El día que comenzó a morir el General Arnaldo Ochoa

Al final de la tarde del 14 de junio de 1989 los "héroes de la Patria" se convirtieron en traidores.

A través de un pequeño aparato de televisión en blanco y negro, en una habitación de la escuela de Medicina de Cienfuegos, a donde habíamos ido a participar en un Festival del Humor, escuchamos la desagradable voz de Raúl Castro arrastrar por el lodo a la figura del General Arnaldo Ochoa, que menos de un mes después sería fusilado tras uno de los procesos más ridículos y crueles que armó y dirigió el gran mentiroso Fidel Castro, para traicionar, una vez más, a sus hombres de confianza.

Pero entonces nadie vaticinaba nada. Nadie era capaz de adivinar, en el discurso cantinflesco del ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y hermanísimo del dueño de la isla, que estábamos asistiendo a una especie de obra macabra, tal vez la más macabra de eso que llamaron –y se empeñan en seguir llamando— la revolución cubana. Un sainete con tintes trágicos que se iba a convertir, antes de terminar 1989, en el inicio del fin, cuando se desplomara la Unión Soviética y con ella, el muro de Berlín y todo el campo socialista.

Esa tarde fue el detonante de una de las tramas más sórdidas en la Historia de Cuba que iba a terminar en el amanecer del el 13 de julio de 1989, con el fusilamiento de cuatro de los implicados en una trama novelesca de drogas, desobediencias a Fidel, conspiraciones y oscuras alianzas, después de haber televisado (con cortes y ediciones) el juicio de la Causa número 1 del 89, donde la odiosa  actuación del fiscal Juan Escalona le ganó en el pueblo el apodo de “Charco de sangre”.

 

El gobierno cubano estaba muy nervioso. Ya no confiaban en los hasta ese momento “hermanos soviéticos”, que hablaban de claridad y verdad en el sistema, y hacía solamente diez días que Lev Walesa, el líder del sindicato Solidaridad, había ganado las primeras elecciones libres en Polonia el 4 de junio de 1989.

Ajenos a los acontecimientos, solamente entendimos cómo hundía en el estercolero un general sin batallas a otro que sí se había ganado los grados a golpe de hombría. Pablo Gari, El Pible, humorista de vena ácida, me hizo caer al piso de la risa cuando, tras escuchar cómo el menor de los Castro denigraba y ensuciaba a Arnaldo Ochoa, soltó esta sentencia: “Hatuey quedó medio crudo para lo que le va a pasar al Ochoa este”. Y así sucedió.

Recuerdo regresar a La Habana dispuesto a escribir un libreto para El Programa de Ramón, el espacio de humor y música que hacíamos todas las tardes de 5:00 a 6:00 pm, de lunes a viernes, en Radio Ciudad de La Habana, que se había convertido gracias a un grupo de talentos lúcidos y desinhibidos, en la verdadera emisora joven de la capital. Dicho y hecho. Al día siguiente, lunes, escribí, entusiasmado por la posibilidad de reírnos de la espantosa realidad, dos guiones parodiando un viejo cuento infantil: El soldadito de plomo.

Debimos darnos cuenta que el Partido y el gobierno había cerrado mucho más las tenaces tenazas de la censura, evitando que se les escaparan detalles de la trama que cocinaban en secreto, cuando el Jefe de programación de la emisora me prohibió, sin haber leído los libretos, grabarlos. Pero lo desafié, como casi siempre, y entramos al estudio.

Y de verdad el guión era inocente, o todo lo inocente que nuestro natural desenfado en la dramaturgia burlona del programa nos permitía hacer, sin chocar frontalmente con las autoridades. La regla era decir algo que tuviera muchas lecturas y culpar a los mal pensados de entendimientos maliciosos. Una muestra de los momentos más atrevidos fue este:

SON: MÚSICA DE TENSIÓN

MARIELA (RR)              ¿Se salvará el soldadito, a pesar de ser de plomo?

MARITZA (“”)                 ¿Qué pasa con los soldaditos de plomo? ¿Se acabaron los niños, o se acabó el plomo?

ULISES (“”)                    ¿Dejarán continuar esta historia?

ELVIRA (“”)                    ¿Qué pasará el soldadito en esa caída?

DANILO (“”)                   ¿Siempre caen solos los soldaditos, o caerán también los muñecos feos que hacen daño?

 

De más está decir que el programa jamás fue emitido. Y lo que es peor, esa misma noche desaparecieron las cintas donde se habían grabado las voces. Fue todo un misterio. A pesar de todo, a mí me enviaron quince días para mi casa, y fueron amonestados y sancionados, administrativa y políticamente, todos los miembros del equipo militantes de la UJC o del Partido.

No imaginamos que nuestra historia y la otra, más grave, la del General Arnaldo Ochoa iban a correr de forma paralela y que muchos de nosotros terminaríamos perdiendo la poca fe que nos quedaba en aquel sistema que manipuló a su antojo las vidas y el prestigio de los implicados en la trama y de todo el pueblo en general.

Hoy sabemos, por el testimonio de la periodista Lisette Bustamante que: “El general Arnaldo Ochoa fue arrestado el 12 de junio de 1989. Fidel estaba colérico y exigió medidas ejemplarizantes. Le ordenó que cortara las cabezas de las serpientes que envenenaban su Revolución. ‘El negro’ ha sido uno de los héroes de la República de Cuba y admirado en Venezuela, Angola, Etiopía y Nicaragua”.

Y también nos enteramos que, “durante ese período, Fidel Castro comisionaba repetidas encuestas a través de los llamados Estados de Opinión, que es su medio de palpar la opinión pública cubana, para ver la reacción del pueblo ante esta campaña para destruir a uno de los más prestigiosos y populares oficiales que habían surgido de la revolución. La primera encuesta sorprendió y asustó a Fidel Castro, un 98 % expresó simpatía por Ochoa. Esto lo convenció de la necesidad imprescindible de que el incidente terminara con su ejecución. La ejecución no se llevó a cabo hasta que había bajado lo suficiente el apoyo a Ochoa, aunque, aun así, Fidel tuvo que reconocer al confirmar la pena de muerte que las encuestas revelaban que el pueblo cubano no aprobaba una sanción tan severa”.

Han pasado treinta años de aquella tarde y aquel mal discurso que presagiaba el asco y el horror. Años después, ya fuera de Cuba, retomé el hilo de otro misterio: varias personas me hablaban de aquellos programas del soldadito de plomo y juraban que los habían escuchado. Para confirmarlo me contaban exactamente algunos de los chistes del libreto.

Hoy que ya no importan muchas cosas y que muchos de los protagonistas de aquella bajeza han muerto, y que algunos de los miembros de nuestro equipo también, me viene a la memoria la voz sibilina de El Pible aquella tarde en que comenzó a morir el general Arnaldo Ochoa, diciéndonos: “Hatuey quedó medio crudo para lo que le va a pasar a este”.

Anunciaba un incendio. El incendio de un país que entonces aceleró su camino hacia la vileza.