una forma extraña de egoísmo, es la manera de unirnos más para separarnos mejor. Por lo tanto, nosotros cristianos, no podemos aceptar las situaciones de enemistad como algo definitivo, porque toda enemistad puede evolucionar hacia una situación de amistad si dejamos que triunfe el amor.

 

LA JUSTICIA Y LA CARIDAD

En la historia de los pueblos no han faltado voces que han lanzado el grito de: « ¡Caridad, no; justicia!» Pero Jesús dijo: «si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt. 5, 20), y nos advirtió que si no tenernos misericordia nos espera un juicio sin misericordia (Mt. 5, 7). San Pablo nos recuerda que «si reparto todo lo que tengo a los pobres, pero no tengo amor, soy sólo una campana que repica» (1 Cor. 13, l).

La lucha por la justicia no es una lucha ante la cual uno pueda quedarse neutral, porque esto equivaldría a ponerse a favor de la injusticia y Jesús, refiriéndose al hombre que quiere cumplir la voluntad de Dios, declaró bienaventurados a los que «tienen hambre y sed de justicia» (Mt. 5, 6) y a «los que son perseguidos por procurar la justicia» (Mt.5, 10). Pero donde termina la justicia empieza la caridad o, mejor aún la caridad precede e integra la justicia, porque la justicia queda incompleta sin el amor. A nadie le gusta sentirse tratado sólo con justicia y, ante una justicia sin amor, que puede ser la del «ojo por ojo y diente por diente» (Mt. 5, 38), es posible que el hombre experimente aún una mayor opresión. La justicia corta en seco, el amor crea; la justicia ve con los ojos, el amor sabe ver también con el corazón; la justicia puede estar vacía de amor, pero el amor no puede estar vacío de justicia, porque un fruto del amor es la paz y «la justicia y la paz se besan» (Sal. 85, 1 l ).

 

EL AMOR VENCE AL ODIO

Cualquier llamado al amor debe encontrar siempre resonancia en todo corazón humano, pero más aún en el corazón del cubano colocado bajo la mirada amorosa del Corazón de Jesús y de la Virgen de la Caridad, Virgen del Amor.

Cuando voces autorizadas de la Nación han dicho que la Revolución es magnánima nos alegra que esta idea esté en el horizonte de los que dirigen el país, pues así es posible infundir la esperanza de que se haga más cálido el pensamiento y el vocabulario que orientan la vida de nuestro pueblo. Porque el odio no es una fuerza constructiva. Cuando el amor y el odio luchan, el que pierde siempre es el odio. «Cuando yo me desespero, -dice Gandhi- recuerdo que, en la historia, la verdad y el amor siempre han terminado por triunfar».

A través del tiempo, el único amor que ha perdido siempre, a la corta o a la larga, es el amor propio.

Todos quisiéramos, y esta es nuestra constante oración, que en Cuba reinara el amor entre sus hijos, un amor que cicatrice tantas heridas abiertas por el odio, un amor que estreche a todos los cubanos en un mismo abrazo fraterno, un amor que haga llegar para todos la hora del perdón, de la amnistía, de la misericordia. Un amor, en fin, que convierta la felicidad de los demás en la felicidad propia.

Del trasfondo bíblico que late en el pensamiento de Martí nacen estas frases suyas: «la única ley de la autoridad es el amor», «triste Patria sería la que tuviera el odio por sostén», «el amor es la mejor ley».

 

LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Ya hemos dicho que los dos signos religiosos populares de Cuba: el Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen de la Caridad inspiraron este mensaje de amigos a amigos, de hermanos a hermanos, de cubanos a cubanos.

Nosotros, pastores de la Iglesia, no somos políticos y sabemos bien que esto nos limita, pero también nos da la posibilidad de hablar a partir del tesoro que el Señor nos ha confiado: la Palabra de Dios explicitada por el Magisterio y la experiencia milenaria de la Iglesia. Nos permite también hablar sobre lo único que nos corresponde: el aporte de la Iglesia al bien de todos en el plano espiritual y humano. Y hablar con el lenguaje que nos es propio: el del amor cristiano. La Iglesia no puede tener un programa político, porque su esfera es otra, pero la Iglesia puede y debe dar su juicio moral sobre todo aquello que sea humano o inhumano, en el respeto siempre dadas autonomías propias de cada esfera. El Concilio Vaticano II, en su Constitución Pastoral

«Gozo y Esperanza», n. 76, y en el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, n. 7, nos ofrece una doctrina muy segura sobre este tema. No nos identificamos, pues, con ningún partido, agrupación política o ideología, porque la fe no es una ideología, aunque éstas no le son indiferentes a la Iglesia en cuanto a su contenido ético. Nuestros puntos de vista no están referidos a ningún modelo político, pero nos interesa saber el grado de humanidad que ellos contienen. Hablamos, pues, sin compromisos y sin presión de nadie.

