Carta del mono del Zoológico de 26 ante la invasión del Caracol Gigante Africano

Compañeros y compañeras:

Quiero por un momento dejar de hacer monerías y soltar todo lo que tengo por dentro… que no son cascaritas de plátano, ni manises.

Me presento: soy el Mono Pancho, aquel que cuando era joven lanzaba sus excrementos a los visitantes que me provocaban. Me apena haber contaminado a más de un niño con mis heces. Pero es también un tiempo que recuerdo con alegría por dos cosas: primero tenía un brazo envidiable (alguna vez contaré la propuesta que me hicieron para integrar el equipo Cuba de béisbol o ser miembro del Contingente Blas Roca), y segundo porque en aquel entonces mis desechos eran bastante sólidos como para lanzarlos y acertar.

A partir del Período Especial, con lo que nos alimentaban, pasaba días sin “dar de cuerpo”, o era agua que se escurría por entre mis dedos peludos. Y tuve que decir adiós a mis costumbres deportivas.

Pero no quería hablar de eso, sino de un tema de actualidad. O hacer historias; algunas historias que me he callado mucho tiempo por varias razones:

  1. Porque otros animales iban a pensar que soy un delator.
  2. Por vergüenza, y
  3. Porque soy un chimpancé, y primero le creen a un miembro de la Seguridad del Estado, a un cederista o un dirigente del más bajo nivel, que a un mono.

Desde mi jaula he visto desaparecer mi entorno. Los pavorreales, las codornices, los guacamayos... Fue durante aquella hambruna de los años 90 que alguien llamó “Período Especial”. Entonces le echaron la culpa al majá de Santa María y a los otros reptiles, pero yo sé que no fueron ellos porque también adelgazaron. Vigilaban a las jutías y los jabalíes pero creo que los cuidadores se les adelantaron. Ya no les bastaba con llevarse los trozos de costillas de caballos que traían para los leones y los tigres, un día desaparecieron una cebra y dos búfalos vietnamitas, y supimos que habíamos llegado al borde del abismo.

Los leones comenzaron a alimentarse de pepinos y calabazas, que en última instancia era la cuota que nos tocaba. Se les aflojaron los dientes de una manera que perdieron algunos colmillos tomando agua nada más. Un día vi al tigre macho comiendo romerillo y no paré de llorar en toda la noche. El manjuarí de la fuente se hizo el muerto y creo que todavía se pone tieso de vez en cuando, y las ratas tomaron el zoológico sin resistencia. Los leones se frotaron las manos porque rata y carne es casi lo mismo, pero no tenían fuerzas para perseguirlas, ni siquiera para levantarse.

 

 

Todo ha cambiado, y más ahora que se acerca o que viene inevitablemente otra hecatombe al estilo del período especial. Las jaulas se han deteriorado tanto que pudiéramos salir de ellas y ser libres. Ningún animal lo hace porque podríamos tropezar con otros animales más feroces, los policías, que nos pedirían papeles y nos maltratarían. Y nadie está dispuesto que lo deporten para algún remoto poblado oriental aunque sea originario de Mozambique o de Zanzíbar. Además, un mandril se dio una vuelta por La Habana y regresó diciendo que aquello está peor: o se caen los edificios, o no hay agua, o hay mucha gente apelotonada viviendo en un cuarto.

Los letreros también han mutado. Ya casi no hay señalizaciones, por lo que los niños visitantes se van de aquí con una confusión tremenda, sin saber si el hipopótamo es uno grande y arrugado, orejón y de hocico largo o el otro cenizo que se parece a su abuela cuando va a la playa. Los cocodrilos y las jutías están traumatizados, dicen que después que habló un viejo por la televisión, los niños los miran de forma diferente: les brillan los ojos, salivan y se les mueven las mandíbulas.

Hace muchos años había carteles que decían: “Por favor, no dar comida a los animales”. En la crisis grande que les conté decían “Por favor, no comerse a los animales”. Y ahora están al poner unos carteles que dicen: “No entre, los animales se lo pueden comer”.

Hoy vivimos rodeados por ratas y basura. Basura y escombros. Basura y Caracoles Gigantes Africanos. No bastaban los mosquitos asesinos que te transmiten cualquier tipo de fiebre y de cualquier color. Ni las garrapatas que parecen cangrejos, ni las clarias que salen de los desagües en cuanto llueve un poquito. Ahora no podemos tocar nada sin tropezarnos con estos babosos que avanzan lentamente como la construcción del Socialismo en Cuba. Huelen mal, saben peor. Y dicen que enferman.

No sé si sobreviviremos a esta última plaga. Yo, que he superado tres congresos del Partido Comunista, la desaparición de la URSS, el descalabro de Venezuela y la designación de un insulso como presidente, no sé si me salve ahora de nuevo.

O me enrolo en alguna misión internacionalista o pido el traslado para un circo. La otra posibilidad que me va quedando es hacerme pasar por un cubano del montón. Pero qué va, esos sufren mucho más que yo. Y no tengo a nadie en el extranjero que me recargue el celular.

En las últimas, con el agua al cuello, Pancho, el mono de toda la vida.


*Este es un artículo de opinión. Los criterios que contiene son responsabilidad exclusiva de su autor, y no representan necesariamente la opinión editorial de ADN CUBA.

Ramón
Fernández-Larrea
Escrito por Ramón Fernández-Larrea

Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, Cuba,1958) es guionista de radio y televisión. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza, Manual de pasión, El libro de las instrucciones, El libro de los salmos feroces, Terneros que nunca mueran de rodillas, Cantar del tigre ciego, Yo no bailo con Juana y Todos los cielos del cielo, con el que obtuvo en 2014 el premio internacional Gastón Baquero. Ha sido guionista de los programas de televisión Seguro Que Yes y Esta Noche Tu Night, conducidos por Alexis Valdés en la televisión hispana de Miami.