Dentistas en Cuba, de la riqueza a la miseria
En el tiempo de antes, los dentistas, al igual que los doctores, eran gente adinerada, comenta un pobre odontólogo, que hoy sobrevive a duras penas
Dentista en Cuba

“En el tiempo de antes, los dentistas, al igual que los doctores, eran gente adinerada”, cuenta Daniel, un médico estomatólogo que sobrevive malamente en su apartamento de Romerillo, confeccionando prótesis dentales.

Daniel recuerda que en su pueblo natal, Camajuaní, como en todos los pueblos del país, el dentista era un hombre respetado, de mucha solvencia, poseía una clínica particular (casi siempre aledaña a su vivienda) y le arreglaba la boca a toda persona que pudiera pagar.

“Pero hoy un dentista gana menos que un vendedor de maní”, afirma Daniel y señala a uno, que habla por teléfono en la acera. “Fíjate, su teléfono es mejor que el mío y gana en un día lo que yo gano en diez. Dejé de trabajar para el estado hace unos años y hago prótesis en mi casa”.

“Necesito arreglar mi apartamento. Llevo diez años tratando, pero no puedo terminarlo porque los materiales están muy caros. La bolsa de cemento vale hasta 15 CUC, ahora su precio ha bajado, pero se perdió la cabilla. Tengo la construcción parada. Los pacientes que vienen a tomarse la impresión para una prótesis, los atiendo sentados sobre sacos de arena”.

Daniel, como todos los dentistas que confeccionan prótesis, ha subido el precio de su trabajo. “Es que los materiales para la fabricación de una prótesis están muy caros y tenemos que mandarlos a buscar al extranjero. Mi trabajo supera en calidad al del estado, además es rápido, con el estado una prótesis puede demorarse meses, nosotros las hacemos en tres días”.

Otro médico estomatólogo, que es fiel demostración del cambio de estatus que han sufrido los dentistas, es el doctor Veliz, de Guantánamo. Su abuelo fue el famoso dentista Veliz, que también fue juez y alcalde, que atendía a las mejores familias del pueblo, pero también tenía un día de la semana destinado a atender a los pobres, como obra de caridad.

“Mi abuelo construyó esta casa, que en su tiempo fue una de las tres mejores viviendas de Guantánamo. El paso del tiempo y la falta de cuidado la han mellado, pero sigue siendo una construcción imponente. Tenía la clínica a un costado de la casa y contaba con el instrumental para todo tipo de trabajo. Cuando murió, en 1930, mi padre heredó la casa y la clínica. Fue por casi 30 años un famoso dentista y también concejal, amado por el pueblo. Hizo dinero, es verdad, pero nunca faltó a la vieja tradición familiar, de abrirle la puerta a todo el que llegara con un dolor de muelas, aunque no tuviera dinero”.

“Con la revolución mi padre tuvo que cerrar la clínica y ponerse a trabajar en un policlínico del estado, por un salario que él llamaba inverosímil. Yo continué la tradición familiar y me hice estomatólogo. Trabajo en el hospital provincial Agostinho Neto, en la consulta de maxilofacial. Tengo fama de ser uno de los mejores dentistas de Guantánamo, pero es solo por el apellido, en la vida real soy un estomatólogo frustrado más, que vive de la gloria de sus antepasados”.

La casa de los Veliz muestras rajaduras en las paredes y el piso está desconchado. La falta de pintura la desmejora más. Sucumbe la madera por la acción del comején. Sin muebles ni bombillos, la antigua casa del doctor Veliz es un caserón sombrío.

“Pienso que es mejor venderla y comprarme una casa chiquita por ahí y olvidarme de los viejos tiempos”. Daniel intenta cerrar una ventana que ha perdido la bisagra de arriba. “Tal vez alguien con dinero viene y la repara. Y la salva. Porque en verdad es una arquitectura hermosa, bien hecha. Donde vivieron grandes doctores, que le arreglaron la sonrisa a las personas más ilustres de la ciudad, y también a los pobres”.