Por otra parte los Obispos no somos técnicos ni especialistas. Tampoco somos jueces ni fiscales. Por imperativo de la caridad no tenemos derecho a juzgar a las personas; entre otras cosas, porque caeríamos en el mismo error que condenamos, que es el de mirar más las ideas que las personas. Esto es algo que repugna al Evangelio.

 

A QUIÉNES DIRIGIMOS ESTE MENSAJE

Hablamos a todos, también a los políticos, o sea, a los que están constituidos en el difícil servicio de la autoridad y a los que no lo están pero, dentro o fuera del país, aspiran a una participación efectiva en la vida política nacional. Hablamos como cubanos a todos los cubanos, porque entendemos que las dificultades de Cuba debemos resolverlas juntos todos los cubanos.

 

NUESTRAS RELACIONES CON OTROS PAÍSES

En la historia de este siglo y fines del pasado hemos tenido la triste experiencia de las intervenciones extranjeras en nuestros asuntos nacionales. En nuestra historia más reciente nos ha sucedido lo mismo.

Frente a algunas realidades negativas que nos legaron anteriores gobiernos acudimos a buscar la solución de esos problemas donde no se originaban los mismos y con quienes desconocían nuestra realidad por encontrarse lejos de nuestra área geográfica y ajenos a nuestra tradición cultural. Se hicieron alianzas políticas y militares, se produjeron cambios socios comerciales, etc.

No es de extrañar ahora que algunos de nuestros obstáculos presentes provengan de esta estrecha dependencia que nos llevó a copiar estructuras y modelos de comportamiento. De ahí la repercusión que tenido, entre nosotros el desplome, en Europa del Este del socialismo real.

Al mismo tiempo, nosotros, atrapados en medio de la política bloques que prevaleció en los últimos decenios, hemos padecido: embargo norteamericano, restricciones comerciales, aislamiento, amenazas, etc.

Sabemos que vivimos en un mundo interdependiente y que ningún país se basta así mismo. Aspiramos, con todos los países d área, a una integración latinoamericana, tal y como lo expresaron los Obispos del Continente en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Santo Domingo, porque los países pobres deben asociarse para superar su dependencia negativa respecto a los países ricos. Pero no es únicamente del extranjero de donde debemos esperar solución a nuestros problemas: solidaridad extranjera, inversiones extranjeras, turismo extranjero, dinero de los que viven en el extranjero, etc.

En nuestra historia reciente hay, pues, dos elementos significa vos: la ayuda de algunos extranjeros y las interferencias de otros extranjeros. Y, en medio, el pueblo cubano que lucha, trabaja, sufre por un mañana que se aleja cada vez más. Ante esta situación muchos parecieran querer paliar sus sufrimientos yéndose al extranjero cuando pueden, y no pueden irse, entonces idealizan fanáticamente todo lo extranjero o evaden simplemente de la realidad en una especie de exilio interno. Hoy se admite que los cubanos que pueden ayudar económicamente son precisamente aquellos a quienes hicimos extranjeros. ¿No sería mejor reconocer que ellos tienen también el legítimo derecho y deber de aportar soluciones por ser cubanos?, ¿cómo podremos dirigirnos a ellos para pedir su ayuda si no creamos primero un clima de reconciliación entre todos los hijos de un mismo pueblo?

Somos los cubanos los que tenemos que resolver los problemas entre nosotros, dentro de Cuba. Somos nosotros los que tenemos que preguntarnos seriamente ¿por qué hay tantos cubanos que quieren irse y se van de su Patria?, ¿por qué renuncian algunos, dentro de su misma Patria, a su propia ciudadanía para acogerse a una ciudadanía extranjera?, ¿por qué profesionales, obreros, artistas, sacerdotes, deportistas, militares, militantes o gente anónima y sencilla aprovechan cualquier salida temporal, personal u oficial, para quedarse en el extranjero?, ¿por qué el cubano se va de su tierra siendo tradicionalmente tan «casero» que, durante la época colonial, no había para él castigo más penoso que la deportación, «el indefinible disgusto» como le llama Martí, quien dice también que «un hombre fuera de su Patria es como un árbol en el mar», y que «algo hay de buque náufrago en toda casa extranjera»?

