La cordura: camino hacia una nueva normalidad
Por un lado crece el paternalismo de Estado, el autoritarismo, la propaganda, y por otro, crece la inconformidad, el malestar y la expresión, cada vez más común y altisonante, de los que no quieren ser teledirigidos
La cordura: camino hacia una nueva normalidad
 

Estamos viviendo unos momentos en Cuba que pareciera que estamos en una casa de locos. Por un lado, una pandemia microscópica, por el otro una enfermedad sistémica. Entre el microscopio y la superestructura, algunos “estiran la liga” de una existencia agobiante. Por un lado el Estado intenta controlar a la población con dos etapas, tres fases en la primera y más de 500 medidas que “llegaron para quedarse”: plan que casi alcanza a los incumplibles y pesados 613 mandamientos de la Torá en el Antiguo Testamento que Jesucristo tanto criticó por insoportables (Mt 23,4) y porque no iban a la esencia del único Mandamiento Nuevo: el Amor.

Y por otro lado, están los ciudadanos que no se enteran, que no fueron educados en la responsabilidad, que hacen lo que quieren sin cuidar ni cuidarse.

Por un lado, aumentan la ley y la represión, ilegalmente televisada, y por otro lado sigue el desorden y la incivilidad. Por un lado crece el paternalismo de Estado, el autoritarismo, la propaganda, y por otro, crece la inconformidad, el malestar y la expresión, cada vez más común y altisonante, de los que no quieren ser teledirigidos, los que luchan por la supervivencia, y los que se exceden porque han sido formados en los métodos violentos y confrontativos. Se divorcian, cada vez más, la realidad y la propaganda, los medios y la vida.

La consigna discrepa de la vivencia, y el maniqueísmo levanta un muro cada vez más alto entre “buenos” y “malos”, entre todo bien aquí, y todo mal fuera. La vida se debate entre la crítica situación real y esa manía de los cubanos de convertir nuestros deseos en una realidad que solo existe en los planes y los medios oficiales. Es imposible una “nueva normalidad” sin sanar esta esquizofrenia existencial y mediática. O corremos, todos, el riesgo de abandonar la realidad, escapar de la vida en sociedad y encerrarnos en amuralladas defensas del individualismo.

El costo casi lo podemos tocar: un asco a todo discurso o propaganda alejada de la vida: la náusea nihilista que provoca arqueadas ante todo lo “político”, lo “social” que confundimos con “socialista”, las “estadísticas” que no entendemos y nos cansan por improbables que son… Pocos soportan más de unos minutos de noticias, más de una hoja en los discursos. Otros pocos, responden a la escasez con el acaparamiento, se confunde el nasobuco con la mordaza, el distanciamiento preventivo con el aislamiento individualista, cambian los hechos por la palabra hueca, la verdad por la mentira y la vida por la lucha por subsistir cada día.    

Esta locura existencial debe cesar, o el daño antropológico profundizará en el alma cubana. Los cubanos merecemos, por estos más de 60 años de subsistencia, que avancemos a una verdadera nueva normalidad, que no es disminuir las restricciones, sino dar libertad a los legítimos proyectos personales y sociales, que no es desescalar las medidas sanitarias y seguir enfermos del alma, que no es “llegar para quedarse” sino avanzar para desarrollarse. Que no es planificarle la vida al ciudadano sino crear las condiciones para que pueda desarrollar sus sueños y proyectos con base en la realidad, no en los planes. Ese debería ser el “indicador” de la nueva normalidad.

La nueva normalidad: avanzar hacia la cordura cívica

La catedrática Adela Cortina (Valencia, 1947) filósofa española, catedrática de Ética de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación Étnor, Ética de los negocios y las Organizaciones Empresariales, concluyó su discurso de agradecimiento como ganadora del XIII Premio Internacional de Ensayo “Jovellanos”, expresando: «La virtud soberana del siglo XXI será la cordura, que es un injerto de la prudencia en el corazón de la justicia».

He aquí, como es línea editorial de Convivencia y mía propia, la propuesta después del análisis de la realidad, para no caer en la desesperanza ni en la queja inútil.

El nombre, y el programa, de la nueva normalidad deberían ser el cultivo, y la soberanía, de la virtud de la cordura. Debemos conseguir el triunfo pacífico de la cordura sobre la locura. Estirar la liga de la “locura” -entiéndase la esquizofrenia social- puede conducir al caos. Nuestros Padres Fundadores: Varela y Martí, pusieron los cimientos de nuestra cultura y nacionalidad: la virtud y el amor. Entonces, fieles a esos pilares, cultivar la cordura es edificar el edificio de la convivencia cívica sobre la virtud: “No hay Patria sin virtud”.

