Celebra el Día del Orgasmo Femenino, siempre hay tiempo
Hoy es el Día del Orgasmo Femenino. Cada orgasmo es tan diferente como la mujer que lo experimenta. De todas formas, no necesitas un día específico, tú vívelos siempre!
Celebra el Día del Orgasmo Femenino, aún hay tiempo
 

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Escribir sobre orgasmos debería ser algo súper sencillo. Quizás te falten palabras para describirlo, pero una vez sabes lo que es algo saldrá. Al menos eso he pensado toda la semana. Hoy es sábado, hoy es el Día del Orgasmo Femenino y hoy yo he tenido un orgasmo fabuloso al levantarme. Hoy llueve y yo tecleo como loca porque el día acaba.

Ha sido tan fabuloso como obligatorio porque no quiero tener orgasmos últimamente, por demencial que parezca. Me he violentado a mí misma porque tenía que celebrar el día. Me levanté tarde y celebré por mí, aunque no quisiera, y por la Paula del mes pasado, por aquella que podía masturbarse cinco veces al día y que ahora debe andar perdida dentro de mí. Y grité, me debe haber oído medio barrio o no. Dejé el consolador en el baño por si decidía usarlo más tarde y ni siquiera he vuelto a mirarlo.

Si hablo de orgasmos terminaré hablando de hombres. Los elijo como escojo la comida. Es un proceso absurdo donde algo me motiva, un “algo” conceptual e intangible y que me provoca el mismo placer que tomarme un helado, caminar hacia un bar y “echarme” un shot de tequila; y luego al llegar a casa comerme a la vez una mezcla de bizcocho con crema pastelera y merengue mientras meto la mano en un pozuelo lleno de chicharrones y muerdo uno. Es raro y rico.

No sé por qué, al mismo tiempo, como cosas tan diferentes y tampoco por qué escojo los hombres de la forma en que lo hago. Es visceral. 

Los hombres que han pasado por mi cama en estos meses, esa cama que parece un tren que se descarrilla, ruidoso y terco, negándose a caer; son tan diferentes que lo raro y rico podría dar asco. Y también les he negado  toda posibilidad de darme un orgasmo, de decir: yo pude, se murió conmigo.

Podría haber fingido que llegaba, pero no lo hice, se llega o no se llega. Supongo que algunos hayan perdido un poco de dignidad ante mí, especialmente aquellas veces en que yo quería un orgasmo, pero no lo buscaba de ellos. Entonces sacaba mi dildo y empezaba justo ante sus ojos, y era feliz conmigo misma, con el espectador de turno preguntándose: ¿qué hace esta? A veces ayudaban y otras solo miraban; pero más que morbo yo vi otro sentimiento en sus rostros.

Lo que yo percibía era frustración. Ni siquiera entendía mi egoísmo como para dilucidar lo que atravesaba sus mentes. Habito esos días en que todo te parece extraño; donde sonríes pero no sonríes y nadie se percata, solo unos pocos. 

Hoy debería estar celebrando, no sola sino con alguien. Podría llamar al “intenso”, aquel que vino luego de seis meses sin sexo o escribirle a M y tener algo de sexting. O tal vez abrir Whatsapp y responder los mensajes, que ni siquiera he visto, del mulatón precioso de 1.92 cm de estatura de la fiesta del viernes. Más no quiero. Los orgasmos precisan abandono, soltura y libertad y yo no lo he logrado con esos hombres. Algo de mí desconfía. 

El muchacho con quien mejor me sentí le asqueaba pensar que yo podría orinarlo si me excitaba demasiado. ¿Con cuántos remilgos más tendré que encontrarme? ¿Cuánto tabúes pueblan a estos hombrecitos de hojaldre? No pierdo la esperanza, aunque sigo prefiriéndome porque conmigo misma el placer no es algo idílico sino alcanzable.

Ahora necesito alejarme de los hombres y pienso en los tatuajes que quiero en mi cuerpo. Imagino las agujas pinchando, la tinta saliendo, el ardor, la música de fondo. La última vez escuchaba a Aretha Franklin.

Los orgasmos que durante tanto tiempo fueron solo míos ahora me transportan hacia ciertos hombres, pero vuelvo a los tatuajes. A los tatuajes y a los orgasmos. El consolador aún está en el baño...