¿Por qué, en fin, no intentar resolver nuestros problemas, junto con todos los cubanos, desde nuestra perspectiva nacional, sin que nadie pretenda erigirse en único defensor de nuestros intereses o en árbitro para nuestros problemas, con soluciones en las que, a veces, tal parece que los únicos que pierden son los nacionales?

 

LA SITUACIÓN DE NUESTRO PAÍS

“Si tu hermano está en necesidad y le cierras el corazón, el amor de Dios no está en ti” (1 Jn. 3, 17). Nadie puede cerrar su corazón a la situación actual de nuestra Patria; tampoco los ojos para reconocer con pena que Cuba está en necesidad. Las cosas no van bien, este tema está en la calle, en medio del mismo pueblo.

Hay descontento, incertidumbre, desesperanza en la población. Los discursos oficiales, las comparecencias por los medios de comunicación social, los artículos de la prensa algo comentan, pero el empeoramiento es rápido y progresivo y la única solución que parece ofrecerse es la de resistir, sin que pueda vislumbrares la duración de esa resistencia.

Treinta y cuatro años es un lapso suficiente como para tender una mirada no sólo coyuntural, sino histórica, sobre un proceso que nació lleno de promesas e ideales, alcanzados algunos, pero en los que, como tantas veces pasa, la realidad no coincide en todos los casos con la idea que nos hicimos de ella, porque no es posible adaptarla siempre a nuestros sueños.

En el orden económico las necesidades materiales elementales están en un punto de extrema gravedad.

El suelo bello y fértil de nuestra isla, la Perla de las Antillas, ha dejado de ser la madre tierra, como cansada ahora e incapaz de alimentar a sus hijos con sus dobles cosechas de los frutos más comunes como la calabaza y la yuca, la malanga y el maíz, y las frutas que hicieron célebre a nuestro suelo feraz. El pueblo se pregunta cómo es posible que escaseen estas cosas y cuesten tanto. Lo que se dice del sector agrícola se puede decir también de otros sectores y servicios.

Sabemos que, en este deterioro económico progresivo, inciden diversos factores, entre ellos: la condición insular de nuestro país, la transformación de las relaciones comerciales con los países antes socialista, que estaban fundadas sobre bases ideológicas y, ahora, lo están sobre bases estrictamente económicas, errores cometidos en el país en la gestión administrativa y económica y el embargo norteamericano, potenciado ahora por la ley Torricelli.

Los obispos de Cuba rechazamos cualquier tipo de medida que, pretendiendo sancionar al gobierno cubano, contribuya a aumentar las dificultades de nuestro pueblo. Esto lo hicimos, en su momento, con respecto al embargo norteamericano y, recientemente, con la llamada ley Torricelli, además realizamos otras gestiones históricas personalmente con la Administración Norteamericana con vistas a la supresión del embargo, al menos en relación con los medicamentos. Procurábamos también con esos gestos que se dieran pasos positivos para solucionar las dificultades entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba.

 

SOLIDARIDAD EN LAS DIFICULTADES

La solidaridad a favor del pueblo cubano en estos momentos de extrema necesidad es un gesto hermoso, una expresión de apoyo al pueblo de Cuba que agradecemos vivamente. Sin embargo, esta solidaridad puede generar en nosotros una especie de pasividad y de tácita aceptación de las causas que originan los problemas. Recordamos lo que el Cardenal Etchegaray, en su última visita a Cuba, dijo al despedirse: «Cuba no puede esperarlo todo de los demás. Es necesario, desde ahora, buscar verdaderas soluciones nacionales con la participación activa de todo el pueblo. ¡Ayúdate… y toda la tierra te ayudará! Cree en tus propios recursos humanos que son inagotables, cree en estos valores que hacen de todo hombre tu hermano” (17 de diciembre de 1992)

 

CONDICIONES PARA UNA SOLUCIÓN

No nos compete señalar el rumbo que debe tomar la economía del país, pero sí apelar a un balance sereno y sincero, con la participación de todos los cubanos, sobre la economía y su dirección. Más que medidas coyunturales de emergencia, se hace imprescindible un proyecto económico de contornos definidos, capaz de inspirar y movilizar las energías de todo el pueblo. No excluimos la posibilidad de que exista dicho proyecto pero su desconocimiento no contribuye a generar confianza para potenciar las energías reales de los hombres y mujeres de nuestro país.

 

EL DETERIORO DE LO MORAL

Otro aspecto al cual debemos prestar atención es el deterioro del clima moral en nuestra Patria. Los padres y madres, sacerdotes, educadores, agentes del orden público y las autoridades se sienten con frecuencia desconcertados por el incremento de la delincuencia: robos, asaltos, la extensión de la prostitución y la violencia por causas generalmente desproporcionadas. Estos comportamientos son, muchas veces, la manifestación de una agresividad reprimida que genera una inseguridad personal en la calle y aun en el hogar.

