Una mirada optimista sobre el “Partido del Pueblo”
Hace menos de una semana Alexander Otaola presentó un nuevo proyecto político: el PDP (Partido del Pueblo). Y “el pueblo” no ha parado de comentar al respecto. El PDP, en opinión de Roberto San Martín, puede ser un ejercicio de democracia
Otaola en una manifestación anticastrista
 

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Hace menos de una semana Alexander Otaola presentó un nuevo proyecto político: el PDP (Partido del Pueblo). Y “el pueblo” no ha parado de comentar al respecto.

Son muchas las preguntas hechas a propósito del PDP: ¿Quiénes son sus fundadores? ¿Cómo decidieron los “cambios que Cuba necesita”, o que el IVA bajaría al 7% y que las “faltas leves y medias se mitigarían con multas y trabajos comunitarios”? ¿Quiénes establecieron las bases del partido? ¿Fueron influencers de redes sociales, economistas, filósofos, sociólogos, abogados? ¿Es Otaola el líder? ¿Qué es un partido? Y se ha preguntado hasta qué pueblo está llamado a participar.

Estas son algunas de las interrogaciones que leo constantemente en las redes sobre la iniciativa. Algunas respuestas se encuentran en los estatutos del partido, otras no.

En este corto tiempo, he visto muchos detractores que ni siquiera se tomaron el trabajo de leer la propuesta. Del mismo modo, tampoco lo hicieron fervientes defensores. A lo mejor es que los niveles de interés por la lectura están muy bajos en estos tiempos. Preferimos que alguien nos cuente que se lo leyó “del Pe al Pa” (aunque no sea cierto) y nos dé su opinión. Si ese alguien nos parece simpático, con buena imagen, o simplemente nos cae bien, pues nos convence y entonces apoyamos su parecer.

Caer en esto es ceder nuestra responsabilidad cívica y, nunca mejor dicho, no tomar partido. Es un reflejo condicionado tras años de asentir, de no cuestionar, de dar la razón a alguien que nos juraba que no existía más razón que la que nos daba, aunque nunca permitió que otros expusieran las suyas.

Hace unos días en mi programa entrevisté a Alexander Otaola sobre este tema y algunas de las dudas alrededor de la iniciativa. “La idea es que sea una cosa virgen que todos nos apropiemos de ella, que no tenga un rostro”, fue una de sus respuestas.

Aunque evidentemente, incluso si algo no tiene un rostro, cuando se seleccionan las bases de un partido y se dejan otras por fuera, es lógico pensar que un grupo determinado de personas tomaron ciertas decisiones. Que los fundadores no sean visibles, no significa que no existan.

Sabemos lo que queremos para nosotros de aquí a diez años, pero me pregunto: ¿Tenemos una idea de qué sociedad queremos construir para nuestros nietos? ¿O cómo construirla? ¿Sabemos que entre el blanco puro y el negro más profundo hay una variedad de matices que crean el arcoíris en el que vivimos? Lo sabemos, pero… ¿lo aceptamos cuando se trata de política?

Nos criaron (o debería decir nos crearon), a los menores de 61 años, haciéndonos creer que al líder no se cuestiona, la ideología no se traiciona y el partido (como el cliente) siempre tiene la razón. ¿Podemos desprendernos de ese dogma?

Observar cómo se ha delineado este proyecto, y se ha recibido incluso entre quienes han fundado otros similares, me hace dudar de nuestra capacidad de diálogo y de nuestra propia honestidad intelectual.

¿Estamos lo suficientemente entrenados para escuchar y respetar opiniones distintas, sin pensar que por eso son contrarias a nuestra integridad? ¿Podemos escuchar una crítica sin odiar a quien nos critica? ¿Podemos seguir a un partido con o sin líderes que nos digan dónde, qué y (sobre todas las cosas) a quién gritar? ¿Es necesario, incluso, gritar?

Yo valoro lo singular de la propuesta. El PDP como fenómeno, en cuatro días –a lo mejor por su novedad o por lo mediático y polémico que es Otaola–, motivó a un número mayor de personas a realizar un análisis político que cualquier otra iniciativa en los últimos 4 meses.

Los que tenían un proyecto que languidecía se han puesto las pilas, porque a lo mejor sienten que les ha nacido competencia. Los que llevaban años pensando en crear un partido se han decidido, porque les ha surgido un paradigma.

Eso podría ser lo mejor de esta idea hasta el momento. Generar un posible efecto dominó. Quien piense que nuestra sociedad (la de los cubanos tanto dentro como fuera de la isla) va a cambiar solo porque se derroque a la dictadura de un día a otro, no sabe nada ni de política, ni de sociología, ni de estado de derecho.

Ese cambio radical solo ocurre a través del miedo o la fuerza, como bien impuso el castrismo desde el primer momento, o a través de condiciones sociopolíticas y económicas muchas veces inesperadas. El PDP en mi opinión puede ser un ejercicio de democracia.

Por lo general, me gusta ser optimista ante las iniciativas ciudadanas y ojalá funcione como un laboratorio donde muchos cubanos puedan creer y/o crear su versión de la libertad. Si somos capaces de verlo de esta manera, igual tendremos la oportunidad de ser espectadores del cambio en Cuba, o más bien del cambio en los cubanos. Sin lugar a dudas es el cambio necesario.

Gusanito Pérez o El artista antes conocido como Roberto San Martín

Escrito por Roberto San Martín

Roberto San Martín (La Habana, Cuba, 1976) es un exitoso actor cubano, ha conquistado el cine, la televisión y las redes sociales. Nació en el seno de una familia de artistas: su madre es la actriz Susana Pérez y su padre el escritor y director de cine y televisión Roberto A. San Martín. A través de las redes ha ganado un importante espacio como comunicador y activista político, con programa y voz propia, para luchar por la libertad y la democratización de la tierra que le vio nacer (Cuba).