Adiós a Eddy Calderón. La segunda muerte de Trespatines

El maldito año 2020 no termina de arrebatarnos amigos y dejarnos desolación y heridas. Ahora se lleva, para siempre, a una voz que era todas las voces, un comediante irreverente con la vida, que ha habitado la memoria cubana del exilio y que supo, como pocos, convertir la tristeza en alegría. Hoy la muerte se ha llevado a Eduardo Ángel Calderón González, Eddy Calderón, el hombre de las mil voces
Adiós a Eddy Calderón. La segunda muerte de Trespatines
 

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El maldito año 2020 no termina de arrebatarnos amigos y dejarnos desolación y heridas. Ahora se lleva, para siempre, a una voz que era todas las voces, un comediante irreverente con la vida, que ha habitado la memoria cubana del exilio y que supo, como pocos, convertir la tristeza en alegría. Hoy la muerte se ha llevado a Eduardo Ángel Calderón González, Eddy Calderón, el hombre de las mil voces.

Lo conocí en mi primer viaje a Miami durante la Feria del Libro del año 2001, después de que el mundo mostrara su cara desagradable con la brutal caída de las Torres Gemelas de New York. Me habían invitado a un programa de radio que se llamaba “La timba de la mañana”, donde me entrevistaría Omar Moinello, a quien conocía de mucho antes. Me presentaron al otro conductor, que de manera discreta pidió permiso y salió de la cabina. Luego sonó el teléfono y me pasaron la llamada. Alguien quería hablarme.

Los oyentes no pudieron ser testigos del brinco tan alto que di en el asiento cuando, del otro lado del teléfono, la odiada voz de Fidel Castro me preguntó por qué había yo traicionado a Cuba marchándome. Era Eddy Calderón, pero era también ese Castro metido en todo que uno siempre quiso tener cerca para decirle en cara cuatro verdades. Al final regresó Eddy y nos reímos mucho de mi respuesta airada, pero también un poco asustada. 

Luego la vida me trajo a estas tierras y ahí siempre estuvo Eddy Calderón, Calderón con su barca, con esa simpatía y ese desparpajo con el que llevaba la amistad y su oficio. Hacía humor con la naturalidad de quien nació para eso, con la alegría que da saber que llevas dentro mil voces diferentes a los que la gente va a identificar. No importaba que fuese una voz traída del más allá, como la de la gran Olga Guillot, o una voz cotidiana, como la de Walter Supermercado, que él adornaba creando cientos de historias disparatadas para decir el horóscopo más desternillante y absurdo del mundo. 

Pero hubo dos voces que el exilio recibió siempre con júbilo infinito, agradecido por saber que alguien era capaz de desdoblarse de ese modo: la del senil dictador Fidel Castro, que mientras más envejecía, Eddy Calderón sabía ridiculizar con más eficacia, y la de Leopoldo Fernández, en ese personaje inmortal que es la esencia de la cubanidad: José Candelario Trespatines. 

Trespatines le abrió las puertas del mundo de Latinoamérica a Eddy Calderón, pero Eddy Calderón le abrió para siempre, a los cubanos de después, las puertas de José Candelario Trespatines, el triste y pobre pícaro que intentaba las pequeñas e ingeniosas estafas para sobrevivir en tiempo de penurias. Parecía sacado de otra época, pero mientras el fracasado socialismo cubano creaba la avasalladora pobreza diaria, cada cubano era, en potencia, un José Candelario Trespatines, porque en la Cuba actual lo que no estaba prohibido era ilegal. 

Esa fue la esencia de una historia que nos unió durante casi dos años: La Moderna Corte, el homenaje que ambos, sin saberlo, quisimos hacer a aquel gallego aplatanado que se llamó Cástor Vispo, y a su creación más querida: un juzgado donde un truhan intentaba enredar a un recto juez, y donde siempre estaban, como en el teatro vernáculo, la mulata y el gallego: Luz María Nananina y Rudesindo Caldeiro y Escobiñas. 

Fotos: Primera grabación de Sabadicidio en Radio Martí. Septiembre, 2018/ Cortesía del autor.


La historia era sencilla y creíble. Sesenta años más tarde, los nietos de aquellos personajes de La Tremenda Corte se encontraban, de manera casual, en un juzgado de La Pequeña Habana, en la ciudad de Miami. Todos tenían similares características a sus abuelos, de modo que las reglas del nuevo juego estaban bien cantadas y definidas.

Yo escribí aquellos guiones y Eddy Calderón hizo un montón de voces: el secretario, el gallego, Trespatines y algunos famosos que llevamos como testigos o simples cameos absurdos: Don Francisco, Raphael, Roberto Carlos. El actor Manolo Coego Jr. asumió al Tremendo Juez y la comediante Zulema Cruz encarnó, de manera perfecta, a la nieta de Nananina. 

Fueron meses arduos y divertidos que me acercaron al universo de Eddy Calderón, el Caldero. Conocí así su increíble capacidad de trabajo, su naturalidad para desenfocar el mundo, la elemental alegría que le daba saberse querido y poder querer. Y la satisfacción que le producía crear, inventar y divertir a los demás. 

Querido Eddy Calderón, te advierto hoy una cosa: si pensabas escaparte para que te olvidáramos, fallaste, te salió el tiro por la culata, porque te has quedado aquí, en todos los cubanos que te conocieron en la televisión y en la radio, y en nosotros, en Zulema, en Manolo, y en mí. Y sé que cada vez que la vida vuelva a ponerme una zancadilla, sonará tu voz, o la de tu alter ego José Calderario Trespatines para decir, a voz en cuello. ¡Cosa más grande la vida, chico!

 

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.

 

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