Las carencias materiales más elementales: alimentos, medicinas, transporte, fluido eléctrico, etc. favorecen un clima de tensión que, en ocasiones, nos hace desconocido al cubano, naturalmente pacífico y cordial.

Hay explosiones de violencia irracional que comienzan a producirse en los pueblos y ciudades. Hacemos un apremiante llamado a nuestro pueblo para que no sucumba a la peligrosa tentación de la violencia que podría generar males mayores.

Los altos índices de alcoholismo y de suicidio revelan, entre otras cosas, la presencia de factores de depresión y evasión de la realidad. Los medios de comunicación social reconocen, a veces, estos hechos, pero no siempre tocan fondo en el análisis de las causas y de los remedios.

Ciertamente, se hace muy difícil alcanzar un clima moral fundado sólo en lo relativo y no en lo absoluto.

Pero es necesario también que nos preguntemos serenamente en qué medida la intolerancia, la vigilancia habitual, la represión, van acumulando una reserva de sentimientos de agresividad en el ánimo de mucha gente, dispuesta a saltar al menor estímulo exterior. Con más medidas punitivas no se va a lograr otra cosa que aumentar el número de los transgresores, esto lo saben muy bien los padres de familia. Es muy discutible el valor del castigo para humanizar, sobre todo cuando este rigor se ejerce en el ámbito de la simple expresión de las convicciones políticas de los ciudadanos. Queremos, pues, dirigir también un insistente llamado a todas las instancias del orden público para que no cedan tampoco ellos a los falsos reclamos de la violencia.

Repetimos, creemos que es posible afrontar los problemas con serenidad y en el clima de cordialidad que generalmente nos ha caracterizado como pueblo.

 

LOS VALORES DE NUESTRA CULTURA

Han sido grandes los esfuerzos realizados, en estos años, para promover la cultura nacional pero, por otra parte, se están perdiendo valores fundamentales de la cultura cubana. Una de las pérdidas más sensibles es la de los valores familiares. Al romperse la familia se rompe lo más sagrado. La familia ha dejado de tener una unidad sólida para fragmentarse dolorosamente: escuelas en el campo, jóvenes separados del hogar, hombres y mujeres que trabajan lejos de sus casas, tanto fuera como dentro del país, etc.

La nupcialidad prematura es una señal de poco equilibrio social, los divorcios aumentan en forma alarmante, poniendo punto final a una unión que debiera ser para toda la vida. Más de la mitad de los que se casan ya se han separado al poco tiempo y hay muchos hijos sin padre. La mortalidad infantil reducida es un logro de la Salud Pública cubana, pero la mortalidad por abortos de niños que antes de nacer mueren en el mismo lugar donde se consideraban más seguros, en el seno materno, es asombrosa, particularmente en jóvenes de edad escolar. No obstante estas constataciones negativas, en la familia está el eje del presente y del futuro de Cuba. Por tanto, si queremos una Patria feliz todos estamos comprometidos a proteger y promover los valores familiares.

 

«LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES» (Jn. 8,32)

Debemos también reflexionar sobre la veracidad. La Convocatoria para el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba hacía un llamamiento muy nítido para erradicar lo que llamó doble moral, unanimidad falsa, simulación y acallamiento de opiniones. Ciertamente, un país donde rindan dividendos tales actitudes no es un país sano ni completamente libre; se convierte, poco a poco, en un país escéptico, desconfiado, donde queriendo lograr que surja un hombre nuevo podemos encontrarnos con un hombre falso.

Todo hombre tiene derecho, en lo que concierne a la vida pública, a que la verdad le sea presentada completa y, cuando no es así, se desata un proceso en cadena de rumores, burlas, chistes, a veces irrespetuosos de las personas, que pueden ser como la válvula de escape para exteriorizar lo que se lleva internamente reprimido. La búsqueda sin trabas de la verdad es condición de la libertad.

 

LOS ASPECTOS POLÍTICOS

La gravedad de la situación económica de Cuba tiene también implicaciones políticas, pues lo político y lo económico están en estrecha relación.