Para cultivar la cordura, lo primero es comprender y asumir sus significados. Dice el Diccionario que cordura es:

“Sicología/ Normalidad en las facultades mentales. Estado psíquico de la persona que tiene la mente sana y no padece ningún trastorno o enfermedad mental.”

“Capacidad de pensar y obrar con buen juicio, prudencia, reflexión, sensatez y responsabilidad.” (Gran Diccionario de la Lengua Española ©️ 2016 Larousse Editorial, S.L.)

Entonces, de acuerdo con estos dos significados, podremos evaluar nuestro propio comportamiento y el “estado de la normalidad” en nuestra sociedad. Con frecuencia simplificamos todo y decimos: “es que estamos locos”. O también “esto es una locura”. Pues bien, no es tan simple. La nueva normalidad debe llegar por la integridad y sanidad de la persona humana de cada cubano. Y esta no se logra sin un clima social favorable a la cordura.

El daño antropológico “es el debilitamiento, la lesión o el quebranto, de lo esencial de la persona humana, de su estructura interna y de sus dimensiones cognitiva, emocional, volitiva, ética, social y espiritual, todas o en parte, según sea el grado del trastorno causado.”[1] Lo que estamos viviendo en Cuba es esa lesión en grados diferentes, según la capacidad, educación y entorno de cada persona.

Las definiciones de la cordura involucran las dimensiones mencionadas en este concepto: la capacidad de pensar con buen juicio, de obrar con prudencia, de reflexionar y discernir con responsabilidad. Las familias cubanas debemos empeñarnos en educar para la cordura y no hacer de nuestros hogares una “casa de locos”. La escuela cubana debe abandonar su ideologización manipuladora y enseñar primero a pensar, como lo hizo el Padre Félix Varela. Los medios de comunicación oficialistas y alternativos deben informar con cordura, discernimiento, prudencia y, sobre todo, con veracidad. Quién miente en los medios cultiva el caos de la desinformación y la incertidumbre. Las iglesias y otras escuelas de espiritualidad son esenciales para crear semilleros e invernaderos de cordura cívica.

La profesora Adela Cortina nos invita a alcanzar la soberanía de la cordura mediante el “injerto de la prudencia en el corazón de la justicia”. Sabia combinación que equilibra el desarrollo humano integral y la convivencia social. Los cubanos tendemos, como decía Máximo Gómez a “pasarnos o no llegar”. Por un lado, los cultivadores de la prudencia sin justicia nos convertimos en opio del pueblo, en tranquilizante ciudadano, en sembradores del miedo disfrazado de prudencia. Por otro lado, los que “combaten” por la justicia sin prudencia, sin magnanimidad, sin misericordia, sin inclusión, se convierten en inquisidores de la conciencia y perseguidores de la libertad responsable.

Ya lo decían los clásicos latinos “Summum ius summa iniuria”, la “suma justicia, es la suma injusticia”[2]. Ese es uno de los excesos del camino hacia la nueva normalidad. La consigna de toda la justicia para todos pudiera ser interpretada como un ideal a alcanzar, pero no puede ser a costa de las libertad interior de cada persona, de las libertades civiles y políticas y todos los derechos para todos. En una palabra, el deber de “cuidar y proteger” de todo Estado debe concretarse no en el control excesivo, ni en la ejecución de una justicia sin respeto a los supuestos transgresores. Cuidar y proteger la vida incluye el respeto, la libertad, el derecho, la magnanimidad y la misericordia.

Eso sería “injertar en el corazón de la justicia” una prudencia responsable que conlleve a un discernimiento ético que cultive la virtud de la cordura cívica.

Cuba necesita esa cordura para la transición hacia una nueva normalidad sanitaria, económica, política y social. Y la misma profesora valenciana expresa:

“La ética cordial trata de superar así las limitaciones de la ética mínima y salir con ello de una especie de provincianismo ético que toma la razón casi en exclusiva como herramienta y procedimiento. Con la razón cordial se atiende a la constitución integral del ser humano, se atiende, podríamos decir, al corazón de las razones de la obligación moral porque “existe un abismo entre las declaraciones y las realizaciones al hablar de principios y valores morales. Parece que las primeras no calan en la entraña de los seres humanos, que no traspasen del decir, de los labios, que no lleguen al corazón.”[3]

Razón y corazón, justicia y prudencia, pudieran ser las cuatro ruedas para salir de esta crisis.

Avancemos hacia una nueva normalidad con esa cordura cívica.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

*Publicado originalmente en Convivencia

Escrito por Dagoberto Valdés Hernández

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955). Ingeniero agrónomo.Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en Pinar del Río.