De zapatos, escopeta, ruptura con el Estado y ¿locura?, la historia de Armando

Armando Valdés fue por cuatro décadas supervisor de las plantaciones de arroz a nivel nacional. Su cargo de dirigente le permitió conocer lugares lejanos y viajar continuamente, haciendo amigos.

“La provincia que más me gustaba era Camagüey. Como era miembro del Club de caza y tenía una escopeta, cuando terminábamos el trabajo nos íbamos un grupo del plan de arroz a cazar patos”, cuenta en entrevista con ADN Cuba.

Según dice, pese a que se jubiló en 2012, no olvida a sus amigos.

Una vez al año se llegaba hasta Camagüey a pasar un par de días de caza, pero el año pasado recibió una citación del Ministerio del Interior, que le comunicó que poseía una escopeta que estaba circulada y debía entregarla de manera inmediata.

“La escopeta era de mi abuelo, la heredó mi padre y después yo, una reliquia de familia, pero por ser tan buen arma parece que a alguien le gustó y se encaprichó con ella. Fui con la escopeta a la citación, la incautaron, me dieron a firmar un papel. Protesté. Pedí que me revelaran el nombre de quien me acusaba y me dijeron que era información confidencial. Pregunté por qué estaba circulada y alegaron que estaba notificada como robada. ¡Imposible, si era de mi abuelo! No me escucharon, me dijeron que reclamara a la fiscalía”, narra con tristeza Armando.

Al iniciar la reclamación, dice que pidió ayuda a sus viejos amigos de Camagüey, con los que compartió tantos años de cacería. Ellos podían dar fe de la propiedad de su escopeta. Algunos son dirigentes del plan de arroz y su testimonio podía ser muy tenido en cuenta, pero cuando localizó a uno de ellos le dijo que no perdiera el tiempo, que ya había visto a una persona cazando patos en los humedales.

“A partir de ahí rompí con esta gente”, dice Armando. “Porque largué el lomo por esta revolución, que me cogió con 20 años y me sacó el zumo hasta soltarme hecho flecos y ahora, después de retirado, me quitan hasta la escopeta, que era mi único entretenimiento porque de vez en cuando iba a tirar unos tiritos a Camagüey”.

Cuando triunfa la revolución, Armando trabajaba en una zapatería y, aunque era joven, resultaba ducho en el oficio que aprendió de los viejos maestros. Sin embargo, la revolución necesitaba jóvenes en la siembra de arroz y Armando dio el paso al frente.

Al graduarse lo ubicaron en un centro de inspección y a los pocos años ya era miembro del equipo de supervisores de los planes de arroz por todo el país. Ahí vino su historia de cazador, el decomiso de la escopeta y el rompimiento de las relaciones con el Estado.

“Me vi en la calle y sin llavín”, bromea Armando. “Entonces recordé que era zapatero, y de los buenos, compré hilo, agujas, pegamento, puntillas, hormas… y comencé a remendar zapatos. Es un oficio en el que siempre tienes clientes, porque la gente rompe zapatos cantidad caminando todo el día de un lado a otro buscando el sustento. Además, los zapatos que venden en la tienda parece que llevan muchos años guardados en el almacén y se despegan en la primera puesta. Aquí todos los días me traen zapatos nuevos despegados, para pegarlos y coserlos”, revela.

“Con al alto costo de la vida, la gente prefiere arreglar los zapatos antes que comprarse unos nuevos. También hay quien recoge zapatos que otros botan en la basura y los traen para que los renueve. A veces paso por un latón de basura y veo un par de zapatos tirados, los saludo, les digo: Te espero en la casa, y efectivamente, al poco rato se aparece alguien con ellos para que los remiende”.

Según Armando, ha desarrollado una relación especial con los zapatos y casi puede hablar con ellos.

“A través de un par de zapatos puedo deducir el carácter del dueño. Por el gastado de la suela infiero si ha caminado mucho, o si era sedentario. Por la calidad de la piel sé si el propietario tiene alto poder adquisitivo, o si fue solo una racha, o es un simple cubano de a pie. Cuando llegan a mí vienen con mala cara y al marcharse se van como nuevos. Me lo agradecen, los muy infelices, porque ¡mira que los pisan! y son tan buenos que no se quejan”, se ríe.

"A veces la gente me ve hablando solo y piensan que estoy loco.  Mi sobrina dice que después del problema con la escopeta me quedé chiflado. Puede que tenga razón, porque esa era una propiedad de la familia que me arrebataron de un plumazo. Por eso hablo con los zapatos, porque me entienden y me hacen caso”, concluye.