Nos parece que, en la vida del país junto a ciertos cambios económicos que comienzan a ponerse en práctica, deberían erradicarse algunas políticas irritantes, lo cual produciría un alivio indiscutible y una fuente de esperanza en el alma nacional:

  1. El carácter excluyente y omnipresente de la ideología oficial, que conlleva la identificación de términos que no pueden ser unívocos, tales como: Patria y socialismo, Estado y Gobierno, autoridad y poder, legalidad y moralidad, cubano y revolucionario. Este papel, centralista y abarcador de la ideología produce una sensación de cansancio ante las repetidas orientaciones y consignas.
  2. Las limitaciones impuestas, no sólo al ejercicio de ciertas libertades, lo cual podría ser admisible coyunturalmente, sino a la libertad misma. Un cambio sustancial de esta actitud garantizaría, entre otras cosas, la administración de una justicia independiente lo cual nos encaminaría, sobre bases estables, hacia la consolidación de un estado de pleno derecho.
  3. El excesivo control de los Órganos de Seguridad del Estado que llega a veces, incluso, hasta la vida estrictamente privada de las personas. Así se explica ese miedo que no se sabe bien a qué cosa es, pero se siente, como inducido bajo un velo de inasibilidad.
  4. El alto número de prisioneros por acciones que podrían despenalizarse unas y reconsiderarse otras, de modo que se pusiera en libertad a muchos que cumplen condenas por motivos económicos, políticos u otros similares.
  5. La discriminación por razón de ideas filosóficas, políticas o de credo religioso, cuya efectiva eliminación favorecería la participación de todos los cubanos sin distinción en la vida del país.

Y como lo expresó nuestro Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC): « La Iglesia Católica en Cuba ha hecho una clara opción por la seriedad y la serenidad en el tratamiento de las cuestiones, por el diálogo directo y franco con las autoridades de la nación, por el no empleo de las declaraciones que puedan servir a la propaganda en uno u otro sentido y por mantener una doble y exigente fidelidad: a la Iglesia y a la Patria. A esto se debe, en parte, el silencio, que ciertamente no ha sido total, de la Iglesia, tanto en Cuba como de cara al Continente, en estos últimos 25 años. Los Obispos de Cuba, conscientes de vivir una etapa histórica de singular trascendencia, han ejercido su sagrado magisterio con el tacto y la delicadeza que requería la situación» (Nos. 129 y 168b), pero un sano realismo implica la aceptación de dejarnos interpelar a nosotros mismos, lo cual puede no gustar, pero puede, también, llevarnos a las raíces de los problemas a fin de aliviar la situación de nuestro pueblo.

 

EL HOMBRE: CENTRO DE TODOS LOS PROBLEMAS

En el centro de toda esta situación problemática está el hombre, el sujeto preferente, el tesoro más grande que tiene Cuba. «El hombre en la tierra es la única criatura que Dios ama por sí misma» (GS. 24). Y cuando Jesús declara que «el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado» (Me. 2, 27), o cuando San Pablo dice: «todo es tuyo, tú eres de Cristo y Cristo es de Dios» (1 Cor. 3, 23), o el Creador decide: «Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra» (Gén. 1, 26), nos están advirtiendo que no se puede subordinar el hombre a ningún otro valor. La persona humana, en la integralidad de sus características materiales y espirituales, es el valor primero y, por tanto, el desarrollo de una sociedad se alcanza cuando ésta es capaz de producir mejores personas, no mejores cosas; cuando se mira más a la persona que a las ideas; cuando el hombre es definido por lo que es, no por lo que piensa o tiene. «El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana» (GS. 25).

 

BUSCAR CAMINOS NUEVOS

Los Obispos, como todo nuestro pueblo, seguimos con atención e interés el inicio de algunos cambios en la organización económica del país. Al mismo tiempo comprobamos que, dadas las actuales condiciones de vida del pueblo cubano, se requiere actuar con urgencia y, además, en un marco de iniciativas coherentes cuyos perfiles y metas deberían ser dados a conocer.

Reconocer un problema ya es empezar a resolverlo y someterse uno mismo a la realidad es un modo de cambiarla. Pero además es necesario que, abiertos a las exigencias de la realidad, busquemos sinceramente la verdad con un corazón dispuesto a la comprensión y al diálogo.

Aun la misma concepción dialéctica y antidogmática con que se autodefine el marxismo favorece la búsqueda incesante de caminos nuevos para la solución de los problemas mediante cambios que impidan que el país permanezca encerrado en sí mismo y que impliquen una transformación profunda en las actitudes.

El Estado tiene el deber de preocuparse por el bien de todos, y los esfuerzos por promover la salud, la instrucción y la seguridad social infunde la esperanza de que pueda proponer soluciones que inicien cambios sustanciales para hacer frente a las nuevas formas de la pobreza en Cuba.


