Al borde del abismo en la ciudad maravilla

Es cierto: La Habana es la ciudad maravilla. Miles de habitantes viviendo encima de marcos gastados, apuntalamientos quebradizos, o sobre oquedades, hacen gala de tal distintivo. 
Una infraestructura de edificios bicentenarios, en algunos casos de la era colonial, llenan las cuadrículas de la ciudad vieja. La supervivencia con que viven sus habitantes la daña más y va cayendo por su peso, de uno en uno; por las leyes de la vida, la falta de reparación y mantenimiento por parte del estado.
´´Son muchos edificios. Cuando damos la orden de evacuación  la gente no quiere salir de ahí, del peligro, no quieren ir a un albergue, o a un ´reacomodo´, y por eso a veces ocurren desgracias´´, dice Feliz Chepa, delegado de una circunscripción de La Habana Vieja. 
´´La mayor asignación de recursos es destinada para la oficina del historiador de la ciudad, que decide dónde se repara y cómo. Si vives en una zona de interés te salvas, porque te le pasan la mano al solar, o al apartamento, sobre todo en la fachada, para que armonice. Pero si vives fuera de su radio de acción, entonces no hay recursos para arreglar el edificio. La dirección municipal de vivienda los declara inhabitables y tienen que irse para donde le toque, o quedarse, y asumir las consecuencias, como hacen muchos. En mi circunscripción tengo cinco casos, si vamos con la policía te dicen que es desalojo´´-comenta-
Un vecino que renunció a irse de su edificio ruinoso fue Isaías, que ahora vive en Jaimanitas. Cuando se emborracha, Isaías cuenta la historia de su derrumbe como una película: ´´Yo vivía en un apartamento en San Isidro, en el segundo piso de un viejo edificio de cuatro plantas. Hacía unos meses que nos habían ordenado salir, pero quisimos quedarnos y pedir subsidios para arreglarlo. Era de noche. Mi mujer estaba para el policlínico con el niño con asma,  mi otro hijo se había ido al estadio ´Latino´, a ver el juego Industriales-Santiago, acompañado de unos vecinos que también se salvaron´´.
´´Estaba sentado en un butacón de la sala, mirando el noticiero que informaba el sobrecumplimiento con materiales de la construcción y las ejecuciones de obras de cinco contingentes en la capital, cuando  de repente el televisor y la mitad de la sala desaparecieron de mí vista con gran estruendo. Y vi bajar las dos plantas superiores, seccionadas a la mitad´´. -añade a su guión de vida-
´´Aún recuerdo los ojos desorbitados de Leovigilda, la vecina de arriba, cuando bajó fregando los platos en la cocina y me preguntó qué pasaba. Luego bajó el cuarto piso, desmoronado, y alcancé  a ver unas piernas de mujer alzadas sobre una cama y un gato que saltaba entre las piedras. Después pasó la azotea, vuelta un amasijo´´.
Cuando se repuso del susto en medio de una nube de polvo, dice que se asomó al borde y vio una montaña de escombros. Milagrosamente su butacón quedó al borde del abismo.
Cuando se emborracha, Isaías también se pone nostálgico y sentimental. ´´No era mi día, ni el de mi mujer, ni el de mis hijos. Ni era el día de los vecinos que no estaban en ese momento en el solar. Pero, ¿y los que murieron? Esa mujer y el  niño. ¿Y los otros que han muerto? ¿Y los que seguirán muriendo? Siempre me lo repito: Isaías, tú quedaste al borde del abismo, pero ¿cuántos no están ahora mismo como estabas tú, al borde del abismo? Sobre una estructura social que extinguió su tiempo de vida útil y ahora la gravedad le reclama caer. ¿Y quién los salva?´´.