Prever y salvar: reto de hoy y de mañana

Cuando un estado tiene que recurrir a instrumentos como el Decreto Ley 35, que reprimen la libertad de expresión, arman una estructura de delación hasta con el modelo de denuncia, y pone a unos cubanos como delatores de otros, en lugar de garantizar que todos estemos bajo la ley, algo anda muy mal en nuestro país
Bandera cubana frente a edificio público. Foto: @Doug88888
 

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Las masivas protestas del 11J en Cuba son una prueba de que la tozuda realidad siempre se impone. Ahora el Decreto-Ley 35 vuelve a ponernos ante la cotidiana y larga disyuntiva de la verdad o la mentira, de la realidad o la propaganda, de la voz o la mordaza, de la vida o el teatro.

Opino que evaluar este Decreto, o cualquier norma jurídica, en el actual sistema cubano con los parámetros de otras naciones en que existe un estado de derecho y la debida independencia de poderes es, por lo menos, una ingenuidad, o un ángulo de análisis sesgado. Cuando una ley da miedo al ciudadano decente, algo anda mal, en esa ley y en las instituciones jurídicas.

Cuando un estado tiene que recurrir a estos instrumentos que reprimen la libertad de expresión, arman una estructura de delación hasta con el modelo de denuncia, y pone a unos cubanos como delatores de otros, en lugar de garantizar que todos estemos bajo la ley, algo anda muy mal en nuestro país. El argumento de que en otras naciones hay también regulaciones para el uso de las redes es continuidad de ese falso argumento de que lo que hacen otros justifica lo que yo hago, sea bueno o malo. No siempre es así. Y esa no debía ser la argumentación. La norma moral es la justicia, es la dignidad del ciudadano.

Creo que un criterio para evaluar una norma, cualquiera que sea, debe ser si es justa, si es humana, si humaniza, si libera, si facilita el desarrollo de cada persona, si es vehículo para la expansión de la verdad, de la bondad y de la belleza. Si la norma legal deshumaniza es injusta. Si no libera y protege las potencialidades de cada ciudadano es injusta. Si la ley sirve para esconder la verdad es injusta. Si la ley sirve para proteger a la maldad es injusta. Si la ley sirve para desfigurar la belleza de esta vida y para hacer de la existencia una cárcel, es injusta. Si una ley agobia al honesto es injusta, y si reprime al buen ciudadano es injusta. Y toda ley injusta debe ser abolida. Las leyes son para servir al ser humano y, cuando no lo sirve, no sirve la ley y debe ser cambiada. Las leyes no son dogmas, son caminos de libertad.

 

Evitar que tu pueblo se tire al mar

Otro criterio para evaluar una normativa es su factibilidad, su racionalidad, su oportunidad. Recuerdo una de las grandes lecciones de “El pequeño príncipe”, de Saint-Exupéry, que comparto aquí en uno de sus memorables párrafos del capítulo 10:

 “Dijo el rey absoluto:

– Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, ¿quién estaría en falta, él o yo?

– Sería usted – dijo con firmeza el principito.

– Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar – prosiguió el rey. – La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”.

La sabiduría de la autoridad legítima es no ordenar lo que es imposible cumplir. O lo que conduce a su pueblo a “que se tire al mar”. El 11J en toda Cuba es una confirmación de la veracidad de esta lección de vida. Cerrada la válvula de escape hacia fuera y encerrada la libertad por dentro, ocurre lo que parecía imposible y se podía haber prevenido. Los cubanos sabemos que la causa de todo éxodo masivo está dentro del país del que se huye.