Todos, sin embargo, deben participar activamente en la gestación y realización de estos cambios. Si tales cambios no se efectuaran participativamente, la sociedad puede volverse perezosa, agotando sus virtualidades en un simple desarrollismo. En las graves circunstancias actuales parece que si no hubiera cambios reales, no sólo en lo económico, sino también en lo político y en lo social, los logros alcanzados podrían quedar dispersos tras años de sacrificio. Todos en Cuba quisiéramos entrar en el tercer milenio como una sociedad justa, libre, próspera y fraterna. Todos los cubanos quisiéramos que no nos sustituyera el vacío que dejemos atrás, sino una estela de buen recuerdo en nuestra historia.

 

EL CAMINO MEJOR: EL DIÁLOGO

Sobre el diálogo, y diríamos mejor aún, sobre el compromiso mediante el diálogo, quisiéramos decir una palabra, reiterando lo que, en tantas ocasiones hemos expresado. Recordamos, por ejemplo, lo ampliamente detallado en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (números 306 al 330), en nuestro Mensaje de Navidad de 1989, etc. El Santo Padre Juan Pablo II nos dice: «…los complejos problemas se pueden resolver por medio del diálogo y de la solidaridad en vez de la lucha para destruir al adversario y en vez de la guerra» (Centesimus Annus n. 22 y 23).

Ninguna realidad humana es absolutamente incuestionable. Tenemos que reconocer que en Cuba hay criterios distintos sobre la situación del país y sobre las soluciones posibles y que el diálogo se está dando a media voz en la calle, en los centros de trabajo, en los hogares. Es evidente que los caminos que conducen a la reconciliación y a la paz, como el diálogo, tienen un innegable respaldo popular y, además, mucha simpatía y prestigio.

 

UN DIÁLOGO ENTRE CUBANOS

El cubano es un pueblo sabio, no sólo con la sabiduría que procede de los libros, sino con esa otra sabiduría que viene de la experiencia de la vida. Por esto desea un diálogo franco, amistoso, libre, en el que cada uno exprese su sentir verbal y cordialmente. Un diálogo no para ajustar cuentas, para depurar responsabilidades, para reducir al silencio al adversario, para reivindicar el pasado, sino para dejamos interpelar. Con la fuerza se puede ganar a un adversario, pero se pierde un amigo, y es mejor un amigo al lado que un adversario en el suelo. Un diálogo que pase por la misericordia, la amnistía, la reconciliación, como lo quiere el Señor que «ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad» (Ef. 2, 16).

Un diálogo no para averiguar tanto los ¿por qué?, como los ¿para qué?, porque todo por qué descubre siempre una culpa y todo para qué trae consigo una esperanza. Un diálogo no sólo de compañeros, sino de amigos a amigos, de hermanos a hermanos, de cubanos a cubanos que somos todos, de cubanos «que hablando se entienden» y pensando juntos seremos capaces de llegar a compromisos aceptables.

Un diálogo con interlocutores responsables y libres y no con quienes antes de hablar ya sabemos Yo que van a decir y, antes de que uno termine, ya tienen elaborada la respuesta, de los que uno a veces sospecha que piensan igual que nosotros, pero no son sinceros o no se sienten autorizados para serio.

En las cosas contingentes todos podemos tener fragmentos del arco de la verdad, pero nadie puede atribuirse la verdad toda, porque sólo Jesús pudo decir: “Yo soy la verdad” (Jn. 14, 6), “el que no está conmigo está contra mí”’ (Lc. 11, 23).

En Cuba hay un solo partido, una sola prensa, una sola radio y una sola televisión. Pero el diálogo al que nos referimos debe tener en cuenta la diversidad de medios y de personas, tal como lo expresa el Santo Padre: «la sociabilidad no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provenientes de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del bien común» (Centesimus Annus, n. 13).

Cuando uno analiza las opiniones de otros en el sentido del valor y mérito que tengan en sí mismas y no en función de las personas que las emiten, no hay por qué temer, ya que la disensión puede ser una fuente de enriquecimiento. No hay por qué temer a las réplicas y las discrepancias, porque las críticas revelan lo que los incondicionales ocultan.

El pueblo cubano es un pueblo maduro y, si queremos ser ciudadanos del mundo del mañana, bien vale la pena ponerlo a prueba y reconocerle el derecho a la diversidad que no es sólo un derecho legal, sino básicamente ético, humano, porque se fundamenta en la dignidad del hombre por encima de cualquier otro valor.

