Quimbombó que resbala...
La actuación de los líderes populistas de izquierda, y dictatoriales, ante el coronavirus demuestra que les importa poco el pueblo y sí mucho conservar sus privilegios. Son como el quimbombó, que no renuncia a su baba
La escasez en Cuba impide protegerse plenamente del coronavirus

Unos dicen que es la tercera guerra mundial. Otros lo adjudican a un complot de China para desbancar a los Estados Unidos y a Europa, dar un escarmiento a la civilización occidental y apropiarse de sus mercados tradicionales. Pero esta pandemia, más allá de la paranoia, del miedo que provoca, de las reglas sociales que subvierte, es un recordatorio de que, a todos, absolutamente a todos, nos iguala la muerte.

Ahora mismo, viendo la actualidad en Cuba, rueda un chiste bastante cruel sobre el origen del coronavirus. El animal que lo desató no es el murciélago, y tampoco el pangolín, sino el pollo. Cuando en Cuba sacan pollo a la venta, se rompen todas las normas de distanciamiento social, cosa lamentable, cuando el pueblo debería seguir el ejemplo del gobierno y su único partido, al que llaman “la vanguardia”: más alejados de la realidad, no podrían estar.

Hasta hace un mes los altos mandos de la dictadura, despreocupadamente tropicales, ofertaban al mejor postor una maravillosa isla que no les pertenece. El virus caminando y asesinando y ellos convidando a españoles e italianos, chinos y uzbekos a ir a disfrutar de aro, balde y paleta, porque en el mar la vida es más sabrosa y las altas temperaturas que agobian a la población autóctona en los transportes públicos y en la acera de los bobos, mataban los gérmenes del pinto de la paloma.

Y les entró con vaselina. Un torrente de viajeros deseosos de huir del primer mundo, y visitar el parque jurásico de la revolución, acudieron en tropel, infectando valles y montañas, aeropuertos y playas, aviones y paladares. Hasta que tuvieron que recoger la pita e intentar remar en otra dirección. La pandemia los agarró corridos en base, con los hospitales del país -que no muestran para que no se les caiga el infame cartelito de potencia médica- destartalados, con unas condiciones higiénicas que harían las delicias de Valeriano Weyler.

Pero ellos encargaron sus nasobucos en el extranjero. Salieron un par de veces en la televisión para hablar de vacunas que no hay, interferones que interfieren, y poco les faltó para hacer ministro de Salud a un babalao de Guanabacoa a ver si con medicina natural y una buena nganga se contiene la epidemia que avanza por la falta de agua y de medidas sanitarias.

Pero ellos no aparecen. Los que mandan no dicen ya ni pío, porque poco pueden hacer con las cárceles repletas. Más preocupados en vigilar y hostigar a quienes piensan diferente que a ayudar al pueblo al que dicen servir. Eso los califica como espurios y parásitos, como criminales peligrosos. Como ineptos, pertenecientes al fango en el que se convertirán más temprano que tarde si el fuego no acaba antes con sus miserables existencias.

Raúl Castro y su retablo del Guiñol, con presidentes y primeros ministros, y sus semejantes Daniel Ortega y Nicolás Maduro, se protegen, se ocultan. Tienen terror a morirse de una cochinadita que inventaron sus socios ideológicos, los hijos de Mao, que se han apoderado silenciosamente de la mitad del mundo, Mao o menos.

Todos temen que la mano extraña e invisible de lo desconocido se los cepille in fraganti, que se los lleve en la golilla, que Caronte los monte en su barca que no tiene nada que ver con los yates a los que están acostumbrados. Todos tiemblan y evitan el contagio, porque la muerte nos iguala.

Porque la muerte es el fin de sus privilegios, de ese poder del que disfrutan sin derecho o justificación. Maduro no. Y no es porque sea valiente o desprendido. No es porque no le tema a la muerte, sino que no sabe qué es, qué significa. Solamente sabe que, si se muere, posiblemente no pueda verse más, o que le será difícil.

Todos saben que el país al que le han chupado hasta los huesos ya no da más. Que está arrugado y amargo como una yuca que nunca tuvo el agua suficiente para ser raíz. Y ahora quieren buscar un remedio mágico, porque el último recurso sería culpar al cercano enemigo. Han puesto a cocinar el quimbombó, siendo ellos mismos quimbombó, porque no renuncian a su baba.

 

Escrito por Ramón Fernández Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.