Altruismo y crisis en Cuba: la historia de “Un traductor”

 

El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) anunció recientemente la nominación de Cuba a la competición por los premios Oscar 2020. Es llamativo que la elegida sea el filme Un traductor, de los hermanos Sebastián y Rodrigo Barriuso, ópera prima que compitió por Cuba en la edición 40 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, y que cierto sector de la crítica la señala como un modelo a seguir para los cineastas cubanos.

El debut de estos jóvenes residentes en Canadá constituye un homenaje a su padre. El filme en cuestión narra la historia de Malin— profesor de literatura rusa de la Universidad de la Habana, reasignado como traductor de los niños que llegaban de la URSS para ser recibir tratamientos por exposición a radiaciones—, y de los médicos cubanos que los atendieron. Malin debe encontrar una salida a su creciente depresión.

Un traductor es un filme que tiene en la manera de narrar un inevitable gancho para los espectadores. Siguiendo las fórmulas del cine de entretenimiento hollywoodense, y como héroe del relato a un atractivo y exitoso protagonista, el filme discursa sobre la evolución de Malin, quien tiene que buscar una salida a su nueva circunstancia, que lo ha llevado de las aulas universitarias a interactuar en un hospital con niños enfermos por exposición radiaciones tras el desastre nuclear de Chernóbil.

El filme comienza con imágenes de la llegada de Gorbachov a Cuba y el recibimiento del líder de la revolución cubana, Fidel Castro, al mandatario soviético; la estética del documental de alguna manera pretende legitimar un discurso encaminado a presentarnos una historia personal al estilo biopic, que sobrevendrá modelo a seguir, sobre todo por la dosis de altruismo y humanismo que se desprende de la entrega de este profesor, quien llegado un momento abandona todo por entregarse a la causa de los niños y sus batallas personales contra la tragedia que inevitablemente sobrevendrá para muchos de ellos.

Desde el comienzo asistimos a una historia que no pretende la introspección en los personajes, sino que están diseñados para cumplir un rol: empatizar con los espectadores y comunicar un mensaje. La presencia de un actor como Rodrigo Santoro permite la empatía rápida: la cámara privilegia y sigue al actor con insistencia, los planos nos permiten apreciar a un hombre de un gran atractivo y carisma, con su dosis de romanticismo que hace de su personaje alguien a quien no le cuestionaremos decisiones, ni acciones, aunque en determinados momentos del metraje nos puedan resultar cuestionables.

En un primer momento de la trama podemos apreciar la familia de Malin, su hogar, su estilo de vida. Una confortable y espaciosa casa, una esposa sensual y exitosa, así como un bello niño, hacen que tengamos una inevitable sensación de bienestar con los personajes, unido todo al confort económico que se nos presenta en los supermercados de la época.

 

 

El conflicto que supone salir de las aulas (“por órdenes de arriba”) e ir a un hospital para servir de traductor a familias y médicos que atienden a los niños afectados por el accidente de Chernóbil será para Malin la búsqueda de interrogantes existenciales que le hacen, desde rechazar la tarea en un inicio, a entregarse desmedidamente a ella de manera abrupta (al menos en el filme). Sabemos que la película está inspirada en una historia real, pero apenas si existe una transición en el guión que permita comprender cómo Malin pasa del rechazo a la entrega total, que implica el abandono a su familia en situaciones complejas, pero que en la historia de la película no se nos permite cuestionar, pues el personaje es visto como un héroe que se entrega a una causa mayor.

En la película resulta cuestionable cómo se minimizan el sufrimiento y la aceptación del destino fatal de los niños por parte de los padres, y se realza el sufrimiento del personaje, en aras de un sufrimiento que se nos insinúa como ideal. El tratamiento del personaje de Malin insiste en que nos identifiquemos con su entrega, hermosa y necesaria eso sí, pero que se pretende en todo momento ejemplo, se nos privilegia un deber ser por encima de otros cuestionamientos como pudieran ser: las carencias de todo tipo (avanzado el metraje ya el país atraviesa por el llamado Período Especial), se acaba el combustible, se acaba el confort y aparecen las dificultades para cubrir necesidades básicas.

Parecería que nada de esto afecta al personaje, ni su familia necesitada de su presencia, ni la situación económica por la que atraviesa el país, incluso cuando su esposa decide dejar el hogar y volver a casa de sus padres porque se siente abandonada, Malin apenas si siente algún sobresalto, y es que de antemano sabemos que habrá reconciliación, el estilo de narración escogida potencia ese final en que las diferencias serán sorteadas y todo volverá a ser, no como antes porque el país atraviesa una crisis, pero sí estarán unidos para enfrentarlas.

En la película se potencia en un segundo plano la situación social de un país abocado a la crisis económica; solo se refuerza en momentos en que Malin debe mostrarnos su capacidad de recuperación instantánea contra dichas adversidades, como en la escena donde va a una gasolinera y descubre la catarsis por la ausencia del combustible. En esa escena el protagonista vuelve a su casa para dejar el carro y desempolvar una bicicleta medio destartalada que será su medio de transporte a partir de ese momento, sin que parezca afectado por tan brusco cambio en su vida, él solo quiere regresar al hospital, con los niños.

Un traductor es un homenaje que se nos convierte en una enseñanza de vida, y más allá, en una vida ejemplar, porque llegado el final del filme nos sentimos tan conmovidos que difícilmente podremos pensar o reflexionar sobre el mensaje del filme, porque el diseño de la historia de principio a fin está narrada para que sintamos empatía y no para que nos detengamos a cuestionar posiciones éticas de la historia. Un final al puro estilo hollywoodense, que nos deja con muchas dudas de si lo que se quiso fue gustar a toda costa más que reflexionar sobre un período difícil, y sobre una historia en particular que resulta hermosa por su cuota de humanismo, pero que al llegar a la gran pantalla, nos deja reflexionando más allá de la simple narración.

Escrito por Ileana Margari…

Ileana Margarita Rodríguez Martínez, (Santa Clara 1962). Graduada de Estudios Socioculturales por la Universidad Central Marta Abreu de las Villas y Master en Cultura Latinoamericana por el Instituto Superior de Arte[ISA]. Ejerce la Crítica de Cine desde hace más de 15 años. Es miembro de la Asociación de Críticos de Cuba[ACPC]. Imparte la asignatura de Dramaturgia en la UCLV, talleres de apreciación del Cine en la ciudad de Santa Clara, sobre diversidad sexual, Cine Latinoamericano, Cine de autor y Cine erótico.