Digámoslo claramente, el contenido del Decreto-Ley 35, en líneas generales, en sus principios y en su finalidad o intencionalidad, no es ni nuevo ni peor. Toda su naturaleza y propósitos pertenecen a la esencia del régimen totalitario bajo el que vivimos en Cuba desde hace más de 60 años. Y como la autoridad pide absurdos, el pueblo se cansa, y ocurren las explosiones sociales que responden a una multicausalidad y que pueden reiterarse en disímiles formatos y escenarios. Cuba no necesita explosiones, necesita cambios reales y estructurales. Hay una sola forma de evitar que los cubanos se tiren al mar: que Cuba cambie hacia la libertad. Todo lo demás es dilación y distracción. Y los dislates exasperan.

 

Lo que parecía imposible

“Tanto va el cántaro a la fuente… hasta que se rompe”, expresa el refranero popular. Pero es aún más grave tirar o golpear al cántaro para que no llegue a la fuente de la libertad. Es responsabilidad de la autoridad, cuando es legítima, cuidar del cántaro. Es decir, cuidar al pueblo que contiene en sí la libertad y la soberanía. Cuando los que tienen la obligación de cuidar y facilitar la vida, la agobian, la reprimen, la golpean hasta romperse y le prohíben el acceso a la fuente de la vida, de la libertad y de la felicidad, entonces esa autoridad pierde legitimidad.

Es bueno decir que la legitimidad no se mantiene ni con la fuerza, ni con leyes mordaza, ni con miedo, ni con lavados de imagen. La legitimidad se obtiene, se mantiene y se consolida con la búsqueda consensuada del bien común, con la vida en la verdad, con el cultivo de la belleza, con el ejercicio de la razón, con la justeza de las leyes, con la libertad que no es libertinaje cuando va unida entrañablemente a la responsabilidad ciudadana.

Tal es la actual situación de Cuba. Y tengo la convicción de que se acerca el día en que la tozuda realidad se imponga a la tozudez de la mentira y se cumpla, para todos los cubanos, lo que Nelson Mandela expresó para su país refiriéndose a los cambios difíciles y estructurales: “Siempre parece imposible, hasta que se hace”.

Me parece urgente, muy urgente, que regrese la cordura, la serenidad, la voluntad de cambio, el apego a la verdad, y la liberación de la soberanía de cada cubano, para el bien de la Patria que sufre.

Por lo que escucho, por lo que leo, por la verdad que mayoritariamente reflejan las redes sociales, por los estudios de los académicos, por los aportes de los activistas de la sociedad civil, por lo que expresan ya sin miedo el ciudadano cubano común, en Cuba y sobre Cuba, creo que lo que parecía imposible en Cuba está por llegar. Es más, ya lo estamos haciendo entre todos. Incluso, aunque pudiera parecer un disparate, podríamos decir que hasta los que están tomando decisiones desesperadas, leyes imposibles de cumplir, estilos de ordeno y mando, los que amenazan, los que meten miedo, los que están ya a la defensiva porque tienen miedo de perder algo, todas esas actitudes y acciones están contribuyendo, también, a que lo que parecía imposible se haga posible, porque sabemos que mientras más se estira la soga más rápido se parte. La paciencia de un pueblo tiene un límite, y mientras más medidas coercitivas se tomen más se asfixia la paciencia. La falta de oxígeno cívico conduce a la desesperación caótica y violenta, y esto es lo que nadie quiere.

Cada vez son más los cubanos que escucho decir: todos sabemos que el cambio está ya a las puertas, pero lo que debemos prever, atender y cuidar, es el cómo será ese cambio. Cómo serán las transformaciones necesarias, cómo evitar que el caos, la urgencia, la violencia, el oportunismo, la avaricia y los nuevos autoritarismos y populismos, nos roben lo que parecía imposible y tanto nos ha costado a todos los cubanos.

Cambios sí, cambios ya. Pero cómo, con quiénes y, sobre todo, hacia dónde. Ese es, creo yo, el mayor y más grave desafío para los cubanos de la isla y de la Diáspora.

“En prever está todo el arte de salvar”, escribió José Martí. Prever y salvar: he aquí el reto de hoy y de mañana.

 


Publicado originalmente por el Centro de Estudios Convivencia

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.