Tres tazas de etnocubanología
Los académicos "progres" inventan teorías sutiles para justificar lo injustificable, pero cualquier cubano sabe que en la isla hay una dictadura sin necesidad de que se lo expliquen desde el privilegio intelectual
Fotografía de Raúl Cañibano - La Tropical 2008
 

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Como soy un auténtico contrarrevolucionario, hijo de revolucionario interventor, militante y agente del G2, mi corazón aún palpita con la idea de un mundo mejor, donde los estipendios para sabáticos de profesores que escriben tesis chatarra cada un par de años, sean reasignados a los pagos de reparaciones al pueblo afroamericano.

¡Cuánto daría porque llegara la revolución a América y que un líder carismático los desposeyera y parametrara, y que los dineros de grants, becas y gratuidades sirvieran para construir un Lincoln Center en Harlem, una Escuela Nacional de Arte en Mar-a-Lago, una Cinemateca en Overtown, un MIT en Liberty City!

¡Cuánto daría por ver a los sofistas alfabetizando en el gueto, currando en una secundaria básica de Compton, cortando caña o recogiendo fresas para construir un futuro agrarista igualitario! Yo, compañeros intelectuales, confío firmemente en que ese día está más cerca de lo que ustedes suponen.

No hay que engañarse: el pecado de los profesores sigue siendo el mismo que en los tiempos de Che Guevara: no ser suficientemente revolucionarios. Porque sus vidas todavía transcurren en los bunkers que les sirven de oficinas, enfrascados en rizar el bucle de las barbas marxistas, mientras los humildes educadores visitantes y adjuntos hacen el trabajo sucio de la enseñanza.

La igualdad de la clase alta y la baja del profesorado no es una cuestión que les quite el sueño a los titulares del privilegio. Los maestros sin permanencia se parten el espinazo para que una aristocracia intelectual vitalicia y viciosa pueda dedicarse a tergiversar la Historia de lugares ajenos, como es la siempre trajinada Isla de Cuba.

La confederación de pollinos en muceta de doctor mira por encima de las gafas a los diletantes que no dominan su alto dialecto. A finales del siglo XVIII, Francisco de Goya los retrató en un Capricho titulado, apropiadamente, "Si sabrá el discípulo", y no es secreto quién fue el maestro de estos pequeños dictadores.

Los reparteros de San Isidro han vuelto superfluo el discurso cifrado para describir a la dictadura (“Se sigue manejando el partido único”, dice el impertérrito profesor J.C. Guanche), por lo que los académicos vendrían a ser la reacción conservadora en estos tiempos de cambios. ¡La rueda de la historia los volvió a aplastar!

Qué cínico el profesor que acusa de usureros a los exiliados, y de asalariados a los proletarios que pagan las remesas y recargas de sus compatriotas. Qué buen discípulo del castrismo es el borrico que culpa al gusano de aceptar las treinta monedas de la USAID, sin sumar a la cuenta los 7 mil millones que recibe el régimen por carambola. O los sesenta y dos años de depauperación política y bancarrota económica.

Al gramático Walter Lippman le debería estar vedado hablar de “los medios financiados contra Cuba”, primero, por lo horroroso del solecismo, y segundo, por esa burda sinécdoque que hace que todo un país se confunda con la dictadura. ¡Qué retorcido el retórico Lippman!

Dos años de vacaciones en Cuba, pagadas por los prebostes, convierten a cualquier forastero en experto cubanólogo. Una profesora militante que pide a voz en cuello la independencia de Catalunya puede exigir moderación cuando se trata de Meliá Cohiba. ¡Hablemos de pelota y dejemos de acusar a Guanche de sofista! Con las reglas más astringentes de participación, excluye de su boliche a los vociferantes cubanos, solo para darle entrada a los gringos rastacueros.

Debo decir que la última vez que consulté el canon, Ramón Fernández Larrea era una referencia obligada de la cultura cubana de los últimos 40 años, y Ariana Hernández Reguant, con todo el respeto que merece su interés por Cuba, una advenediza. Ramón Fernández Larrea, señores neocolonialistas, es un etnólogo mucho más distinguido que todos ustedes. Es más: cualquier cubano en la cola del pan es un etnólogo graduado con honores.

¡Ah, y por el amor de dios! William Randoph Hearst no provocó ninguna invasión de Cuba, sino todo lo contrario: la liberación y modernización de nuestra patria esclavizada por los gallegos de siempre. Los cubanos le debemos al Noveno Regimiento de Infantería del Ejército estadounidense la libertad que disfrutamos hasta 1959. ¡Gratitud eterna a los gloriosos Rough Riders afroamericanos!

Ventilar temas de etnografía en la página de Facebook y exigir adherencia a unas pautas académicas estrictas, es un chiste y una trampa. Es de hipócritas hacer pucheros a las groserías del cibersolar, rechazando todo aquello que huela a "sloganeering" (sic), mientras se calumnia a la prensa de Miami con el más barato y politizado de los eslóganes:  "Uno imaginaría que, con 400 mil dólares para gastar, pagados por mí, usted, y cada contribuyente en los Estados Unidos, existirían unas mínimas reglas", como dice Hernández Reguant, remangándose la licra.

Hay mil maneras de hacerle el juego a la dictadura, y el falso academicismo es la más rentable y menos honorable de todas. Uno imaginaría que con el dinero de los programas de estudios en La Habana y los millones que salen de las arcas de las matrículas, los etnólogos y los retóricos hubieran entendido, al menos, la naturaleza unifamiliar de nuestro régimen de milicos —pero quizás el profesorado se sienta parte de la famiglia.

A fin de cuentas, son sus propios alumnos los estafados, y sus ingenuos colegas los extraviados. Porque vosotros, empedernidos practicantes de la apropiación cultural, no son cubanos ni cubanósofos, permítanme recordárselo, sino pésimos aficionados de una vieja dictadura, y como en el chiste de repertorio, creen haber encontrado Mentholatum donde solo hay una muestra de nuestras heces. (Al académico yuma que no capte el chiste, lo remito al volumen XVII de las obras completas de Guillermo Álvarez Guedes, etnólogo).

Escrito por Néstor Díaz de Villegas

Poeta y ensayista cubanoamericano. Su más reciente libro es José Martí: Estados Unidos en la prosa de un inmigrante (Vintage Español), de próxima aparición.