Si Cuba ha abierto las fronteras a las relaciones internacionales con sistemas no sólo distintos, sino hasta opuestos al nuestro, que incluso en palestras internacionales han votado contra los puntos de vista del gobierno cubano, no se ve por qué a nivel nacional los cubanos deben ser forzosamente uniformes; si a los problemas y confrontaciones con esos otros países se les califica comprensivamente de «problemas entre familia» por qué no llamarle igual a las discrepancias entre los cubanos. No olvidamos, cuántos problemas de El Salvador, Nicaragua, Argentina, Chile y la guerrilla de Colombia terminaron en concordia para el bien del pueblo mediante un diálogo en el que nadie perdió y ganaron todos. Hay países hermanos de los que hay mucho ciertamente que evitar, pero también hay mucho que aprender.

Sabemos bien que no faltan, dentro y fuera de Cuba, quienes se niegan al diálogo porque el resentimiento acumulado es muy grande o por no ceder en el orgullo de sus posiciones o, también, porque son usufructuarios de esta situación nuestra, pero pensamos que rechazar el diálogo es perder el derecho a expresar la propia opinión y aceptar el diálogo es una posibilidad de contribuir a la comprensión entre todos los cubanos para construir un futuro digno y pacífico.

 

UNA REFLEXIÓN NECESARIA

Nos hemos dirigido a nuestro pueblo en general, con el cual nos sentirnos concernidos en los logros y fracasos, en lo bueno y en lo malo. Nuestro pensamiento se dirige ahora hacia aquellos que fueron llevados a las aguas bautismales y han permanecido fieles a la fe en circunstancias difíciles. Va también nuestro pensamiento hacia los que abandonaron la fe o la práctica de la fe, pero a quienes la Iglesia, que los engendró por el Bautismo, los lleva en su seno con amor de madre y hacia los que no han recibido el Bautismo, pero están llamados por el Señor a formar, en Cristo, una sola alma y un solo corazón. De estos últimos somos hermanos por razón de linaje humano, por razón de la cubanía que nos hace a todos hijos de esta tierra.

La Iglesia nunca ha estado lejos de este pueblo nuestro. Se quedó con los que se quedaron por muchas que hayan sido las dificultades. Sus templos, a veces llenos, a veces vacíos, han permanecido idénticos, siempre serenos, como testigos solitarios en medio de los pueblos y ciudades, con sus altas torres levantadas hacia el cielo, velando sobre la ciudad, sobre sus casas y sus puertas, como dice la Sagrada Escritura, como signos del amor de Dios que siempre espera, bendice y llama.

Desde allí la voz amorosa de Dios ha seguido llamando con el mismo acento de siempre: «Si tú comprendieras lo que puede traerte la paz» (Lc. 19,41), «Si tú conocieras el don de Dios…» (Jn. 4, 10). «Cuántas veces quise cobijarte bajo mis alas, y no quisiste» (Mt. 23, 37). Desde allí el Señor nos ha seguido diciendo: “Sin mí nada podrán hacer” (Jn. 15, 4), “Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles, si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas” (Sal. 127, l). Es la hora, queridos hermanos, de levantar los ojos del corazón a Dios nuestro Padre, suplicándole la reconciliación entre nosotros, el triunfo del amor y de la paz.


Nosotros conocemos los sufrimientos, a veces innecesarios, acumulados en el corazón de tanta gente que parece que no pueden ya más con su alma sea a causa de los trabajos que pasan para realizar sus labores cotidianas o de las extremas necesidades elementales. Sabemos el dolor que en tantos cubanos han causado los grandes lutos nacionales, como el de los hermanos internacionalistas que murieron en otras tierras o el de los hermanos que siguen muriendo en los mares que rodean nuestra propia tierra. Sabemos del dolor de los presos y de sus familias y el sufrimiento de los que están lejos.

Al escribir este mensaje compartimos la pena de aquellos ancianos afectados, en muchos casos, por las carencias materiales o por la ausencia definitiva de sus familiares, que hace aún más dura su soledad. Tenemos presente también, a los jóvenes, naturalmente llenos de ilusiones, y que se sienten, a menudo, escépticos y faltos de esperanza.

A todos ustedes queremos decirles una palabra de aliento: la sensatez puede triunfar, que la fraternidad puede ser mayor que las barreras levantadas, que el primer cambio que se necesita en Cuba es el de los corazones y nosotros tenemos puesta nuestra esperanza en Dios que puede cambiar los corazones.

 

SOLO DIOS ES JUEZ DE LA HISTORIA

Nosotros pensamos que no es conforme al Evangelio la enumeración de los factores negativos con la intención de inculpar a otros. «No juzgues», nos dice el Señor (Mt. 7, l), y a nadie le está permitido juzgar, porque sólo el Señor es juez de vivos y muertos (2 Tim. 4, l), y sólo El conoce lo que hay en el corazón del hombre.

