Revolución es cambiar

Lo que caracteriza a una revolución es, simple y llanamente, que constituya un cambio. Cambio de gobierno, cambio de calzoncillos, cambio la vaca por la chiva, cambio de sexo, cambio de horario y cambio dólares por pesos cubanos
Cambio de héroes durante la Revolución castrista. Ilustración: Armando Tejuca
 

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Durante muchos años estuve en vilo, preocupado por no dar la nota en una sociedad donde se pedía, ante todo, durante y después de todo, una sola cosa: ser revolucionario.

Me levantaba muy temprano y me miraba al espejo, a ver si mi coloración revolucionaria seguía ahí, o el enemigo había logrado cambiarla. Sufrí mucho. Dudé mucho. Me vigilé muchísimo. Y hasta tuve largas temporadas en las que no me respetaba ni creía merecer dirigirme la palabra. Y todo por una gran confusión que descubrí más tarde, cuando entendí que tener diversionismo ideológico no era nada comparado con tener divertículos.

Cuando uno escucha la palabra revolución en lo primero que piensa es que mañana no sabrá dónde va a dormir o qué va a comer. Pero también se imagina a un disco girando sin descanso, 45 o 33 revoluciones por minuto. Ser revolucionario es estar dentro, o ejercer y apoyar una revolución. O hacer todo lo que se supone que hace un revolucionario. Y cada vez que se tenga un chance, decirlo en voz muy alta: “Soy revolucionario”, aunque nadie esté mirando.

Según definición encontrada en una de las muchas páginas de internet dedicadas al asunto “una revolución (del latín revolutio, 'una vuelta') es un cambio social fundamental en la estructura del poder o la organización que toma lugar en un periodo relativamente corto o largo dependiendo la estructura de la misma”. Concluyendo, revolución es revolico. Cambio.

No quería ser pedante y ampararme en algún famoso, pero hay veces que la gente necesita que alguien de “arriba” avale lo que uno dice. Por eso traje a un griego, que para estas cosas funcionan muy bien.

Aristóteles describía tres tipos de revoluciones políticas: Cambio completo desde una constitución a otra. Modificación radical desde una constitución existente. Cambio de sistema, mandatario o régimen a otro. Claro que toda versión aristotélica a esta altura del universo carece de valor práctico, porque el pobre Aris no vivió la revolución francesa, ni la haitiana, ni la rusa y tampoco la cubana. Es decir, que Aristóteles se salvó.

Lo que caracteriza a una revolución es, simple y llanamente, que constituya un cambio. Cambio de gobierno, cambio de calzoncillos, cambio la vaca por la chiva, cambio de sexo, cambio de horario y cambio dólares por pesos cubanos.

Si revolución fuera sinónimo de cambio constante o cambio sistemático, los más revolucionarios de este mundo serían los semáforos. Pero los semáforos están programados, y lo hacen mecánicamente, sin razonar, tal vez porque no pueden hacer otra cosa o corren el riesgo de fundirse. Sin embargo, los revolucionarios cubanos lo hacen por... Cuando se es revolucionario en Cuba uno tiene que... Allí es más importante la convicción que los... Total, los semáforos solamente cambian con tres colores: rojo, verde y amarillo.

Ahí está el recién finalizado octavo congreso del único partido que se ha  autorizado en Cuba desde hace más de sesenta años. ¿No permitir que existan otros partidos hacen a ese partido único poco revolucionario? Cualquiera diría que sí, pero seguramente lo dice por decirlo, por hacer daño, pagado por el enemigo. Yo afirmo que no hace falta otro partido, si con uno solo el país está como está ¿para qué pedir refuerzos?

Pero volviendo al congreso de los comunistas cubanos: ¿ha cambiado algo? Aún es pronto para afirmarlo, a pesar de que ya es más que sabido que le han abierto la puerta a la mafia militar, que hay tres mujeres y un moreno muy mayor que siempre se duerme. Porque nadie puede ser revolucionario las 24 horas del día, los 7 días de la semana, en cualquier parte.

Bueno, con una sola excepción, el Delirante en Jefe. No ha habido nadie en la isla más propenso a los cambios y a las revoluciones. Fidel se revolucionaba él mismo. Decía una cosa hoy y otra mañana, es decir, cambiaba de parecer y de manera de pensar e incluso de parecer pensar. Eso es revolucionar, y ser un verdadero revolucionario, aunque la gente a tu alrededor enloquezca.

Un día prometía que íbamos a nadar en un mar de leche. Otro, que iban a estar repartiendo vacas cubanas por todo el mundo, el oro rojo le decía. Otro, que desecaría la Ciénaga de Zapata para sembrar no sé qué y hacer diques para ir a pie hasta la Isla de Pinos. Pero algo se trabó ahí en sus revoluciones. O se le calentó mucho el revolucionario o los cocodrilos se vieron en peligro, y cuando los cubanos miraron para atrás no había leche, ni oro rojo, ni vacas, y por poco se acaban también los cocodrilos.

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Un cambio grande que sí hizo el más revolucionario entre los revolucionarios fue en la forma y en la dinámica de Cuba. Antes parecía un caimán, un verde caimán. Pues bien, ese gran revolucionario, tan entusiasta, la transformó. Y de caimán se convirtió en pez pega, o en Rémora, que así se llaman esos inteligentísimos seres acuáticos que se le pegan al lomo a los grandes y ahorran gasolina, energía y hasta comida.

Pero esa filosofía del “recostao” parece que es revolucionaria y marxista, porque es fiel a lo que hicieron siempre los “líderes históricos”: Carlos Marx apeyuncado a la plata de Federico Engels; y Vladimir Ulianov, Lenin, pidiéndole rublos a su progenitora, a ver si llegaba a fin de mes.

Parece que las revoluciones no pueden durar demasiado tiempo, porque cuando terminas de quitar lo que no te gusta, y cambiar lo que querías, lo que se te ocurrió poner en su lugar se vuelve viejo y a otros no les gusta y quieren cambiarlo, porque también se sienten revolucionarios y tienen derecho. Pero a los que fueron revolucionarios antes no les cuadra mucho que haya revolucionarios de después.

Lo que pasa es que cuando uno es revolucionario y llega cuando ya hay un revolucionario histórico, que tiene antigüedad, y la gente se huele que hay peligro chocar con él, le pasa como a mí, que sufre viéndose cada día en el espejo, preguntándose si se es o no se es, y qué grado es uno: ¿revolucionario A, o revolucionario B? Porque ese que fue el más revolucionario te ubicaba rápido y te ayudaba a darte cuenta si eras revolucionario o se te estaba yendo el entusiasmo. Te desaparecía o te modificaba la salud, plan pijama o panteón de los mártires, y las dos son malas.

Así que un día decidí hacer los cambios que me convenían y convertirme no en revolucionario, sino en ser humano normal y corriente. Un cambiacionario. Porque parece que los que tratan de ser revolucionarios toda la vida empiezan a odiar a los que no les siguen, y terminan siendo una mierda de personas.

 

Ilustración de portada: Armando Tejuca, exclusiva para ADN Cuba

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.

 

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