El inmovilismo y el cambio en Cuba

Si no se cambia el modelo no parará la avalancha de desgracias y fracasos; el país no podrá enfrentar catástrofes o accidentes, sin construir antes las condiciones para el progreso
Ruinas de edificio habitado en La Habana. Foto: ADN Cuba
 

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Ante cada accidente, catástrofe natural, fracaso económico o explosión social, pareciera que los cubanos estamos “destinados” a sufrir, a resignarnos, a involucionar. He llamado a las últimas pruebas que hemos tenido que soportar los cubanos con sistemática persistencia, “las diez plagas de Egipto”, rememorando aquellas que sufrió el pueblo de Israel bajo la esclavitud del Faraón que no cedía, no soltaba, no cambiaba.

Algunos le atribuyen estas desgracias al “karma”, otros al “destino”, y otros a la “mala suerte”. En todos los países ocurren catástrofes naturales y crisis económicas, políticas o sociales, de todo tipo. Sin embargo, es un hecho comprobable que los pueblos, junto con sus autoridades democráticamente elegidas, buscan salir de las crisis, cambiar de modelo económico, cambiar de sistema político, lo que les permite emprender proyectos sociales y políticas públicas nuevas de verdad.

Las transformaciones sociales, económicas y políticas no se realizan de forma mágica, ni vienen caídas del cielo, ni se pueden importar copiando otros cambios al calco. Cuba, el pueblo cubano, pasa de una desgracia a otra sin que por ello se abra la puerta al cambio estructural verdadero. El cambio fraude mete la cabeza por cada brecha de oportunismo, intereses mercantiles, ansias de poder o ingenuidad incurable.

El camaleónico gatopardismo cubano se reinventa en cada vez menos labores cosméticas como si lo superficial fuera el hueso, y la piel del modelo pudiera cambiar las arrugas de la caducidad. Otras veces intentan entretenernos con campañas de propaganda cada vez más increíbles y alejadas de la realidad que todos vivimos.

No basta el análisis de esta realidad, ni quedarnos en el fatalismo de que “esto no hay quien lo arregle, ni hay quien lo cambie”. No basta quedarnos en el lamento improductivo. Hay que ir a la raíz del problema, como en toda crisis hay que buscar las causas profundas, estructurales, sistémicas, única forma de poder superarla.

Ya sabemos que lo que ocurre en Cuba no son errores, ni tendencias negativas, ni fallos coyunturales, la causa profunda es que este modelo económico, político y social no funciona, es ineficiente e ineficaz, acumula desastres, construye ruinas. Si no se cambia el modelo no se podrá parar la avalancha de desgracias y fracasos; el país no podrá enfrentar las catástrofes o accidentes, sean naturales o propios del sistema, sin haber construido antes las condiciones estructurales necesarias para el progreso. Pongamos un ejemplo: las casas en Cuba no se caen con un temporal sino porque no han recibido mantenimiento ni reparaciones, ni han sido sustituidas por edificaciones nuevas. El temporal es lo accidental, el derrumbe es la consecuencia de la obsolescencia del modelo.

Habiendo dicho que esa es la causa raigal: el modelo que no funciona, quisiera referirme también a otro fenómeno que impide el cambio y el progreso. Me refiero al inmovilismo en todos los sectores de la vida: inmovilismo estatal, inmovilismo en el modelo económico, inmovilismo en el sistema político, inmovilismo en los proyectos de vida personal y familiar. Pareciera que Cuba está siempre en una parada, esperando a que llegue el nuevo carro salvador y prestamista para montarse en él y que nos adelante hasta la nueva parada, de crisis en crisis.

Con el inmovilismo económico de reciclar la misma empresa estatal, y con el mismo sistema centralizado y planificado desde la cúpula, no se va a recuperar la economía con remiendos de trabajo por cuenta propia. El inmovilismo y la cerrazón en lo económico conduce directamente la miseria, al hambre, la falta de medicamentos, la falta de electricidad y de agua potable, entre otros males.

El inmovilismo en lo político, con más leyes, normas, castigos y más represiones, no logrará la participación consciente, libre y responsable de los ciudadanos. El miedo inmoviliza, por un tiempo. El inmovilismo político conduce directamente a la parálisis social, la corrupción general, la desmovilización y la pérdida de la soberanía ciudadana.

El inmovilismo que convierte a la cultura y a la religión en decadentes organizadoras de eventos, celebraciones, efemérides, jornadas o campañas, para mantener un cierto activismo cultural y eclesiástico conduce directamente a mimetizar la mundanidad, a la sequedad del alma, a la inanición del espíritu, a la pérdida de la vida interior y al bloqueo de lo trascendente. El inmovilismo cultural y religioso conduce directamente a la enfermedad del alma.

Esto es precisamente lo peor y lo que no pueden “ver” los ojos del materialismo existencial y de la mundanidad. Se trata del inmovilismo del alma de los cubanos. Se trata de la parálisis de la conciencia. Se trata de la discapacidad de la voluntad para “mover desde dentro”.

El inmovilismo del alma es la peor desgracia de los cubanos y nos conduce a la noche del espíritu. Nos empuja a la desesperanza. Nos provoca el apagón de la novedad, paraliza el fluido de la creatividad, nos debilita la fuerza interior que es lo mismo que confiscar la mística que es el motor de la vida. El inmovilismo es la muerte. El “mantenimiento de lo que siempre se ha hecho” son los cuidados paliativos. Y la parálisis social es la etapa terminal e irreversible de cualquier proyecto.

 

Propuestas

He experimentado en mi propia vida, y en la de otras personas y otros pueblos, que aún en medio del más recio inmovilismo es posible mover el alma, esa última libertad que tenemos todos los seres humanos de vivificar nuestra vida interior. En medio de la parálisis más opresiva queda siempre la irreductible capacidad, inherente a la condición humana, de levantar el alma y ponerla de raíz de todo proyecto. Esa es precisamente la razón profunda de la perseverancia en las obras, de la permanencia en el país paralizado, del reemprender después de la poda y la tala. Esa es la columna vertebral del proyecto de toda nuestra existencia: tener vida interior, mantener encendida la mística que nos mueve a pesar de los cerrojos políticos, económicos, sociales e incluso religiosos.

Por eso propongo que:

  1. Al inmovilismo, respondamos con una vida interior fuerte, creativa y fecunda.
  2. Al apagón de los proyectos, respondamos con las luces del Espíritu.
  3. A la continuidad de la decadencia, respondamos con la renovación de la mente.
  4. Al bloqueo de los cambios, respondamos con la fuerza serena de la voluntad.
  5. Ante lo irreversible e impuesto, respondamos con la liberación del alma.
  6. A la invalidez de mitos totalizantes respondamos con la fe en la fuerza de lo pequeño.
  7. A la enfermedad del daño antropológico sanémosla con un humanismo de vida y virtud.
  8. Ante las ideologías de la muerte trabajemos por la resurrección de Cuba en el Espíritu.

Tengo la certeza y la vivencia de que el inmovilismo solo vence cuando nos rendimos. Tengo la fe de que la vida y la esperanza tendrán la última palabra en Cuba. Creo que todo cubano tiene dentro de sí el calor, la fuerza y la luz necesarios y suficientes para mover a Cuba hacia la nación que edificaremos sobre los cimientos cubanísimos de la virtud y del amor. Porque como dijera Martí: “La única fuerza y la única verdad que hay en esta vida es el amor”.

 

Tomado del Centro de Estudios Convivencia

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.