También, dentro de la comunidad eclesial, sólo Dios conoce el desgarramiento interior de los que optaron por dar la espalda al Señor y a la Iglesia en momentos difíciles, de los que apartaron a sus hijos de la fe católica, de los que quitaron el popular cuadro del Sagrado Corazón o la estampa de la Virgen de la Caridad de sus hogares, como un triste presagio de lo que dice San Agustín: «Cuando uno huye de Cristo, todo huye de uno».

Pero aunque nuestras infidelidades hubieran sido mayores que .nuestras lealtades, incluso «si nuestro corazón nos condena, Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn. 3, 20). De todo podemos sacar enseñanzas positivas y negativas, así se va tejiendo la vida cristiana hasta que la Iglesia de los pecadores, que somos nosotros, se vaya haciendo en nosotros la Iglesia de los santos. En esta conjunción de culpa y gracia, de luces y sombras, que es el misterio de la Iglesia de Dios, está nuestra salvación.

 

CONCLUSIÓN

Queridos hermanos y amigos:

Al terminar este mensaje queremos volver al pensamiento primero que lo inspira y motiva: el de la experiencia universal del amor de Dios. Ese amor que se nos revela en Cristo, pues Él nos manifestó el rostro de Dios, que es el rostro de Jesús crucificado, cuyo corazón abierto en la cruz no se ha cerrado para nadie, incluso para los que lo hemos ofendido. Si Jesús no nos hubiera revelado ninguna otra cosa más que ésta: «Dios es amor’ (I Jn 4, 8), eso sería suficiente para ser mejores y llenarnos de paz y esperanza. No estamos del todo seguros de que amamos a Dios como Él lo merece, pero sí lo estamos de que Dios nos ama como nosotros no lo merecemos.

Hemos pedido al Señor dirigir este mensaje en su lenguaje de amor, sin lastimar a ninguna persona, aunque cuestionemos sus ideas en diversos aspectos, porque de lo contrario Dios no bendeciría el humilde servicio que queremos prestar a cuantos libremente quieran servirse de él. Lo hacemos con esa limitada confianza en el amor de Dios, callado desde el primer día de la creación, pero «trabajando a todas horas» (Jn. 5, 17). El vela sobre su ciudad (Salmo 127), también sobre Cuba, porque el Señor está con nosotros y quiere para nosotros lo mejor. Él tiene en sus manos, como Señor de la Historia, el corazón de los hombres.

Hablando como Pastores de la Iglesia que está en Cuba queremos recordar que la paz es posible porque «Cristo es la paz» (Ef. 2, 14), podernos descubrir la verdad porque «Cristo es la verdad» (Jn. 14, que se puede hallar el camino porque «Cristo es el camino» (Jn. 14, En fin, que la salvación es posible porque Cristo es nuestra salvación (Lc. 19, 9). Confiamos además en nuestro pueblo, al que conoce bien y que ha mostrado a lo largo de su historia una sorprendente capacidad de recuperación.

Revitalizar la esperanza de los cubanos es un deber de aquellos cuyas manos está el gobierno y el destino de Cuba y es un deber de la Iglesia que está separada del Estado, como debe ser, pero no de la sociedad. Y esto lo podemos lograr juntos con una gran voluntad de servicio pero no sin una gran voluntad de sacrificio, «amando más intensamente y enseñando a amar, con confianza en los hombres, con seguridad e ayuda paterna de Dios y en la fuerza innata del bien», como decía Pablo VI. La Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, Madre de todos los cubanos, que sabe cuánto lo necesitamos sus hijos, nos ayude con su bendición.

«Y en toda ocasión, en la oración y en la súplica, nuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios que es más grande de lo que podemos comprender, guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Flp. 4, 6-7).

Con nuestro cordial y fraterno afecto en el Señor,

+ Jaime, Arzobispo de La Habana y Presidente de la COCC

+ Pedro, Arzobispo de Santiago de Cuba

+ Adolfo, Obispo de Camagüey

+ Fernando, Obispo de Cienfuegos-Santa Clara

+ Héctor, Obispo de Holguín

+ José Siro, Obispo de Pinar del Río

+ Mariano, Obispo de Matanzas

+ Emilio, Obispo Auxiliar de Cienfuegos-Santa Clara

+ Alfredo, Obispo Auxiliar de La Habana

+ Mario, Obispo Auxiliar de Camagüey

+ Carlos, Obispo Auxiliar de La Habana